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febrero 11, 2019

TRES, SOLO TRES


    Los que tenemos pretensiones literarias sabemos el placer que significa lograr una frase contundente que se ajuste a la idea que queremos transmitir. No hay placer más grande para un escritor, o para un rudimento de él, que lograr una buena figura literaria, armoniosa, rítmica, contundente. En la literatura hay muchas, cientos, miles, millones, cada uno tiene sus preferidas. 
No pretendo hacer un lista de las mejores frases de la literatura, qué absurdo. Cada uno tiene la suya y por lo general está vinculada a la visión del mundo y sensibilidad de quien la escoge. Sea metáfora, hipérbole o símil, es una total pérdida de tiempo tratar de decir que una es mejor que otra. Es una subjetividad. No lo voy a hacer. Simplemente revisando archivos me encontré con tres que quiero compartir.

julio 29, 2018

EL NENE Y LOS #AUDIOSCNM

    Hace algunos años me encontré con una frase que no solo me resolvió varias dudas, sino que además me solucionó muchos problemas: “A los ídolos es mejor no tocarlos, pues algo de la pintura dorada que los recubre se nos queda siempre en las manos”. La frase es de Gustav Flaubert y la usa para describir la decepción que sufre Madame Bovary cuando descubre que la pasión que siente por León no es recíproca.
    Acabo de escuchar el audio del Nene Cubillas e inmediatamente la frase vino a mí. Como diciéndome “no te olvides en lo que crees”. Como si viniera a consolarme.

mayo 12, 2017

NO ERA YO, ERA JOYCE


        “Joyce es lo máximo, tienes que leer a Joyce, el Ulises de Joyce es la mejor novela de la historia”, y frases por el estilo, me acompañaron, en realidad me torturaron, en mis inicios como lector. De niño no leí nada. Fui lector de mayor. Recién pasados los 25 años empecé a encontrar placer en la literatura. No recuerdo muchos libros en mi casa. Es más, siempre me pregunto si alguna vez mi madre disfrutó de la lectura. Si algún título, autor o párrafo la habrá conmovido, o mejor aún, si alguna historia la habrá inspirado. Creo que no. Y siempre digo lo mismo, no hay derecho a que alguien pase por la vida sin haber disfrutado de la literatura. Pienso igual de la música, aunque en ese aspecto la vieja sí disfrutó. Y mucho.
      En mi casa no había libros y, por lógica consecuencia, yo no era lector.
No era lector y de pronto me descubrí fanatizado con la literatura. Pero como había empezado tarde, lógicamente, tenía un mar de títulos por navegar. Un amigo las llamaba carencias. “Tienes muchas carencias de lecturas. No has leído libros imprescindibles”, me decía. Esa palabra, imprescindible, me ponía mal. Minimizaba cualquiera de mis pequeños avances literarios.

septiembre 05, 2016

LIBROS, LIBROS, LIBROS

Uno lee de todo. Libros buenos y malos. Títulos que te seducen y contenidos que espantan. Libros de relatos, de cuentos, de historias interminables y de historias breves. Premios Nobel, bets sellers. Historias apasionantes, otras insulsas.
Libros que lees en paraderos, micros, en el Metropolitano, en el tren. Que son excelentes compañeros de viajes largos y te hacen olvidar el día, la fecha, el mes y el año. Con los que te encuentras en el celular, el iPad, la computadora, o, cosa rara para mí, en el papel.

noviembre 19, 2015

EL LIBRO, ESE INVENTO DEL DEMONIO

Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil.
Mario Vargas Llosa


“Contra la exageración de los impulsos inconscientes basada en un análisis destructivo de la psique, y a favor de la nobleza del alma humana, entrego a las llamas las obras de Sigmund Freud”.
Las palabras fueron pronunciadas nada menos que por Joseph Goebbels antes de quemar las obras del padre del psicoanálisis. Igual suerte corrieron los libros de Marx, Zola, Hemingway, Einstein, Proust, Brecht y un largo etcétera. El motivo, se consideraban nocivos por el régimen nazi.
Desde las obras de Protágoras, quemadas en Atenas en el 411 a.C, hasta la leyenda urbana que señala que mil ejemplares de La ciudad y los perros terminaron chamuscados, la historia de quema de libros es, desgraciadamente, bastante larga.
En nuestro país la censura librera ha tenido sus absurdos representantes. Se sabe que durante el gobierno del general Odría el ministro Alejandro Esparza Zañartu, había tendido una eficiente red de soplones en sindicatos y universidades. El propósito, saber qué literatura consumían y capturar esos libros. La leyenda dice que años después, en 1965, en el patio del colegio Militar Leoncio Prado se quemaron mil libros de “La Ciudad y los perros”, por considerarla un insulto al ejército. Con buen talante, Mario Vargas Llosa calificó el acto como bueno pues mostraba que los militares leían novelas.
Más atrás, durante la Colonia, el Tribunal de la Santa Inquisición tuvo entre sus principales trabajos el de capturar libros prohibidos.
La pelea era dura entre católicos y protestantes, por eso en 1560 Felipe II crea la Inquisición en el Perú y pone en marcha un sistema para evitar que entren a sus colonias libros que contengan ideas contrarias al catolicismo. Los encargados de captar los libros eran unos oficiales que inspeccionaban los barcos que llegaban al Callao. La revisión llegó hasta bibliotecas y colecciones privadas. (1)
Pero esos libros no fueron quemados, se los llevaban a un cuarto al que bautizaron como El Secreto, ubicado muy cerquita del actual Congreso de la República.
Más cerca en el tiempo, en el año 1967, posiblemente empujado por ese inquisidor que todos llevamos dentro, el entonces ministro de gobierno y policía Javier Alva Orlandini, organizó una quema de libros que contenían ideas de izquierda. El hecho lo detalla Juan Mejía Baca en su libro, “Quema de libros, Perú 67”. Finalmente debido a la protesta de Mejía y otros intelectuales se emitió la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejó sin efecto la absurda medida. (2)
A todo esto la pregunta parece absurda pero hay que hacerla: ¿Es peligroso un libro? La respuesta parece más insensata que la pregunta: sí. Cuento un pasaje de “Madame Bovary” de Gustave Flaubert para explicarlo.
Emma se había casado con un pobre tipo. Un cenutrio, alcaraván y Figa-molla, hablando en español antiguo. En resumen, el Charles ese era un tonto. Y Emma se preguntó si debía resignarse a vivir esa existencia miserable, como la califica Flaubert. Gracias a las lecturas de Balzac y George Sand nuestra heroína recuperó las ganas de vivir y se atrevió a amar y a mejorar su existencia.
Cuando su familia buscó el motivo de su cambio, encontró una ruma de libros acumulada en su mesa de noche. “Por eso fueron donde el librero para acusarlo de envenenador”. (3)
El libro envenena. Fabuloso. Imposible mejor metáfora.
¿En dónde radica el peligro de un libro? Nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa lo explica de manera brillante en “La verdad de las mentiras”:
“Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos, ricos y pobres, geniales y mediocres, célebres u oscuros, quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar tramposamente ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla añadiéndole algo”.
Los libros nos enseñan que la vida puede ser mejor. Que podemos experimentar la maravillosa libertad. Que en una de esas hasta cambiamos nuestro destino, como lo hicieron Fabricio del Dongo o Julien Sorel, los fantásticos héroes de Stendhal. Leer nos hace conocer y conociendo somos menos ignorantes y más tolerantes. Ya lo sabe, si quiere ser mejor, o por lo menos intentarlo, lea una buena novela.

1.La Inquisición y la censura de libros, Pedro Guibovich. Fondo Editorial del Congreso del Perú. 2000

3. Madame Bovary, Gustave Flaubert. Editorial Oveja Negra, 1983.

EL SÍNDROME DE MOISÉS: LA MENTIRA DEL ORIGEN HUMILDE O DIGA QUE ES POBRE QUE REDITÚA

  Alguna vez, un ex querido amigo - cuando era   amigo -   me preguntó por los primeros trabajos que había tenido. Le dije la verdad: a los ...