marzo 22, 2016

EL VECO Y BOROCOTÓ


Siempre amé la radio. De niño mi juguete favorito era una radio/tocadisco azul con la que dormía abrazado. Mi vieja me advertía sobre el gasto de electricidad pero yo igual pasaba la vida con el oído pegado al parlante. Ahí, escuchaba al inigualable Ronco Gámez, al incomparable Pocho Rospigliosi y a todo su plantel de Ovación en radio El Sol, a Iván Márquez con su Eva y yo, y a la mejor de todas, Diana García y su programa, Tú, yo y … mis discos. Claro que escuchaba a otros pero a estos los recuerdo más.
Siempre amé la radio pero cuando escuché al Veco decidí que tenía que trabajar ahí. Nunca me imaginé que se pudiera hacer periodismo deportivo en esa tesitura. En Las Mañanas del Veco claro que tenían información pero también había emoción, sensibilidad, ternura. Historias alucinantes. Recuerdo con mucho cariño ese programa.
La gran diferencia entre el periodista uruguayo y sus colegas era la enorme sensibilidad que le imprimía a sus comentarios. Claro que era un gran analista pero me llamaba más la atención el tono emotivo con que contaba sus historias. No pocas veces lo escuché con la voz quebrada luego de narrar algún cuento o contar una anécdota.


Pero lo más emotivo que le escuché al Veco fue un cuento de Borocotó. Veco admiraba infinitamente a su compatriota, una de las mejores plumas en la época de oro de la revista El Gráfico. El cuento que más recuerdo es el que viene a continuación. Está transcrito tal cual pero el relato del Veco le daba un plus emotivo que lo hacía especial. Es una pena que no exista esa grabación.
En tiempos donde el periodismo perdió su buen nombre y la sensibilidad escasea en el gremio, es bueno conocer que se puede hacer periodismo como lo hacían Borocotó y El Veco.
Una última cosa. He conservado los modismos de época y lugar para no alterar este maravilloso texto. Sería un crimen hacerlo.
 MUCHO PIRI

Es una madre como tantas otras heroicas madres de barriada pobre. Ha salido a realizar unas pequeñas compras, y cuando regresa a su casa, al primer golpe de vista acepta que su primogénito no se encuentra. No obstante, pregunta a los demás chiquillos:

-       ¿Dónde está Rafael?

Le contesta un silencio expresivo en el que hablan los ojos de los hermanitos que no quieren delatar al mayor. Por esos ojos pasó un Nocturno y ha dejado en las oscuras pupilas una música callada.

- ¿En el campito? … protesta la madre enojada. Ahora mismo lo voy a buscar y lo traigo colgado de una oreja como del gancho de una carnicería… así les va a servir de ejemplo a ustedes para que no sigan el mismo camino…

Le tengo dicho y repetido que no juegue al fútbol… pero el muy bandido se escapa y destroza zapatos y ropa… Y yo, trabajando como una burra… ¡Ah!, este hijo me va a sacar canas verdes… Ahora mismo lo voy a buscar y lo traigo colgado de una oreja para que escarmiente y para que sirva de ejemplo a ustedes.

La madre deja sobre la mesa el producto de sus compritas y endereza por el sendero que lleva hacia la canchita, a la que también ha calificado como “antro de perdición”. Conoce el camino. ¡Lo ha recorrido tantas veces!

Llega al baldío que está marginado de público. Se juega un partido de esos que duran más que la tarde, que se prolongan hasta que brillan las primeras estrellas y ya la pelota no se ve, sino que se adivina, se presiente. Y es un rumor en la porfía con la pelota. ¡Mía…Tuya… aquí, aquí estoy solo!

Pero… el hijo parece que no está, porque la madre no lo ve. ¿Se habrá equivocado? ¿no estará haciendo los deberes escolares en casa de un amigo…? La madre va buscando al suyo y… ¡de pronto lo ve! Está allá. Entre dos latas. Es el arquero. El sol, en su caída, se ha quedado a mirar el partido más allá del pibe… Justo se ha detenido tras la cabeza del chiquillo formando un halo. La madre mira y piensa que el sol ha convertido en santo al diablo.

“¡Mucho Pirincho!” es el grito que conmueve al baldío y paraliza a la madre en el momento en que se disponía a penetrar en la cancha para colgar al pibe de una oreja. Ella alcanza a ver, tras la polvareda del área,  que su Rafael se ha lanzado al aire y con la puntita de los dedos ha empujado la pelota por encima de un travesaño imaginario. “¡Mucho Piri!” … es el grito que se prolonga más allá de aquel sol de enorme cabezota y que, satisfecho con la atajada del pibe, se va.

-       Este Pirincho ¡es un fenómeno! Llega a primera, llega… es el diálogo de dos pibes que están accidentalmente cerca de la buena madre, la que aclara:
-       Se llama Rafael.

Los chicos la miran, la reconocen y corren detrás del “arco” que defiende Pirincho.

-       ¡Arranca Piri…!  ¡Tu mamá!
-       Decile que estamos empatados … contesta el arquero sin darse vuelta, siguiendo con atención la jugada.

-       ¡Piri!... tu mamá.

-       Decile que estamos empatados.

Total, si la paliza va a llegar que venga después del partido. ¡Y cómo va a abandonar el baldío estando empatados! Tan luego él, que es el crédito de su bando.

“¡Mucho Pirincho!... ¡Mucho Piri…! De nuevo el grito ha conmovido al baldío. Pirincho, estirado en el suelo, tiene sujeta una pelota que quería penetrar en la valla junto a una de las dos latas que demarcan el arco. Se incorpora, la hace picar, y la envía hacía adelante buscando que colocarla en los píes de un compañero que la está reclamando con su garganta, sus ojos, sus anhelos…

La madre, que por segunda vez iba a penetrar a la cancha,  queda de nuevo paralizada. Su enojo no se ha disipado totalmente, pero siente orgullo de madre. ¡Ese es u hijo! ¡Ese! … ¡Y qué bonito es! Nunca se había detenido a mirarlo bien. El mechón de pelos rebeldes que le cae sobre la frente, esos ojos pícaros, vivaces, inteligentes; esa actitud de atención máxima, esa agilidad maravillosa… ¡Qué lindo es su hijo! Y sale a la familia de “ella” …, porque la nariz, la boca y los ojos… es de su familia…De la del padre no tiene nada. ¡Lástima que sea tan travieso, tan desobediente! ¡Porque se le escapa al baldío vuelta a vuelta y rompe zapatos y destroza ropa… ¡Y con lo caro que está todo! Pero no es malo, porque es cariñoso, es emotivo. La vez que ella estuvo enferma de gripe, durante dos días no salió de la casa. Y hasta hizo la comida para los hermanitos menores. Porque es habilidoso; hasta sabe cocinas… ¡Qué lindo está! ¡Qué lindo que es! Pero…

La madre piensa en los otros chicos que se han quedado en la casa, en los menores, en lo que ella prometió. Tiene que llevarlo colgado de una oreja. Está obligada a cumplir. Lo ha dicho. Además si ahora se le escapa uno, pronto seguirán los otros…

Tiene que llevárselo. El deber la impulsa a entrar en la cancha, cuando suena un pitazo tartamudo y otro grito estremece el baldío: ¡Penal!...

Se ha cobrado un penalty contra el cuadro de Pirincho. Hay protestas, como en las canchas de verdad. La pebetada espectadora invade el field y forma un semicírculo detrás del que va a shotear. La madre no encuentra otra ubicación que detrás de su Rafael. Lo ve de espaldas, con las rodillas algo flexionadas, con las manos apoyadas en ellas, un poco agachado. Así está entre las dos latas. Y más allá se halla uno parado ante la pelota que mira desafiante y que ¡es de antipático!

Está mirando como diciéndole a Rafael: “Encendé la luz que no la vas a ver”.
  
Suena de nuevo el silbato. En el baldío fragoroso se hace un silencio de altar. Parte el tiro y … allá en lo alto, en un ángulo superior que ni poste ni travesaño forman, pero existe, las puntas de los dedos de Pirincho han saldado el gol.

“¡Mucho, Pirincho!” … “¡Mucho Piri!”… La canchita pelada se estremece y el piberío corre, levanta en andas a Pirincho y se lo presenta a la madre como un trofeo. ¡Es la flor del baldío! El elegido, el predestinado, el que llegará.

¡Cómo se lo va a llevar pese a la promesa! Llevarse a su Rafael es como dejar a la vida sin fútbol. La madre agacha un poco la cabeza para que no vean los ojos húmedos y se vuelve en silencio por el senderito que lleva a su casa y que parece que lo hubiera trazado Rafael con sus idas y venidas.

Cuando penetra en su casa, los demás hijos la miran. La madre ha llegado muy contenta. Los ojos ríen a través de la llovizna. Y como ella miró a su Rafael con el sol haciéndole un halo, los pibes miran a la madre como descubriéndola.

¡Qué linda es mamá! Sí, cuando mamá está contenta, ¡qué linda que es!.

Ella da instrucciones con voz que tiene canto de pájaros lejanos:

¿Han hecho los deberes de la escuela?... Junten los útiles… No dejen nada tirado … Cada cosa tiene su lugar… Y rumbea hacía la cocina a preparar café con leche para el bandido que iba a traer colgado de una oreja como de un gancho de carnicería. Los hijos la siguen con felicidad y asombro. Y alcanzar a escuchar que mientras prepara el alimento para el “bandido”, impregnada de baldío, entona bajito:

“ Siento ruido de pelotas,
y no sé… y no sé lo que será…
es el team del Sacachispas,

que se viene, que se viene de ganar…” 

2 comentarios:

miguel mateo jimenez palacios dijo...

Qué buena historia! Gracias por compartirla profe.

Humberto Martinez dijo...

Es...pec...ta...cu...lar !!!