LISTO, SE HIZO #PANAMERICANOSLIMA2019


        Lunes, 5.30. Siento una enorme ansiedad por escribir. Las palabras se salen de mis dedos. Estoy feliz, emocionado, orgulloso. Siento como si mi equipo hubiera campeonado. Después de 10 años, de 20, de 30. 
Somos un pueblo muy golpeado. No, no nos ha ido bien. Hemos sufrido muchas derrotas, muchas humillaciones en nuestra historia. Somos como ese perro al que siempre pegaron y de pronto, un día, sin que exista motivo alguno, lo empiezan a acariciar. Y claro que se siente raro. Claro que entiendo que para algunos estos Panamericanos generen un sentimiento extraño.

Soy tremendamente emotivo. En un curso de proyectos cuando mis alumnos me cuentan sus ideas, suelo entusiasmarme más que ellos. Soy, en ese sentido, bastante entusiasta. Un militante del optimismo. Sin embargo, cuando se trata de emprendimientos nacionales, soy más medido. Más escéptico. El entusiasmo desaparece. Por eso me agrupé entre los incrédulos. Entre los que pensaban que los Panamericanos eran una maravillosa oportunidad para ratificar la mediocridad nacional. Quien manejó por lo menos 15 minutos en Lima, sabe de lo que hablo. Un cruce sin semáforo debe ser la evidencia más clara de la miserabilidad y egoísmo nacionales. Alguna vez me contaron que en Japón, cuando hay un cruce con semáforo malogrado, los carros pasan uno por lado, ordenadamente. Por aquí ya sabemos cómo es.  Por eso cuando se trata de confiar en mis compatriotas, prefiero abstenerme. ¿Exagero? Hay cientos de ejemplos cotidianos que así lo demuestran. Nuestra historia está plagada de traicioneros, oportunistas, rateros y sabandijas que encontraron en el erario una ocasión para enriquecerse.
Cómo no ser pesimistas si desde que somos chicos nos han taladrado con eso de “El peor enemigo de un peruano es otro peruano” o "Cholo nunca bueno. Si es bueno, nunca perfecto y si es perfecto siempre cholo". En el Perú, creer implica un alto grado de irresponsabilidad.
Alguien dijo que un pesimista era un tipo que había sido un gran optimista. Alguien que creía demasiado, pero que se estrelló tantas veces contra la pared de la realidad, que no le quedó otra que descreer. Soy un poco así. Cómo no serlo en un país plagado de privilegios para unos pocos y maltrato para mayorías. Pero tampoco soy necio. Como muchos, yo también creí que esto no funcionaba. Que en el mejor de los casos los panamericanos dejarían ver por alguna grieta ese pequeño país que somos. Afortunadamente no fue así. 
Los Panamericanos Lima 2019 han sido maravillosos. Yo sí me creo lo que dijo el presidente de Panam Sports: “Han sido los mejores Juegos Panamericanos de la historia”. Ya sé que algunos pondrán en duda esta sentencia. Tantas decepciones colectivas volvieron desconfiados a muchos. Los entiendo. Yo mismo hubiera dudado. Ya no. Soy crítico pero no tozudo. El trabajo ha sido bueno. Excelente. El mejor de la historia. 
Estos Panamericanos nos han permitido creer en nosotros mismos. Sabernos capaces de hacer algo bueno. ¡Juntos! Tal vez el legado más importante de Lima 2019 no sean los rotundos escenarios deportivos ni el plausible compromiso de los voluntarios ni las históricas 11 medallas de oro, sino reparar en algo esa abollada autoestima nacional. Es tan conmovedora nuestra necesidad de creer en alguien, que estoy seguro de que si las elecciones fueran mañana, Carlos Nehuaus ganaría ampliamente. En primera vuelta. Es que estamos escasos de líderes, que queremos una alternativa distinta al cáncer o al SIDA.
Hay que creer más en nosotros, hay que darnos esa oportunidad. 

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