junio 17, 2017

PALABRAS, SIMPLEMENTE PALABRAS

Las palabras son como los hombres. Nacen, viajan, están sujetas a modas, participan en concursos de belleza, se divierten, juegan, envejecen, y finalmente mueren.
A finales de la década del 80, en Chile, las esdrújulas, sobresdrújulas y graves, participaron de un concurso de belleza. Bajo los auspicios del diario El Mercurio, Jorge Luis Borges, Lázaro Carreter, Julián Marías, Gregorio Marañón, Camilo José Cela, José Donoso y Arturo Uslar Pietri, se encargaron de seleccionar las diez palabras semánticamente más bellas. No se sabe cuántas participaron en la preselección, tampoco si la decisión del jurado fue unánime, lo único que se conoce es que las “ganadoras” fueron: libertad, mar, madre, azul, paz, dios, esperanza, belleza, amor y amistad.

Tiempo después, tal vez como protesta o quizás por puro gusto, Jorge Luis Borges publicó otra lista, en este caso de las palabras de más hermoso sonido. Sándalo, jacarandá, penumbra, sombra, cristal, hexámetro, ámbar, runa, anhelar y arena, fueron las preferidas del escritor argentino.
Los guaraos de Venezuela, que aseguran habitar los suburbios del paraíso, nunca supieron de estas listas. En realidad tampoco les hubieran prestado mucha atención pues aseguran hablar el lenguaje más lindo del mundo. La genialidad del lenguaje guarao radica en no llamar a las cosas por su nombre. Al firmamento le dicen mar de arriba, al rayo, resplandor de la lluvia, al amigo le dicen mi otro corazón y al alma, sol del pecho.
Toda la hermosura de este lenguaje se manifiesta en haber desterrado la palabra perdón. En su lugar emplean otra mucha más práctica: olvido.
Como los hombres, las palabras pueden ser hermosas y feas, simples y complicadas, duras y cordiales. Y como si fueran mortales comunes y corrientes las palabras también son olvidadas y finalmente mueren esperando el milagro de la resurrección.
Una de esas palabras que desea volver a ser carne en el lenguaje cotidiano es motolito. Decimos necio, bobalicón, mantenido y aprovechado pero ni de casualidad decimos motolito. Postergado absurdamente, motolito era un calificativo cordial, casi cariñoso que posiblemente no cumplía con esa dosis de demolición que debe tener todo insulto. Una cosa es decirle a alguien estúpido otra muy distinta es llamarlo motolito.
Igual ocurre con cantamañanas. Informal, desordenado, irresponsable y desconsiderado son términos contundentes que descalifican totalmente a una persona. Pero un cantamañanas es además una persona con cierto aire poético y hasta musical. Quizá por su poca contundencia, el cantamañanas terminó recluido en el desván de la indiferencia lingüística.
La historia del soplagaitas es similar. Preferimos decir tonto, estúpido y mentecato y no soplagaitas, palabra que encierra todos los insultos anteriores pero además conserva cierto tono simpático que atenúa la fuerza arrasadora de un insulto.
Chupóptero, cabestro, taranto, melopea y capitoste, son algunas de las muchas palabras que esperan el milagro de la resurrección lingüística.
Y como las palabras se parecen a los hombres, también pueden formar insurrectas colleras consagradas al sano oficio de la diversión.
Cuando las palabras empezaron a ponerse serias y los discursos eran el camino más corto para el encontrar el sueño, aparecieron las palabras capicúas. Creadas al parecer con el sólo propósito de divertir, las también llamadas palíndromos tienen la rara característica de conservar su sentido aún cuando se las lea de derecha a izquierda.
Anilina y madam son los ejemplos más citados, pero la verdadera destreza de estas palabras se manifiesta en las frases.

Adán no cede con nada.
A ti no bonita.
Atar a la rata.

Estos ejemplos muestran claramente la esencia de esta especie de arte. Sin embargo el juego puede complicarse algo más:

Es Adán, ya ve, yo soy Eva y nada sé.
La ruta nos aportó otro paso natural.
Adán dábale arroz a la zorra, el abad nada.

La diversión llega a dimensiones descomunales con:

A mamá Roma le aviva el amor a papá y a papá Roma le aviva el amor a mamá.

Y finalmente como los hombres, las palabras también pueden matar.
No eran duras, no ofendían, en realidad ni siquiera se sabía su significado. Ocurría simplemente que aquellas primeras frases de oros y espejitos, llevaron una carga mortal: virus y bacterias que no hacían nada a los europeos pero que para los nativos significaron la muerte. El antropólogo Darcy Ribeiro estima que el primer contacto con los conquistadores mató a más de la mitad de la población aborigen de América, Australia y las indias oceánicas.
          Literalmente la palabra de los conquistadores, mataba

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