Imagínese una obra de teatro que le haya gustado mucho. Ya sé que hay varias, pero haga el esfuerzo e imagine una. Yo pienso en Los Músicos Ambulantes de Yuyachkani. Ahora imagine a esos actores perseguidos por la policía y presos por subversivos. ¿El delito? Solamente haber representado esa obra. Estoy viendo a Teresa y Rebeca Rally y al resto de músicos rumbo a la DIRCOTE.
Y empieza el desfile: Miguel Rubio, Norma Martínez, Giovanni Ciccia, Mabel Duclós, Carlos Gasols y un largo etcétera. Actores de los más variados estilos y escuelas se van a la cana por haber hecho teatro.
La escena es absurda, pero en algún momento fue la dura realidad a la que tuvieron que enfrentarse los teatreros. A lo largo de la historia absurdos personajillos, que desgraciadamente ostentaban poder, creyeron ver en las obras teatrales elementos nocivos para la sociedad. Empecemos con el papa Inocencio XII.
Este purpurado no solo pasó a la historia por ser el último Papa en llevar barba y bigotes, sino, y principalmente, por perseguir actores de teatro. Con una firmeza digna de mejor causa, en 1697 ordenó la destrucción del teatro Tordinoma, lugar donde, decía, se hacían las representaciones más obscenas en toda Italia. De eso habló Darío Fo en un histórico discurso por el Día Mundial del Teatro:
Ideas, sueños, fantasías, rabias, conspiraciones, ternuras, fanatismos y preocupaciones de un peruano formado al ritmo de las canciones de Hola Yola, el Vaso de Leche del Tío Johnny y la Reforma Educativa del General Velasco. Que se iba a la camita con el Topo Gigio y juntaba sus álbumes de Editorial Navarrete. Algo más.... Twist y nada más
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