septiembre 17, 2021

SOLO PARA PERDEDORES

    Como buen iconoclasta, me encantan las historias donde queda en evidencia la estupidez de los “expertos”. Y como también me solidarizo con los perdedores, me fascina seguir a esa gente aparentemente vencida, fracasada, que termina triunfando. 
    Historias de ese tipo me permiten insistir en algo que creo hasta la militancia: si lo sabemos administrar, el fracaso es una gran fuente de enseñanza. El fracaso, al débil lo desanima; al fuerte, lo motiva. Hay que agradecer el fracaso, dar vivas por el error. El error es parte del proceso de aprendizaje. El éxito es el resultado de muchos fracasos. Se lo digo a mis alumnos cada vez que puedo. Lo terrible es que vivimos en una cultura donde te castigan si cometes un error. Decidir equivocarse es una opción muy difícil. Solo los valientes se atreven. Solo ellos se equivocan.      Ojo, me refiero al error y a la capacidad que tiene uno de absorber su enseñanza. ¿Y de qué depende que un error te destruya o motive? Según lo que creo, eso guarda relación con nuestra educación emocional. Si tenemos baja autoestima, nos costará más incorporar el error como aprendizaje. Nos llevará tiempo. Posiblemente nos haga más daño que bien. Para poder incorporar el error hay que estar dispuestos emocionalmente. Equivocarse es inevitable. Tenemos que educarnos en la tolerancia a la frustración. 
    Tampoco se trata de equivocarse y no aprender de eso. El tipo que yerra y persiste en el error, es un imbécil, un idiota. De eso no hablo. Para aprender hay que ser humilde, aceptar que uno se equivocó. Ese es el error que vale. 
    Enrico Caruso, por ejemplo, supo de fracasos. Por increíble que parezca, alguna vez le dijeron que no servía para el canto. Con mucho entusiasmo, joven aún, fue donde un maestro de música para que le aconsejara qué debía hacer para convertirse en cantante. La respuesta fue contundente: “Usted no sirve para esto. Su voz no es buena. No tiene suficiente voz para el canto”. 
    Increíble, ¿no? No sé qué llama más la atención: si la perseverancia de Caruso, que siguió su pasión hasta convertirse en uno de los mejores cantantes de todos los tiempos, o la absurda opinión de la persona que le hizo la prueba que, se supone, sabía de canto. Me imagino la cara que habrá puesto este “experto” cuando Caruso empezaba a ser reconocido. Un papelón. 
    Caruso siguió adelante a pesar de ese primer fracaso. Siguió su instinto. Persistió en su pasión. Y de eso se trata: de seguir aquello que nos apasiona. Tras todo caso de éxito, siempre hay un apasionado. 
    El tenor italiano no fue el único que padeció la “sordera” de un experto. El Rey del rock también pasó por un trance idéntico. 
    Elvis Presley quiere ser cantante y expone su talento ante el manager del mejor programa radial de la ciudad: Grand Ole Opry. Cuando terminó le dijo: “Con esa voz no llegarás a ningún lado. Te sugiero que sigas manejando tu camión”. Como es lógico, Elvis se habrá sentido mal; pero nunca dudó del camino que debía seguir. Su pasión fue más importante que la opinión de este “entendido”. El resto de la historia ya la conocen. 
    Los expertos se equivocan, los casos se multiplican.     Clint Eastwood había sido repartidor de periódicos, socorrista e instructor de natación, hasta que un día decidió seguir lo que consideraba su verdadera vocación: la actuación. El protagonista de Los puentes de Madison hizo una prueba en Universal Pictures. Al final del casting, un ejecutivo le dijo: “No te veo futuro en el cine pues cuando hablas parece que tienes una patata entre los dientes, además tu manzana de Adán es muy grande y hablas lento”. O sea, un desastre. No se sabe qué fue de la vida del “experto” que evaluó a Eastwood. Sobre el actor, ya sabemos su historia.           Creo que si algo se debe enseñar a las nuevas generaciones, es a ser más tolerantes con el error. Nuestra tolerancia al fracaso, por lo general, es baja. Lo veo mucho entre mis alumnos. Algunos directamente no aceptan sugerencias. Hay que entender de una buena vez que el error es parte del proceso de aprendizaje, y equivocarse es el camino para llegar al objetivo. El caso más claro es el de Edison. El inventor de la bombilla se equivocó más de mil veces antes de lograr su objetivo. Cuando a la vez 700 volvió a errar, su aburrido asistente le dijo si no se cansaba de equivocarse. “Son 700 veces, maestro”. “No, no me canso, respondió el inventor. He aprendido por 700 veces cómo no se hace la bombilla”. 
    Si emocionalmente estamos preparados, bienvenido el error.

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