diciembre 07, 2005

Tres tristes historias (cortitas)

LA “DESINSTALACIÓN” Y LA EDUCACION.
El economista J. K. Galbrait dice que no puede haber desarrollo si no hay un buen proyecto educativo. Es decir que aquel país que quiere salir de pobre primero debe educar a su gente. Mientras los profesores japoneses ganan al mes 3 mil dólares, los peruanos cobran 200 cada 30 días. El gobierno de Alemania gasta al año por cada alumno 5 mil dólares. En ese mismo lapso el gobierno peruano sólo invierte 250 dólares por estudiante. De los 60 mil colegios nacionales y particulares que hay en el Perú, sólo 200 brindan condiciones adecuadas para la educación. León Trahtemberg dice que si se pudiera filmar una clase del colegio Nuestra Señora de Guadalupe de hace 100 años y se comparara con las que se imparten hoy, no habrían mayores diferencias. Nuestro presupuesto para educación sólo es comparable al de los países africanos. ¿Sabrán esto los congresistas? 

octubre 23, 2005

Bikinis solo en foto

    La historia universal del humor no le ha dado al generalísimo Francisco Franco el lugar que merece. Aunque su dictadura produjo mucho dolor y muerte, varias de sus disposiciones para “salvaguardar la moral de los españoles”, son dignas de figurar junto a los mejores gags de Laurel and Hardy o Abott y Costello. 
    Obsesionado por evitar “la exposición irresponsable del cuerpo, origen del pecado”, Franco emitió severas normas para aquellos que osaran mostrar sus carnes. Como es lógico, las playas y piscinas fueron centros plagados de guardias civiles encargados de hacer cumplir la ley. Una de sus ordenanzas dice a la letra:

junio 14, 2005

Credo quia absurdum

    Fe, decía el jesuita Anthony de Mello, es entrar a un restaurante de lujo sin un céntimo y encargar una docena de ostras con la esperanza de hallar una perla con la cual pagar la cuenta. Tertuliano definía la fe como un sentimiento que va más allá de la razón, un espacio donde se cree sin necesidad de entender. Una frase refrendaba su idea: Credo Quia Absurdum: creo porque es absurdo. La fe es la base de la existencia humana y también la base de la religión. Cuando el hombre no encuentra respuestas a sus incertidumbres surge la religión para absolver todas las interrogantes. Que esas respuestas se hallen en las antípodas de la razón importa poco, lo imperativo es encontrar un bálsamo para sus dudas. 

    Aunque esa fe permitió al hombre trascender sus estrechos límites y relacionarse con lo divino, en no pocas ocasiones esa ciega creencia también lo depositó en el territorio del ridículo. Aquí algunos casos extraídos del libro Historia de la estupidez humana de Paul Tabori.  

junio 01, 2005

Pasión de inocente apariencia

Ahlers, Müller, Mohr. Maier y Maack… Cuando ya me haya olvidado hasta el último verso de Goethe, voy a recordar siempre la delantera del Bayern München. Walter Jens. Filósofo alemán. 

     Eran diez y faltaba uno para completar el equipo. Corrían los años treinta y un cuadro europeo visitaba Puerto Rico. Como no podían dejar de entrenar, los futbolistas pidieron a las autoridades de una universidad que armen un cuadro. A los maestros no se les ocurrió mejor idea que llamar a su alumno Luis Arocena para la formación de la escuadra. Sus casi dos metros de estatura y principalmente su condición de argentino, eran crédito suficiente para asegurar que algo sabía de ese extraño deporte que no despertaba el menor interés de los caribeños. Pero había un problema. Eran diez y faltaba uno para completar el equipo. A pesar de sus búsquedas, Arocena sólo pudo conseguir diez jugadores. En toda la isla no había uno más que tuviera las mínimas aptitudes para la práctica de este deporte. Cuando estaba a punto de darse por vencido, le avisaron la llegada de un alumno nuevo. Se trataba de un peruano que aunque tenía las piernas flacas se veía en buen estado. Posiblemente por la cabeza de Arocena desfilaron José María Lavalle, Adelfo Magallanes, “Lolo” Fernández y, como no, “Manguera” Villanueva, integrantes del famoso “rodillo negro”, el mejor equipo del mundo, según los comentaristas chilenos. Algo de fútbol debe saber este peruano se habrá dicho y fue en busca de su jugador número once. Luego de una larga negociación logró incluirlo en el equipo como puntero izquierdo, pero su actuación fue decepcionante. El jugador era miope y al parecer no tenía ni idea de la existencia del “rodillo negro”. Aquel peruano que integró esta especie de selección resto del mundo era el maestro Luis Alberto Sánchez. 
    El fútbol y los intelectuales. El casi desconocido poeta peruano Juan Parra del Riego tuvo más suerte con el deporte rey. Quienes lo conocieron aseguran que fue un excelente jugador. Una enfermedad, que finalmente le causó la muerte, fue el motivo de su alejamiento de las canchas. Parra del Riego pasaría a la historia por juntar dos actividades aparentemente antagónicas: fútbol y poesía. El delantero del Peñarol de Montevideo Isabelino Gradín, le inspiró uno de sus más bellos polirritmos:

 "Gradin, róbale al relámpago de tu cuerpo incandescente Otra azul velocidad para mi frente, Tú, que cuando vas llevando la pelota nadie cree que así juegas: todos creen que patinas y en tu baile vas haciendo líneas griegas que te siguen dando vueltas con sus vagas serpentinas". 

    Parra del Riego llegó a pensar que el fútbol podía servir para algo más que divertirse. “Mi raza está perdida irremisiblemente si América no la escucha y la defiende. Quizás si mis indios jugaran al fútbol, hallarían en este maravilloso deporte su redención”. El “Loco Parra”, como lo conocían en Montevideo, no fue el único que vio en el fútbol algo más que patear una pelota. “Quería tanto a mi equipo, no sólo por la alegría de la victoria, tan maravillosa cuando está combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota. Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. Las declaraciones corresponden a Albert Camus, arquero del RUA de Argelia durante la temporada 1933-34. Para el premio Nobel de literatura, el fútbol era como la vida. 
    Hasta 1949 García Márquez consideraba que ir al estadio a ver un partido era insípido y tonto. Luego descubrió que los verdaderamente insípidos y tontos eran los que no habían descubierto los encantos de este deporte. En junio de 1950 Gabo ingresa por primera vez a un estadio y descubre el poder seductor del balompié. En el diario El Heraldo de Barranquilla escribe su primera crónica de fútbol luego de ver un partido entre Junior y el Millonarios de Bogotá. Y dice así: 
“Y entonces decidí ir al estadio. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte, y que de ninguna tampoco he salido tan cansado…. Si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno, habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del tacto, sus responsables movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía…. Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe es de retórica “ 

    Del Río de la Plata vendrían los mayores aportes intelectuales. En 1929 el escritor bonaerense José Gabriel intentó mostrar la superioridad estética de un partido de fútbol con respecto al ballet. Comparación que repetiría tiempo después el uruguayo Carlos Negri. Ese mismo año Jorge Romero Brest, crítico de arte y profesor de educación física, establece un paralelo entre el elemento rítmico del cine artístico de aquellos años y el deporte de masas. Más recientemente el sociólogo Juan José Sebreli realizaría un importante aporte desde su especialidad. “Fútbol y Masas” es un trabajo que trata de descifrar el misterio que encierra el más contundente de los fenómenos de masas. 

    Desde Shakespeare, que en el rey Lear hace decir al duque de Kent que el fútbol es una actividad bárbara y vil, hasta Ortega y Gasset que lo consideraba el responsable de la irrupción de las masas, causa de todos los males contemporáneos, pasando por Borges y Nietzsche; las relaciones entre el fútbol y algunos intelectuales no han sido nada buenas. Sin embargo, un grupo de trabajadores del pensamiento se dejó atrapar por esta pasión de inocente apariencia, como llamaba el escritor Osvaldo Soriano al fútbol, y han sido capaces de vibrar en un partido de fútbol como lo hacen ante la lectura de un clásico.

mayo 24, 2005

¡Te dije que estabas enfermo! *


    El epitafio ha perdido el protagonismo que tuvo. La cultura moderna, práctica, y apresurada, lo ha reducido a un simple trámite, tal vez el menos importante del rito funeral. Pero no siempre fue así. Reflexivo, sarcástico, lírico o simplón, el epitafio solía tener la personalidad del inquilino que habitaba tras el mármol: 

"Aquí descansa entregado a los gusanos el cuerpo de Benjamín Franklin impresor. Como la cubierta de un viejo libro al que le han arrancado las hojas cuyos dorado y título se han borrado pero no por esto la obra se habrá perdido, pues reaparecerá cual lo creía en una nueva edición revisada y corregida por el autor". 

febrero 02, 2005

Una Enfermedad Llamada Amor


      Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo. Leal, traidor, cobarde y animoso; No hallar fuera del bien centro y reposo, Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, Enojado, valiente, fugitivo, Satisfecho, ofendido, receloso; Huir el rostro al claro desengaño, beber veneno por licor suave, olvidar el provecho, amar el daño, creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño. Esto es amor; quien lo probó lo sabe. 

Lope de Vega. 


     Sarampión, varicela, paperas, escarlatina y amor. Desde hace siglos no pocas mentes privilegiadas han considerado que el amor es una enfermedad que bien merecería un tratamiento médico. Hay quienes creen que la idea tiene mérito suficiente para entrar en la historia universal del absurdo, otros aseguran que quienes ponen al amor en la categoría de enfermedad, simplemente son unos adelantados.               

enero 17, 2005

Aportes para una historia de la estupidez humana

          América Central: un dictador encarcela a todos aquellos que caminen descalzos por la ciudad. Uruguay: el gobierno veta el libro " Teoría del Cubismo” por considerar que es una apología al régimen de Fidel Castro.  España: prohíben la publicidad de supositorios por sugerir una práctica sodomita. 
          La pregunta es: ¿qué está pasando?, por qué ciertas personas actúan de esta manera. La respuesta es sencilla y sorprendente, los hombres, principalmente aquellos que detentan el poder, han sido atacados por el virus de la estupidez. Las siguientes historias tendrán como protagonistas a un ejército de badulaques, peleles, monigotes y pelafustanes que a golpe de negligencias, sandeces, tonterías y torpezas, están enriqueciendo lo que el investigador Paul Tabori llama la historia de la estupidez humana. No crea que esta crónica pretende ridiculizar a la máxima estrella de la creación. En absoluto. la idea es que, además de risa o llanto, las historias sugieran una reflexión, pues el virus de la estupidez puede tocar nuestra puerta en cualquier momento. 

                        TRUJILLO, FRANCO Y SUS AMIGOS. 
          El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo tal vez sea una de las personas que más aportó a la historia universal del absurdo. No sólo nombró a su hijo Ramfis, de tres años de edad, coronel del ejército; también emitió un dispositivo que obligaba vender su imagen junto a los santos más populares. Este dictador, al que no le avergonzaba fotografiarse con la espada del Cid Campeador y el sombrero de Napoleón, ordenó a escultores y dibujantes desaparecer de sus obras la abundante papada que ostentaba y en su lugar poner un mentón en punta. Artista que ponía papada, artista que terminaba en el calabozo. Ahí no concluye el absurdo. En 1936 dictó una ley que prohibía a la gente caminar descalza. Quien carecía de zapatos terminaba caminando por el frío suelo del calabozo, y no salía hasta tener como fianza por lo menos un par de mocasines. La ley se proponía incentivar la venta de zapatos, negocio que Trujillo monopolizaba. Se puede pensar con justa razón que el background de tonterías de este personaje es insuperable, pero no es así, pocos años después en España un dictador que aseguraba gobernar por voluntad divina, dejó casi en el olvido las ridiculeces de su colega dominicano. 
          Para resguardar la moral y las buenas costumbres de los españoles, el generalísimo Francisco Franco emitió una serie de dispositivos que reglamentaban el uso de ropa interior femenina en los espectáculos. Antes de cualquier estreno un "experto" se encargaba de constatar si actrices y bailarinas usaban bragas con las dimensiones aceptadas por el régimen. Ropa interior sin los centímetros sugeridos era decomisada, por supuesto, con la propietaria adentro. 
           Ni las caricaturas escaparon al control de Franco. Por orden del dictador en todas las redacciones había un dibujante experto en alisar bustos y derrieres. “ Ninguna mujer debe mostrar pechos ni trasero, hacerlo sería terrible para la moral del español del futuro ", afirmaban los censores al tiempo que desaparecían cuanta redondez asomara por las viñetas. Pero Franco sólo llega al Olimpo del absurdo cuando en 1940 emite un dispositivo prohibiendo la palabra supositorio. El dictador creía que este término era una invitación a prácticas sodomitas. Los más perjudicados con la norma fueron los propietarios de los laboratorios que tuvieron que vender su producto con nombres alternativos como " remedio posterior " , " cilindro antigripal " o simplemente 'supo'. A estas alturas alguien puede pensar que hay suficientes argumentos para considerar a Franco el non plus ultra de la estupidez, pero no es así. Muchos años después un grupo de entusiastas militares sudamericanos se encargó de convertir en simples anécdotas los excesos del dictador español. 
            Esta historia es increíble. La cuenta Eduardo Galeano. En 1976 la Junta Militar uruguaya emitió un comunicado prohibiendo las palabras soberanía, hambre, paloma, clandestino, verano, verde, contracanto y reforma agraria, por considerar que atentaban contra el orden establecido. Quien se atreviera a mencionar tan sólo uno de estos términos era acusado de terrorismo. Como si los absurdos no fueran suficientes ese mismo año se emitió un dispositivo complementario que prohibía a los presos políticos silbar, cantar, reír, caminar rápido, dibujar o recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas o pájaros. Por aquellos años se hizo conocido el caso de Milay, hija del profesor Didasko Pérez que, a pesar de sus siete años, fue detenida por sospecha de terrorismo. El delito de la menor fue llevar a su papi el dibujo de unos pajaritos. 
     Paul Tabori, uno de los estudiosos del tema, dice que la estupidez ha costado más vidas y bienes que todas las guerras y plagas. Por eso, más que risa, llanto, dolor o pena, estas historias deberían inducir a la reflexión.

enero 03, 2005

LOPEZ, TITA Y YO ficción

     Todos conocemos a un gay. Si no compartimos con él en el colegio, lo encontraremos en el barrio, el trabajo, la familia o tal vez en nuestra propia casa. El primero que conocí se llamaba Jorge. Abiertamente amanerado. Tita, como le decíamos, era la hembrita del primero K del José María Eguren de Barranco. Mis amigos me decían que no había que saludarlo. Ni siquiera lo mires pues te pegará lo que tiene, aconsejaban. La inseguridad y miedo de aquellos años no me hicieron dudar. Nunca tuve el menor contacto con ella, jamás un saludo, ni siquiera una mirada. Cuando faltaba un profesor, el salón se convertía en un burdel. Uno de los maleados del grupo, que decía ser el marido de Tita, ordenaba cerrar la puerta y vigilar si venía alguien. Una vez tomadas las precauciones, empezaba el “espectáculo”. Ante el estímulo del resto, López, así se apellidaba el “macho”, empezaba a reclamarle su falta de amor. La arrinconaba y decía que lo tenía abandonado. Luego la manoseaba y “punteaba”. La cosa no era tan en broma pues era evidente que el infeliz se excitaba. Esta rutina se hizo familiar en el salón. Algunos, la mayoría, festejaban, otros, entre los que me encontraba, permanecíamos indiferentes, por lo menos eso creíamos, pues finalmente con nuestra silente presencia avalábamos la actitud del matón. Luego del manoseo, que posiblemente terminaba con una total satisfacción, López invitaba a sus mejores amigos para “compartir” a su “mujer”. Nunca las palabras marido y mujer me parecieron tan obscenas. Algunos la tocaban. Curiosamente aquellos que evitaban el contacto eran considerados maricones. Lo dramático que habrá sido para algunos descubrir que lo que ocurría era exactamente lo contrario. 

Los cinco primeros años de primaria los estudié en una escuela fiscal, la secundaria en la Gran Unidad Escolar José María Eguren de Barranco. Mis mayores me habían dicho que el cambio podía ser traumático, y realmente fue así, pero no por los cursos o los profesores, sino por el pánico que me daba ser invitado a compartir a Tita. ¿Cuál sería mi reacción? He perdido la cuenta de las veces que me imaginé frente a ella. Su camisa a medio abrir como si realmente tuviera algo que mostrar, sus labios grandes, su pantalón apretado, ese perfume asqueroso y yo mirándole a los ojos, dudando entre tocarle el culo o escupirle en la cara. El miedo era lógico. Me horrorizaba ser ubicado entre los “maricones” que no se atrevían a tocarla. Yo no era maricón, a mí se me paraba cuando veía a las amigas de mi hermana, incluso se me paraba cuando espiaba a mi hermana. Por otro lado, realmente no me provocaba tocarla. Sin embargo, debía hacerlo para evitar que me fastidien. La verdad es que no sabía cuál sería mi reacción. Mi terror se calmaba cuando reparaba en que no era de la “mancha” de López. Incluso fuera del salón, el marido de la Tita tal vez ni se acordaría de mi cara. No había porque preocuparse, jamás me invitaría a compartirla. Pero mi cálculo falló. Había faltado un profesor y como siempre se cerró la puerta y empezó el show. Luego de las recriminaciones del caso, empezaron las invitaciones. Cuando ya se acababa la “función”, alguien grito mi nombre. Lo que tanto temí ocurrió. Aquella mañana de 1975 finalmente Tita y yo estábamos frente a frente. Fue horrible, peor que en mis pesadillas. No supe qué hacer. Mis amigos, los mismos que me decían que no debía hablarle - nunca un saludo, ni siquiera una mirada - me dijeron que sólo fueron unos minutos. Para mí fue interminable. Ahí estaban sus labios, ahí su camisa a medio abrir, su pantalón apretado y su perfume, más horrible que nunca. Han pasado los años, 25, y aún se me escarapela el cuerpo al verme frente a ella. La distancia del tiempo me hace reconocer que aquella mañana pudo ocurrir cualquier cosa, sin embargo, cuando el miedo y la gente me acercaron a Tita, entró un profesor y obviamente terminó todo. No quedé mal con la gente y tampoco le hice nada a Tita, el típico toque de campana que salva. Desde aquel día pienso que hubiera pasado si el profe no entraba.

BENGOCHEISMO

  Este artículo lo escribí cuando algunos criticaban al profe; pero nunca lo publiqué, se quedó ahí. Aquí va. La coyuntura lo exige.     Llá...