abril 11, 2022

LA MARAVILLOSA ETIMOLOGÍA

     Por aquellos tiempos la música se compraba en casete y, aunque no había prohibición oficial, si querías comprar trova cubana tenías que hacerlo de manera casi clandestina. Con mi primo conseguíamos música de Silvio Rodríguez en una librería/discotienda llamada El Caballo rojo ubicada en el Parque Universitario. En una de esas incursiones compramos Causas y azahares. Sí, escrito así, con h intermedia. Eran los riesgos que se corrían al comprar pirata. En esto, las cosas no han cambiado mucho. 
    Debo ser honesto, quien se dio cuenta del error ortográfico fue mi primo. Yo no era de fijarme en esas cosas. La sorpresa fue que con los años descubrí que azar y azahar están emparentadas. Son casi lo mismo. 
    La palabra azahar viene del árabe zahr, que significa flor. O sea, la flor lleva la hache intermedia: azahar. Lo curioso es que en la misma Arabia había un juego de dados, juego de azar por excelencia, que tenía como figura ganadora a la dichosa flor. O sea que cuando te salía el azahar te había favorecido el azar. Aunque el tipo que nos vendió el casete no lo supiera, la etimología le da algo de razón. 
    La maravillosa etimología. 
    Yucatán es una península ubicada al sureste de México. Cuando llegaron los españoles, allá por el inicio del siglo XVI, un conquistador le preguntó a un natural cómo se llamaba el lugar. El indio respondió: “Yucatán”, que en idioma aborigen significa: “No soy de aquí”. Convencidos de que ese era el nombre del lugar, los conquistadores lo bautizaron así. 
    Pocas disciplinas me apasionan tanto como la etimología. La historia de las palabras es maravillosa. Investigas y cuando aún guardas sorpresa por alguna definición, llega otra tan alucinante como la anterior. El asombro parece interminable. 
    Y hay de todo. Versiones ciertas y otras alucinadas. Lo que siguen son dos etimologías que, aunque su veracidad está observada, son tan lindas que vale la pena contarlas. 
     Un grupo de científicos, encabezados por W. H. Carothers, trabajaba para la empresa Dupont en busca de un material sintético multiusos. Una vez logrado el objetivo tenían que patentarlo. Dicen que Carothers pidió que el producto lleve el nombre de las dos ciudades en las que había vivido: Nueva York y Londres. Juntó las primeras letras y así bautizaron el producto: Nylon. Insisto, hay otras versiones, pero no se puede desmerecer la originalidad de esta. 
    Aquí la última. 
    Luego de un arduo trabajo de investigación, el senador norteamericano George M. Willing propuso que la zona minera de Pikes Peak se rebautizara como Idaho. Según sus estudios y conversaciones con aborígenes, Idaho en idioma nativo era “perla de la montaña”. Sin embargo, el Congreso no aceptó la propuesta y decidió que la zona se llame Colorado, igual al río que atraviesa la región. Willing insistió. No quería que su importante hallazgo quedara sin destino. Dos años después, propuso que se pusiera Idaho a un nuevo territorio ubicado en la costa noroeste del Pacífico. Finalmente, en 1863, se aceptó el nombre e incluso, en 1890, Idaho se elevó a la categoría de estado. Lo malo es que esa palabra en realidad no significaba “perla de la montaña”. Idaho en idioma shoshone significa “mierda de búfalo”. Así dicen. 
    La etimología. Fantástica, divertida, maravillosa. Hace años que leo historias sobre el origen de las palabras, y a pesar del tiempo, aún sigo sorprendiéndome.

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