noviembre 03, 2014

Con el permiso de todos...

       “Cuando veo a Jorge Luis Pinto es como si viera a mi vieja”. Mis alumnos se ríen. No me creen. “Qué fanático profe”. Es cierto.

       1969. Se abre la puerta de la cancha Unión de Barranco. Una nube de gente se pelea por entrar. Pasamos. Soy muy chico. Los recuerdos vienen borrosos. Ya estoy dentro. “Babalú” Martínez y “Pitín” Zegarra le hacen bromas al joven aliancista del que todos hablan: el Nene. Lo veo y me parece graciosa su cara. En realidad tiene cara de niño. Al costado “Perico” León y Julio Baylón conversan. Ríen. El “Fantasma” Villanueva aún entrena con otros arqueros. Hay más jugadores pero no los conozco. No importa. Estos son los que me interesan.

       Estoy en segundo de primaria. Termina la clase y voy “volando” a mi casa. Me espera un plato de comida con una olla de agua hirviendo debajo. Mi vieja lo dejó ahí hace una hora y la comida aún sigue caliente. Mi vieja inventó el microondas. Termino y mi hermana ya está en la calle. El “cuida a tu hermano” de mi vieja le entra por un oído y le sale por el otro. Estoy solo. Una idea me da vueltas durante las últimas semanas. Un chico del salón cuenta que todos los días va a la cancha Unión a ver a los jugadores de Alianza. Yo ya era de Alianza. Mi tío Alberto … “Rey del país del sueño y la quimera”… ya me había adoctrinado. Esa tarde decido ir. Desde aquel invierno de 1969 mi vida cambió por completo.

      Todas las tardes llego con una puntualidad y atención que mi maestra envidiaría. Los veo a todos. No había Comando Svr ni nada que se le parezca pero sí un grupo de fanáticos. Entramos a la cancha sin mayores dramas. Nos confundimos con los jugadores. Durante ese año esa fue mi vida. Esas fueron mis tardes. Y fui feliz. La cancha Unión fue mi patio de recreo. Todas las tardes acudía como acólito a la iglesia. A alimentarme de fe, con pasión y con la esperanza de verlos y si fuese posible de hablar con ellos. Apenas tengo 8 años. No hay edad para el fanatismo. Un día salen los jugadores en alegre tropel. Casi atropellan a los hinchas. Siento que alguien me empuja sin querer y me agarra para que no me caiga. “Cuidado chibolo”. Es el Nene. Me agarra la cabeza y me sonríe. No lo puedo creer. Tres décadas después se lo cuento en una entrevista. Me vuelve a agarrar la cabeza. Reímos.

       Se cae mi casa en el terremoto de 1970 y nos vamos a dormir al estadio municipal de Barranco, nunca fui más feliz. Mi vieja me dice que estoy loco.

       Mis tardes infantiles fueron mágicas. De ensueño. De fantasía. Ir al entrenamiento de Alianza era como visitar a mi tía, o como ver a mis queridos primos. Alianza era mi familia. Mientras mi vieja pensaba que practicaba los diptongos o las esdrújulas, yo me formaba en mi fe, mi religión, mi patria. Por eso Alianza es algo distinto para mí. Sin padre conocido, en una solitaria casa de madre trabajadora y hermana enamoradiza, Alianza fue mi familia, mi continente, el amor que siempre estaba. Y con el que desde entonces, cada domingo me vuelvo a encontrar. Por eso cuando veo a Pinto es como si viera a mi vieja. Por eso fui feliz cuando luego del terremoto nos fuimos a vivir al estadio.

       Por eso siempre digo: Mi esposa, mis hijos y Alianza. Y no necesariamente en ese orden.

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