julio 29, 2011

A Tigre


Buenos Aires, julio 2011

La primera vez que escuché sobre El Tigre fue en los 80. Fue en algún diario Clarín, ese que compraba en la esquina de La Paz con Diez Canseco. Recuerdo que hablaban sobre el equipo de fútbol que jugaba en segunda. Me pareció un nombre raro. Pensé que tal vez lo habrían creado chicos que querían transmitir agresividad y por eso eligieron ese nombre. Luego supe que se trataba del nombre de una ciudad. Estuve en el 92 pero ahora que regreso es como si fuera la primera vez. A Tigre, el equipo, lo sigo hasta ahora, principalmente por la campaña de ascenso que tuvieron con el simpático Caruso Lombardi. Todo un personaje. Hablador. Simpático. Bailarín. Apasionado por su trabajo.

Hoy, en nuestro 3 día en Buenos Aires, hemos decidido ir al Tigre. Salimos a las 9 del departamento que hemos alquilado en la avenida de Mayo. Caminando llegamos a Retiro a tomar el tren. La terminal es muy antigua. Es como esas de las películas de acción. Lugar ideal para persecuciones. Recuerdo la de Carlitos Way. Siento que aquí puede pasar cualquier cosa. Un asesinato, un robo espectacular, un secuestro. Un pase de drogas. Estoy atento.

Compramos nuestros boletos. Cinco pesos ida y vuelta. Esto sí es muy barato. Subimos muy inseguros pues no hay buena explicación. ¡Al Tigre andén 3! ¿Pero dónde queda el andén 3? Seguimos a la gente. Llegamos sin problemas. No era tan complicado. Hace años que no subo a un tren. Buscamos lugar. Encontramos pero separados. Al rato ubicamos dos lugares juntos. Qué maravilla el tren. Cuanto ayudaría uno en Lima. Uno en serio. Que vaya por la periferia y llegue hasta Chosica. O más. Así es acá. Junto a la ventana veo como pasan las estaciones. Núñez, Vicente López, Rivadavia, Olivos, Martínez, Belgrano. Lugares que escuché desde chico, en las noticias, películas, novelas, canciones. Lugares al alcance de la mano. Mi esposa está emocionada.

El viaje dura unos 40 minutos. Llegamos al Tigre. Se nota que no es la capital. Es una ciudad calma. Me hace recordar a Carlos Paz. Todo tranqui. Como siempre, tomamos hacia donde nos indica nuestra intuición. Guiados por el grito de la gente llegamos al Parque de la Costa. Sillas voladoras y montañas rusas. No es lo nuestro. No entiendo el masoquismo de la Montaña Rusa. La verdad no la entiendo. Al costado hay un lugar fantástico, indescriptible: el Puerto de Frutos. Hay de todo. Artesanías, restaurantes. Está al lado del río. Por supuesto que aquí es obligado el viaje en lancha. O catamarán como lo llaman. Compramos los boletos. Falta media hora. Vamos a tomar algo. Ya. Estamos cansados y con hambre. En Argentina siempre hacemos largas caminatas y a veces se nos va la mano. O mejor dicho los pies. Aquí en El Tigre es igual. Hemos caminado duro. Mi esposa quiere un choripán. Yo un pan con milanesa. Se demoran. Tomamos dos Acuarius y nos vamos. No podemos esperar más. Ya tenemos los boletos para el paseo.

Llegamos 10 minutos antes, la nave no llega. ¿cómo será? ¿Habrá chalecos salvavidas? Siempre pregunto lo mismo.

El delta del Tigre es alucinante. No conozco en el Perú nada que se le pueda comparar. Tal vez un lugar que se le asemeje algo sea la Laguna de Paca, camino a Huancayo, otro lugar hermoso. Difiere por las majestuosas construcciones. En la Laguna de Paca todo es precario. Informal. Como somos nosotros. Aquí todo es impresionante. Casas lujosísimas. Gran dispendio. Fotos. Videos. Lindo viaje. Relajado. Ha sido un buen descanso luego de tanta caminata. Regresamos. Nos reciben los gritos de los chicos de la Montaña Rusa del Parque de la Costa. No los entiendo.

Ha sido un día largo, cansador. Como todos en Buenos Aires. Hacemos el camino de regreso. Hay demasiado frío. Debemos estar en los 2 grados bajo cero. Es el tema del día. Buscamos un lugar para tomar algo bien caliente. Encontramos una cafetería. No hemos almorzado. Nos recibe una señora muy cordial. Un café, un mate y dos empanadas. Están buenazas. Dos más por favor. ¡Llegando a Lima empezamos la dieta! ¿Ya? Sí. La señora cordial nos sonríe todo el tiempo. Le preguntamos dónde queda la estación del tren. ¡De frente dos cuadras, por el cartel de Coca Cola! Listo. Allá vamos.

Subimos. Nuevamente algo confundidos pues nadie comprueba que tienes el boleto. Ahora sí encontramos dos asientos juntos. Estamos cansados. Mi esposa pone su cabeza en mi hombro y se queda dormida. Frente a nosotros se pone un tipo gordo. No me agrada. La verdad tiene una cara que no da confianza. Tal vez sea un ladrón. No, un asesino. Sí. Alguien lo mandó para que nos asesinara. No puede ser. Creo que despierto a mi esposa y nos vamos al otro vagón. Sí, le tomo la mano y corremos vagón tras vagón. Él nos perseguirá. La gente nos mirará asombrada. Tal vez tengamos que bajar a la volada y tomar otro tren para despistarlo. Tal vez abra esa escotilla que está arriba e intente fugar por ahí. Él me perseguirá y pelearemos a puñete limpio arriba del tren. Luego yo lo venceré e iré donde mi chica, le daré un beso y la gente nos aplaudirá. El tipo se queda dormido. Y no pasa nada. Tal vez sea un jubilado. Un padre adorable. Un abuelo ejemplar. Un esposo modelo. No, no hay que juzgar por la apariencia. ¿Qué pensará la gente de mí? ¿Qué cara tendré? Siempre me han dicho que tengo cara de depravado. De enfermo sexual. No, no hay que juzgar por las apariencias.

Llegamos a la estación de Retiro. Compramos dos panes con “milanga” y nos dirigimos a casa. Ha sido un día intenso. Otro día en Buenos Aires.


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