febrero 09, 2015

Braceli y la genialidad para conseguir un entrevistado

Entrevistar es lo más difícil en periodismo. Personas que aplican un cuestionario no son entrevistadores, son secretarios. Y estos abundan. Si me preguntan por buenos entrevistadores, no mencionaría más de cuatro. La entrevista es un proceso mucho más complicado que preguntarle a alguien cuál es su plato favorito. Gabriel García Márquez cree que la entrevista es tan importante que debería ser un género literario. Es difícil y a mí me encanta. Durante 25 años entrevisté a cientos de personas en la radio y la TV y aún sigo aprendiendo.

Lo que sigue no se trata de teorías sobre la entrevista. No tiene nada que ver con la disposición del cuerpo al momento de hablar con otra persona. Nada de proxémica o comunicación no verbal. Lo que sigue tiene que ver con el entrevistado, con la dificultad de ubicarlo, de comprometerlo con el programa. Cuando creamos que nuestro personaje a entrevistar es difícil, que nos va a decir que no, que nos colgará el teléfono o nos dará largas, piensen en lo que hizo el personaje de nuestra historia.

Su nombre: Rodolfo Braceli y su proyecto era hacer un libro de entrevistas. De hecho ya lo tenía avanzado. Tenía nada menos que a Julio Bocca, Bioy Casares, Mercedes Sosa, León Gieco y otros personajes cinco estrellas. Pero quería uno más: Woody Allen.

Cuentan que el genial director lo había “choteado” varias veces. Y como era obvio sentía que el objetivo estaba lejos. Hasta que se le ocurrió algo simple pero genial al mismo tiempo: mandarle una carta. Aquí esta maravilla:

Me llamo Rodolfo Braceli. Aprendí a respirar hace casi 50 años. Tengo entendido que sé leer y escribir. Me gustan las películas de Bergman y Wajda y Resnais y Fellini y, usted no va a creerme, las suyas… Bajito de estatura, podríamos decir que soy un enano bastante alto. Tengo pies planos, para desgracia de las hormigas. He perdido casi todo el pelo; y no lo encuentro. Soy miope, y más bien narigón. Sin mis anteojos, mi vida no tiene sentido… Soy un desguarnecido, un auténtico desgraciado, las mujeres que se acercan a mí se transforman en mis madres. Yo soy, entonces, un bebé de pechos, y muy hambriento. Si hay una baldosa floja en la vereda es seguro que la piso. Si hay una evacuación canina también la piso, con exactitud. Mi timidez es colosal; aunque no sé si lo mío es timidez o es alergia. Probablemente sea alergia, porque cuando me encuentro con gente alegre y feliz empiezo a estornudar como loco. Con Dios tengo mi rollo: a veces lo escribo con minúscula, a veces con mayúscula, a veces con acento. Creo en Dios cuando duermo y me vuelvo ateo cuando despierto. Siempre duermo con la luz prendida. Y mi magro sueldo se me va en pagar la cuenta de la electricidad. Creo que la razón fundamental de los grandes fracasos es el mal aliento. ¿Le dije, Woody, que soy un desgraciado? Me quedé corto: nunca gané en nada, nunca. Una vez corrí una carrera de cien metros yo solo: salí segundo. Me ganó mi sombra, porque tenía el sol atrás. Soy un extraordinario perdedor. Un fracasado nato. Escribo poesías en los días impares pero tengo la amabilidad y la decencia de quemarlas en los días pares. Algo más: una vez tuve una idea... tuve una idea ¡y perdí el conocimiento! Pese a mis abundantes imperfecciones y carencias, señor Woody Allen, yo quisiera hacerle un reportaje.

Como no podía ser de otra manera, la entrevista se realizó el 14 de octubre de 1990.



Qué genio.

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