septiembre 03, 2021

LOS NARRADORES DE FÚTBOL, ESOS BENDITOS

    Por aquellos años, finales de los 70, un partido de fútbol televisado era tan extraño como un clásico con hinchadas rivales en nuestros días. Un partido por TV era una cosa rarísima. Una singularidad que, por supuesto, festejábamos. Y más. Cuando ibas al estadio, ritual que hoy como ayer alcanzaba niveles religiosos, el impacto de ver la camiseta de tu equipo era enorme; pues tus únicas fuentes de información visual, la TV y los periódicos, eran en blanco y negro. Recuerdo de niño haber visto la magia de un periódico con fotos a colores. Era una jugada de Alianza. Me pareció el colmo de la modernidad. Por aquellos tiempos, las fotos a colores de tu equipo eran nuestro Netflix, nuestro Play Station, nuestro cable. 
    Por aquellos años, lo normal era que siguieras el campeonato por radio. Y el narrador de fútbol era la distancia más corta entre tus emociones y tu equipo. Nunca más, y en esto soy terminante, nunca más se volverá a sentir el fútbol como antes de la aparición del cable. Mis emociones se movían al ritmo de las metáforas de Portanova, la intensidad de Lucho Izusqui, las descripciones de Elejalder y las inflexiones de Juan Iglesias. Desde aquel entonces, guardo un gran respeto por los narradores. Los considero una especie distinta. Con una carga de emociones que guardan en algún lugar y que aflora en el momento preciso. Ahí cuando la jugada está en el área y el corazón cuelga, se suspende, pende de un escuálido hilo. 
    Cada uno tiene su narrador favorito y eso se respeta. A uno le gusta zutano y a otro, mengano. Y es válido e irrebatible. Es que hay narradores para todas las tesituras emocionales. 
    Toda esta perorata es a raíz de una crónica de Juan Villoro sobre un personaje que no conocía, pero ahora admiro. Tal vez podría llamarse el padre de todos los narradores deportivos. Era mexicano, se llamaba Ángel Fernández y lo apodaban “El Mago”. 
    Buscando material sobre este personaje encuentro que no era raro que la gente fuera al estadio tanto a ver el partido como para escucharlo a él. Dicen que fue el más alucinado de todos. Dicen que puso los más imaginativos y fabulosos apodos a los jugadores. Dicen que sus metáforas no tienen comparación. Dicen, dicen, dicen. Sus recursos para definir lo indefinible son fabulosos. 

"Último lanzamiento, pelota rumbo a la goma, toletazo, la pelota se va... se fue... ¡automovilistas que circulan por el viaducto... hay un bólido en el camino!”. 

    ¡Brutal! 
    Es difícil narrar. En el caso del fútbol, en un partido se tienen que describir movimientos que no son nada comunes. ¿Se imaginan al primer narrador radial que quiso describir una chalaca? ¿Cómo contar esa jugada de tal manera que el oyente pueda hacerse una idea real del movimiento del jugador? Es difícil, pues el locutor no puede quedarse en describir solo lo que ocurre, sería muy aburrido. Se trata de entender que al otro lado hay un hincha que tiene el corazón bombeando a mil y quiere una narración al ritmo de sus emociones. El Mago fue capaz de eso. Y más. 

“Hans Peter Brigel, que en alemán quiere decir: Ferrocarriles Nacionales de Alemania”. 
    
    Impresionante. 

    Cuando el jugador Cristóbal Ortega llega al América, describe la situación con una frase que define su genialidad: 

    "¡América descubrió a Cristóbal!”. 

    Definición premonitoria, pues con los años el volante se convertiría en uno de los ídolos del equipo. 
    Imaginación, sentido del humor, atrevimiento, creatividad = magia = Ángel Fernández. 
    Su voz, palabras, imaginación y talento fueron tan contundentes que le cambió de nombre a un equipo. Cuenta Villoro que a las Chivas rayadas las llamó “El rebaño sagrado”. Y así quedaron. Al Cruz azul también lo rebautizó: “La máquina que pita y pita”. 

    Cómo llamar a un jugador alto sin caer en los lugares comunes. Cuando el Mago ve al arquero soviético Dazaev, dice: 

    “¡Caray, los de comunicaciones le tienen envidia a esta torre, nada más de ver eso, señores, se entristece la RKO Pictures, este sí es el Hombre de los Rayos Arriba!”. 

    Cuenta Villoro que el Mago era lector incansable de Shakespeare, García Márquez, Vargas Llosa, Kipling, Milton y Dos Passos. No, el talento no cae del cielo. La creatividad, ingenio y el humor son el resultado de un trabajo enorme. Solo con el talento no alcanza. 
    
    Tomen nota estudiantes de periodismo: la lectura potencia las habilidades. 
    
    Peredo, El Tanke, el tío Elejalder, Kieffer, Rulito, Toño Vargas Kanashiro…, no importa el nombre, hay para todos los gustos. Sirvan estas líneas para contar sobre el talento del Mago, y también para recordar a aquellos que nos emocionan con sus relatos y nos hacen sentir el partido más intrascendente, como si se tratara de la final de la Copa del Mundo. 
Gracias.

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     Como buen iconoclasta, me encantan las historias donde queda en evidencia la estupidez de los “expertos”. Y como también me solidarizo...