noviembre 19, 2015

El libro, ese invento del demonio





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Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil.
Mario Vargas Llosa


“Contra la exageración de los impulsos inconscientes basada en un análisis destructivo de la psique, y a favor de la nobleza del alma humana, entrego a las llamas las obras de Sigmund Freud”.
Las palabras fueron pronunciadas nada menos que por Joseph Goebbels antes de quemar las obras del padre del psicoanálisis. Igual suerte corrieron los libros de Marx, Zola, Hemingway, Einstein, Proust, Brecht y un largo etcétera. El motivo, se consideraban nocivos por el régimen nazi.
Desde las obras de Protágoras, quemadas en Atenas en el 411a.C, hasta las de Vargas Llosa chamuscadas durante el primer gobierno de nuestro paladín de la democracia Fernando Belaunde, la historia de quema de libros es, desgraciadamente, bastante larga.
En nuestro país la censura librera ha tenido sus absurdos representantes. Se sabe que durante el gobierno del general Odría el ministro Alejandro Esparza Zañartu, había tendido una eficiente red de soplones en sindicatos y universidades. El propósito, saber qué literatura consumían y capturar esos libros. La leyenda dice que años después, en 1965, en el patio del colegio Militar Leoncio Prado se quemaron mil libros de “La Ciudad y los perros”, por considerarla un insulto al ejército. Con buen talante, Mario Vargas Llosa calificó el acto como bueno pues mostraba que los militares leían novelas.
Más atrás, durante la Colonia, el Tribunal de la Santa Inquisición tuvo entre sus principales trabajos el de capturar libros prohibidos.
La pelea era dura entre católicos y protestantes, por eso en 1560 Felipe II crea la Inquisición en el Perú y pone en marcha un sistema para evitar que entren a sus colonias libros que contengan ideas contrarias al catolicismo. Los encargados de captar los libros eran unos oficiales que inspeccionaban los barcos que llegaban al Callao. La revisión llegó hasta bibliotecas y colecciones privadas. (1)
Pero esos libros no fueron quemados, se los llevaban a un cuarto al que bautizaron como El Secreto, ubicado muy cerquita del actual Congreso de la República.
Más cerca en el tiempo, en el año 1967, posiblemente empujado por ese inquisidor que todos llevamos dentro, el entonces ministro de gobierno y policía Javier Alva Orlandini, organizó una quema de libros que contenían ideas de izquierda. El hecho lo detalla Juan Mejía Baca en su libro, “Quema de libros, Perú 67”. Finalmente debido a la protesta de Mejía y otros intelectuales se emitió la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejó sin efecto la absurda medida. (2)
A todo esto la pregunta parece absurda pero hay que hacerla: ¿Es peligroso un libro? La respuesta parece más insensata que la pregunta: sí. Cuento un pasaje de “Madame Bovary” de Gustave Flaubert para explicarlo.
Emma se había casado con un pobre tipo. Un cenutrio, alcaraván y Figa-molla, hablando en español antiguo. En resumen el Charles ese era un tonto. Y Emma se preguntó si debía resignarse a vivir esa existencia miserable, como la califica Flaubert. Gracias a las lecturas de Balzac y George Sand nuestra heroína recuperó las ganas de vivir y se atrevió a amar y a mejorar su existencia.
Cuando su familia buscó el motivo de su cambio, encontró una ruma de libros acumulada en su mesa de noche. “Por eso fueron donde el librero para acusarlo de envenenador”. (3)
El libro envenena. Fabuloso. Imposible mejor metáfora.
¿En dónde radica el peligro de un libro? Nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa lo explica de manera brillante en “La verdad de las mentiras”:
“Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos, ricos y pobres, geniales y mediocres, célebres u oscuros, quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar tramposamente ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla añadiéndole algo”.
Los libros nos enseñan que la vida puede ser mejor. Que podemos experimentar la maravillosa libertad. Que en una de esas hasta cambiamos nuestro destino, como lo hicieron Fabricio del Dongo o Julien Sorel, los fantásticos héroes de Stendhal. Leer nos hace conocer y conociendo somos menos ignorantes y más tolerantes. Ya lo sabe, si quiere ser mejor, o por lo menos intentarlo, lea una buena novela.

1.La Inquisición y la censura de libros, Pedro Guibovich. Fondo Editorial del Congreso del Perú. 2000

3. Madame Bovary, Gustave Flaubert. Editorial Oveja Negra, 1983.

noviembre 11, 2015

EL AMOR MÁS ANTIGUO


Alianza Lima es el amor más antiguo que tengo. Saquemos cuenta. Mi vieja y mi hermana que eran toda mi familia, ya no están. A mi esposa, a quien adoro, la conozco hace 15 años, mi hijo mayor tiene 34, el menor, 3  y, como es obvio, todos llegaron después de Alianza.
Y como yo varios.
Y es que el amor por un club muchas veces reemplaza a ese amor familiar ausente, escaso o negado.
La relación con tu equipo es hermosa pero, como es lógico, también tiene sus problemas, pues ninguna relación humana es fácil. Discutimos con nuestros padres a pesar de habernos dado la vida, muchas veces nuestros hijos no entienden nuestras decisiones y se molestan por eso y nuestras parejas, a pesar del “amor eterno” que decimos profesarles, pasan como si nada hasta que te encuentras con la definitiva. Tu club en cambio, es un amor para siempre y el único que no admite traiciones. No conozco algún club que haya traicionado a sus hinchas, y menos que un fanático haya sacado la vuelta a su equipo yéndose al rival de siempre. Eso es imposible. Tan degenerados no somos los seres humanos.