agosto 21, 2017

HISTORIAS DE LA GRAN FRUTA

La Gran Fruta era una juguería a la que le hacía publicidad en la radio. Aunque los batidos eran buenos, en realidad lo que más me impresionó era lo bien sonante del nombre: La Gran Fruta. Alguna vez, pensaba, tengo que escribir algo titulado: Historias de la gran fruta. Sin embargo más allá del título, no tenía ninguna idea que me ayudara a concretar el proyecto. Pasó buen tiempo hasta que un día, de casualidad, me topé con un poema de Pablo Neruda dedicado a la manzana.

A ti, manzana,
quiero
celebrarte
llenándome
con tu nombre
la boca,
comiéndote.

Claro, era lógico. Las manzanas de la tierra de Neruda son impresionantes. Además manzana es la fruta de las metáforas. Manzana es la de la discordia, la del pecado, la que llevaba en su cesta la bruja para envenenar a Blancanieves. Manzana es la vuelta que damos por nuestro barrio, la que llevamos todos en la garganta como recuerdo del pecado adánico.


Qué difíciles
son
comparados
contigo
los frutos de la tierra,
las celulares uvas,
los mangos
tenebrosos,
las huesudas
ciruelas, los higos
submarinos:
tú eres pomada pura,
pan fragante,
queso
de la vegetación.
“Queso de la vegetación”. Impresionante. Por fin alguien le hacía honor a la pobre manzana que la ha pasado bastante mal. Debido a una homonimia, malum en latín es mal y manzana, siempre se le asoció al pecado, a las bajas pasiones, a la perdición. Neruda no podía permitir tanta infamia. Más allá de mangos, melocotones, piñas y chirimoyas, la manzana es quien se alza como la reina de las frutas.
Neruda me dio ánimos para llevar adelante lo que denominé “El Proyecto Historias de la Gran Fruta”. Con gran entusiasmo, pregunté a mis amigos con inquietudes literarias si sabían de algún escritor que se haya ocupado de las frutas. No obtuve respuesta. Cuando pensé que el “Proyecto Historias de la Gran Fruta” abortaría, apareció D.H. Lawrence y su pasión por los higos.
Sí, los higos. Aquella fruta que casi siempre termina aplastada, cuyo único destino parece el dulce o la mermelada, mereció la atención del escritor inglés.
La manera socialmente correcta de comer un higo dice Lawrence, es dividirlo en cuatro partes tomándolo por la base y abrirlo, para que sea brillante, rosada, húmeda, dulce flor de cuatro pesados pétalos.
Delicadeza le llaman. Sin embargo no todos tenemos esa elegancia al momento de comer un higo. Para quienes nos lo engullimos de un bocado, Lawrence también tiene un consejo “Si lo haces vulgarmente, solo tienes que aplicar la boca a la grieta, y sacar la carne de un mordisco”.
“Todo fruto tiene su secreto. El higo es un fruto que oculta el suyo. Cuando lo ves allí, creciendo, sientes al instante que es simbólico: Parece macho. Pero cuando comienzas a conocerlo mejor, decides con los romanos: Es hembra…”.
Se puede hacer un esfuerzo y ver en un higo abierto formas femeninas, una vulva, la maravillosa y húmeda ruta hacia el centro, como diría el escritor. Pero si ese mismo criterio lo aplicamos a la sandía, si tratamos de ver en ella una dama, definitivamente la cucurbitácea sería una mujer rechoncha, oblonga y caderona por excelencia, natural modelo de Botero. Incapaces de mayor delicadeza, los mortales comunes y corrientes sólo seremos exquisitos con ella, al momento de cortarla. Por lo menos yo, cuantas veces ante la atenta mirada de mi hijo, que me pedía justicia a la hora de la incisión, introduje el cuchillo en la sandía con el mismo cuidado de un cirujano. Siempre de arriba a abajo, jamás de costado, siempre con la esperanza de no encontrarme con esas incómodas miradas negras en su interior y siempre luchando por sacarme esos escrutadores ojos de encima.
El escritor Salvador Rueda experimenta otras sensaciones al momento de aplicar la salomónica cuchillada:
“Cual si de pronto se entreabriera el día despidiendo una intensa llamarada, por el acero fúlgida rasgada mostró su carne roja la sandía. Carmín incandescente parecía la larga y deslumbrante cuchillada, como una boca encendida y desatada en frescos borbotones de alegría”.
Finalmente el “Proyecto Historias de la Gran Fruta” funcionó. Vio la luz una mañana de octubre del 2002 y se publicó en el suplemento Dominical de El Comercio. Para terminar encontré una fabulosa historia contada por Eduardo Galeano.
Cuenta el escritor uruguayo que cuando llegaron los españoles se encontraron con un Dorado de alimentos, especialmente de frutas. Cuando no terminaban de deslumbrarse por una, los indios les mostraban otra, que era mejor que la anterior. Cuál será la mejor, se preguntaban y nunca obtenían respuesta.
1514.
Gonzalo Fernández de Oviedo, recién llegado, prueba las frutas del Nuevo Mundo.
La guayaba le parece muy superior a la manzana.
La guanábana es de hermosa vista y ofrece una pulpa blanca, aguosa, de muy templado sabor, que por mucho que se coma no hace daño ni empacho.
El mamey tiene un sabor de relamerse y huele muy bien. No existe nada mejor, opina.
Pero muerde un níspero y le invade la cabeza un aroma que ni el almizcle iguala. El níspero es la mejor fruta, corrige, y no se halla cosa que se le pueda comparar.

Pela entonces una piña. La dorada piña huele como quisieran los duraznos y es capaz de abrir el apetito a quienes ya no recuerdan las ganas de comer. Oviedo no conoce palabras que merezcan decir sus virtudes. Se le alegran los ojos, la nariz, los dedos, la lengua. Esta supera a todas, sentencia, como las plumas del pavo real resplandecen sobre las de cualquier ave.

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