noviembre 15, 2007

Jugando al muertito


(publicado en Caretas edición 2000. 31-10-07)
Apuntes para un banco de epitafios.

"No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda."
Woody Allen

La intuición es la mayor virtud que debe tener un periodista. Lo dice Jon Lee Anderson, que del oficio conoce bastante, y aunque todavía no aprobé esta materia creo que estoy cerca. Con un presentimiento que envidiaría Agustín Merino, pido a mi amigo el poeta Renato Cisneros que me escriba su epitafio. A pesar de que sus tiempos y los míos rara vez coinciden - es un tardón de mierda - Renato cumple con la solicitud a tiempo, tan a tiempo que casi se usa. Una semana después de darme su último aviso al mundo, los médicos que lo atendieron en La Oroya por un Edema de Glotis que casi termina en asfixia, dicen que estuvo a un triz de morir. - Me cagaste mi nota del día de los muertos - le increpo. Tiro al palo. Finalmente la intuición no fue tal. Esta vez no pude aprobar, Jon. Pero estuve cera. Cuando el poeta muera quiere que le pongan en su tumba:

octubre 10, 2007

Amo El Comercio

Sí, amo El Comercio. Por muchos motivos. Todos los días con mi esposa esperamos el periódico y lo devoramos. No salimos de la casa hasta leerlo íntegramente. Si alguna vez no lo hacemos, nos falta algo.
Me encantan sus suplementos. Casa y Más, Vamos! y Día Uno me parecen en líneas generales buenos, muy bien hechos. Sin embargo, lo que más me gusta es su relación con la lengua. No hay día en que no encuentre errores graves. Y es por eso que amo más a El Comercio. Es común que abra mis clases de redacción con alguno de sus errores.
- A ver chicos, escuchen esto, ¿cuál es el error?
Y siempre uno, dos o tres de mis alumnos de segundo ciclo de comunicaciones, dan con el error. Amo El Comercio porque me sirve para mis clases de Redacción Periodística.
Lo del sábado 6 de octubre fue un hito. En la sección de cartas de la revista Somos, una persona se queja de los carteles mal escritos por la Municipalidad de Lima. La queja es buena y la respuesta oportuna y sarcástica. Sin embargo para encontrar errores tendrían que ver algunas páginas del mismo diario, o mejor aún de la misma revista. Al inicio citan a Susan Hidrogo y añaden:

agosto 02, 2007

A PROPÓSITO DEL 28

SOBRE LA PATRIA
¿Qué es la patria? Un hijo lejano, una lágrima que finalmente se puede domesticar, que salta, grita, da la patita, sale y se esconde sólo cuando yo se lo digo.
¿Qué es la patria? Mi madre asesinada por los medios, mi padre ausente, mi pelo teñido de rojo. Mis perros lejanos.

mayo 27, 2007

No hay sifón (3)

  "La Vieja Roticería". Así se llamaba el escenario de nuestro primer encuentro con la comida bonaerense. El sitio era simpático, humilde y con una comida estupenda. Ese clásico lugar, muy popular, donde comes codo a codo con la gente. La sensación es extraña pues nunca comemos así en Lima. Una vez más comprobé que aquí la comida es barata. Tome nota: Una enorme milanesa a la napolitana, 4 pesos, un bife de chorizo, 7 pesos, una porción de fritas (papas fritas) y dos botellitas de vino banco de Mendoza. Todo a 35 pesos. Diez dólares. Increíble. Y todo muy bueno. Excelente.  Transcurre el tiempo y reparo en algo, el mozo no nos trajo el sifón. Durante todo el viaje le hablé a mi esposa de esta singularidad argentina. La expectativa del encuentro con el sifón era especial pues en casa tenemos uno muy antiguo. Me lo regaló en 1990 mi amigo Daniel Almirón. Viene el mozo y le reclamo cordialmente el sifón. No, me dice, el sifón ya no existe en Buenos Aires.

mayo 01, 2007

Escala en Santiago y por fin Buenos Aires

Segunda parte

El vuelo hace escala en Santiago. Hace mucho tiempo Guillermo me dijo que los momentos más complicados de un viaje son el despegue y el aterrizaje. Maldita sea mi memoria. La frase no deja de torturarme. Ambas circunstancias me dan miedo. Trato de controlarme. No hay problemas. El aterrizaje en Santiago fue sencillo. Es madrugada y bajamos al aeropuerto. Es la segunda vez que estoy en un lugar de paso. Antes fue en Arequipa. En ambos lugares estuve unos minutos. Recuerdo que en la Ciudad Blanca vi en persona por primera vez a Gisela Valcárcel. Siempre me encantó Gisela. En esta ocasión no me encuentro con nadie conocido. Nos tomamos fotos. Pasamos el control sin problemas. Subimos a otro avión. Nadie ocupe el tercer asiento. En viaje será cómodo. Ya falta poco, Buenos Aires está más cerca.

El vuelo de Santiago a Buenos Aires fue terrible. No tengo tantas horas en aviones para hacer una comparación acertada. En realidad he volado poco. Creo que el dato que confirma lo que digo es que la mayor parte del trayecto la hicimos con el cinturón puesto. No es que me diera miedo, pero después de quince años sin hacer viajes largos, el cruce de la Cordillera me hizo preguntar a mi esposa si los salvavidas estaban abajo o enfrente del asiento.

Entre turbulencia y turbulencia un espectáculo de lujo: el amanecer. Pareciera que el Sol saliera solo para nosotros, un espectáculo de lujo y estamos en primera fila. El cuadro más hermoso que hayamos visto. Apretamos nuestras manos y nos miramos emocionados.

Cuando empezamos el ansiado descenso a Buenos Aires, éste nunca se producía, durante largo tiempo estuvimos dentro de las nubes, se veía gris por todos lados. Sentíamos que bajábamos pero no hacíamos contacto con la pista. Finamente aterrizamos y nos recibió un diluvio (truenos y rayos incluidos). No lo supimos hasta que el chofer que nos esperaba nos lo dijo, "espérenme aquí, se van a enfriar". Ni hablar, nos moríamos de calor, y fuimos testigos de esa tremenda lluvia. Andrés, un chofer tucumano que nos contó que añoraba su tierra y que cada tanto volvía, nos dijo que la lluvia era verdaderamente terrible. Digo esto porque para un par de limeños que nunca vieron una lluvia de verdad, cualquier cosa que caía del cielo, les llamaba la atención. Más allá de nuestro asombro estábamos frente, en realidad bajo, una señora lluvia. Los titulares del día siguiente lo confirmaron.

Un Renault nos lleva al Hostal de La Boca. La lluvia es tan intensa que nos impide ver la ciudad claramente. No importa. Ya llegamos. Ya estamos acá. Por el momento solo se veo lluvia y apenas puedo reconocer aquella ciudad que hace quince años visité con tanta emoción. La ciudad que me deslumbró. Mi Buenos Aires. Porque era “mí” Buenos Aires. Cuando contaba sobre mis viajes, todos me escuchaban con atención. Nadie conocía Buenos Aires y eso me gustaba porque era como si ante ellos, la ciudad fuera mía. Y en realidad lo era. Ya no será así. De ahora en adelante Buenos Aires será mía y de mi esposa. Así como tenemos nuestra canción, Song by four, Buenos Aires será nuestra ciudad. No me importa compartirla.

La lluvia ahuyenta a la gente. Las calles van quedando vacías. Ya estamos. Buenos Aires, la ciudad de la noche interminable, la de las carnes exageradas, la del vino barato y constante, la de mis recuerdos. La ciudad que quise y quiero con nostalgia.

Llegamos al hostal, buena bienvenida y bien el cuarto. Julia, la administradora, era como en los mails, amable y solícita. Qué importante llegar y que te reciba una cara amable. En el lugar había abundante agua caliente y fría, sin embargo el baño tenía que esperar, no podíamos controlar nuestras ganas. Era la una de la tarde y no solo queríamos comer nuestro primer almuerzo argentino, además queríamos salir a caminar. Le pedí un paraguas a Julia y cosa increíble para mi, me dijo que no tenía. No importó, salimos sin paraguas.

Recordamos todo esto como si fuera de noche, era un poco más de la una y la ciudad estaba oscura.

Problema 1. Solo tengo 20 dólares y no sé dónde cambiarlos. Julia me soluciona el inconveniente. Me da cien pesos. Le debo algo. Después arreglamos.

Caminamos poco pero suficiente para mojarnos. Era una fiesta, una rara fiesta donde la diversión era mojarse. La gente nos mira, ¿qué pensará? No importa, nadie nos conoce. A una cuadra del hostal, en la calle del increíble nombre Pi y Margall, nos compramos nuestro primer, y seguro único, paraguas. Era amarillo. "Déjeme probárselo". Y la doña lo abría y cerraba. "Listo, sirve, son trece pesos". Algo así como trece lucas, el sol y el peso están casi igual.

Ahora a caminar. Teníamos que ir al centro. Mis borrosos recuerdos me pedían ir por Florida, Corrientes, Plaza de Mayo. Julia nos dijo que tomáramos la 29, bus que se convirtió, y así fue hasta el final, en nuestra movilidad referente.

Problema 2. Subimos al colectivo, así le dicen, y le damos un billete de 2 pesos para que se cobre. ¡No pibe, aquí se paga con monedas. Las metés por esta máquina y listo! En los colectivos argentinos, o en todo caso en los de BBAA, pagas en una máquina que sólo acepta monedas. El tipo muy buena onda, nos jaló hasta el siguiente paradero, porque acá no te dejan en cualquier lado. Es increíble la cultura, esa es la palabra exacta, cultura para manejar. No es mentira pero a la hora de estar en Buenos Aires, reparamos algo con Carmen: nadie toca claxon. Es rara una bocina, a pesar de la increíble masa de autos que circula por la ciudad, no hay angustias, todos tranquilos, serenos, aceptando el destino que les toca jugar en la pista.

Nos deja en Defensa y caminamos de frente a ver hasta dónde llegamos. Mis incursiones en el mapa me indicaban que si seguía hasta el fondo llegaríamos a Plaza de Mayo. Quería que nuestro primer almuerzo fuera en el Centro. En el trayecto dejábamos varios restaurantes con muy buenos precios. Los obviamos porque ese primer almuerzo sería en el Centro…..

abril 24, 2007

(DE) VUELTA EN U (AP)

Antes de seguir con las historias de Buenos Aires, una reflexión inevitable El gran problema es que no exteriorizamos. Nos reprimimos. Siempre les digo a mis alumnos que la comunicación debemos situarla en un plano afectivo. Afecto, una de las palabras claves para comunicarse. La cultura, la iglesia, la sociedad, la escuela y nuestros padres, parecen haber firmado una alianza secreta para evitar que nuestros sentimientos se conviertan en verbo, en acción. Lo común es esconderlos y pasarnos la vida sin decirle a la gente que la queremos. Salvo algunas chelas o vinos que nos ayudan a desinhibir, nuestros afectos siempre permanecen en silencio, mudos, condenados injustamente a no llegar a su destinatario.

abril 13, 2007

Buenos Aires, quince años después

Luego de quince años volví a Buenos aires. Junto a mi esposa vivimos 14 días inolvidables. Aquí algunas cosas que escribimos en un hostal ubicado en el límite de La Boca y San Telmo.  cb  Buenos Aires. Antes de partir  Uno trata de planificar algo su vida, pero definitivamente lo imprevisto es quien domina nuestra existencia. Por lo menos la mía. Por lo menos la nuestra. Hacía rato que queríamos viajar con Carmen pero por uno u otro motivo no salía nada. Todo al interior. De pronto se juntó algo de plata y listo ya estamos en Buenos Aires.  La situación se planteó así de fácil pero las cosas se empezaron a complicar. Por lo menos en mi cabeza. Llegamos al aeropuerto con tiempo. De pronto en la cola de migraciones me entró una terrible ansiedad. Tantas películas norteamericanas hacían su efecto. Por alguna razón que después entendí, empecé a imaginarme que me detendrían, esa noche terminaría preso y todo se iría al demonio. No había motivos. Incluso enfrenté con éxito a mis fantasmas de Inforcorp y logré vencerlos. Después de quince años, los mismos que no iba a Buenos Aires, quedé limpio. Dejé de ser aquel cliente VIP que fui casi desde la creación de la central de riesgos. Ya no tenía deudas. Pero tenía miedo. Se acerca un empleado de migraciones y me saluda.