Siempre amé
la radio. De niño mi juguete favorito era una radio/tocadisco azul con la que
dormía abrazado. Mi vieja me advertía sobre el gasto de electricidad, pero yo
igual pasaba la vida con el oído pegado al parlante. Ahí, escuchaba al
inigualable Ronco Gámez, al incomparable Pocho Rospigliosi y a todo su plantel
de Ovación en radio El Sol, a Iván Márquez con su Eva y yo, y a la mejor de
todas, Diana García y su programa, Tú, yo y … mis discos. Claro que escuchaba a
otros, pero a estos los recuerdo más.
Siempre amé
la radio pero cuando escuché al Veco decidí que tenía que trabajar ahí. Nunca
me imaginé que se pudiera hacer periodismo deportivo en esa tesitura. En Las
Mañanas del Veco claro que tenían información, pero también había emoción,
sensibilidad, ternura. Historias alucinantes. Recuerdo con mucho cariño ese
programa.
La gran
diferencia entre el periodista uruguayo y sus colegas era la enorme
sensibilidad que le imprimía a sus comentarios. Claro que era un gran analista, pero me llamaba más la atención el tono emotivo con que contaba sus historias. No
pocas veces lo escuché con la voz quebrada luego de narrar algún cuento o
contar una anécdota.