febrero 16, 2006

Por supuesto que amo a los dictadores

    No hay dudas, Velasco era un tipazo. Hacía dos semanas el terremoto había arrasado Yungay, la tierra de mi vieja. Todo era feo, oscuro. Habían muerto algunos primos y mi tío Perico, el preferido, el deportista, el ganador. La casa, aquel enorme rancho con huerta y acequia que pasaba por medio del patio, terminó sumergida en el lodo, y aquel bello pueblo, “la Suiza peruana” se había convertido en camposanto. Nosotros vivíamos en Lima y el terremoto también había destruido parte de Barranco. Como tantas, nuestra casa se derrumbó y junto a mi madre y hermana, terminamos durmiendo en una carpa del Estadio Municipal. Un día, en medio de este desastre, se anunció en alta voz que el general Velasco nos convocaba a la JAN, Junta de Asistencia Nacional. Dos semanas después de la tragedia, justo cuando más necesitábamos ayuda, el General nos dio una mano. Llegamos y ahí estaba junto a su esposa Consuelo. Aquel día nos llevamos tres kilos de arroz y dos frazadas. Posiblemente nos dieron algo más pero eso es lo que recuerdo. Al volver, mi madre se deshacía en elogios hacía Velasco. Yo no tenía dudas: el General, aquel dictador como lo llamaban, era un tipazo. Tenía 8 años y para aquellos migrantes que nos sentíamos extraños en un país que nos llamaba invasores, escuchar la predica nacionalista de Velasco fue una reconciliación. Por eso todas las tardes con mis amigos cantábamos el himno de la revolución.

BENGOCHEISMO

  Este artículo lo escribí cuando algunos criticaban al profe; pero nunca lo publiqué, se quedó ahí. Aquí va. La coyuntura lo exige.     Llá...