julio 15, 2014

Baja autoestima

El Gobierno debería declarar en emergencia la autoestima nacional. La conquista española, la invasión chilena, el racismo que exudó desde siempre nuestra terrible oligarquía, la violencia desalmada de Sendero Luminoso y algunos miembros del ejército y un largo etc, han dejado a nuestra autoestima en estado cataléptico.

Hace unos domingos en Panamericana TV le hicieron un reportaje al general (r) Donayre. Según entendí, el singular ex militar ha decidido lanzarse a la presidencia de la región Ayacucho. Cuando la reportera le pregunta sobre sus planes, él responde: “Lograré que cuando la gente entre a Ayacucho, crea que entra a Alemania”.
La frase es una más del repertorio del particular personaje. Ha dicho varias cosas, muchas dan risa pero esta termina dando pena. No es la primera vez que cuando alguien habla de una mejora del país, de la región o la persona, se haga referencia a ser como otros. Lo que desgraciadamente dice Donayre, sin decirlo, es que para ser mejores tenemos que olvidarnos de nosotros. Ser mejor es no ser peruano. Los mensajes racistas de Deustua y Riva Agüero más vigentes que nunca. Terrible.

Está tan golpeada la autoestima nacional que frases como esta ni siquiera ameritan una reflexión. Un enojo. Una queja. Una protesta organizada. Debe ser porque algunos ya incorporaron el mensaje como real. Es como si nos avergonzáramos de nosotros mismos. La pregunta es: ¿acaso no nos han criado para eso? ¿Acaso no nos viven diciendo por los medios de comunicación desde siempre, que lo andino, lo autóctono, lo nacional tienen poco valor?

No es la primera vez que escucho algo así.

Hace muchos años un comentarista deportivo analizaba un partido de Perú. Era una de esas raras jornadas en la que todo nos salió bien. Habíamos jugado como nunca y no habíamos perdido como siempre. El comentarista cerró su comentario con una frase que no he olvidado y que para mí es un ejemplo de nuestra baja autoestima: “Jugamos muy bien, jugamos a la brasileña”.

Otra vez: para ser mejores, no hay que ser peruanos.

Creo que la gran reforma, la gran transformación que debemos hacer en el país, es recomponer la visión que tenemos de nosotros mismos. Hasta que no reparemos nuestra alma, sistemáticamente golpeada, cualquier logro económico ni se sentirá. En esto es poco lo que puede hacer un gobierno. El gran trabajo es nuestro. De cada uno de nosotros. Dándole fuerza al gesto individual. Respetándonos, cruzando solo cuando el semáforo está en verde, haciendo cola y no buscar colarse, pagando nuestros impuestos, escuchando al otro, etc.

Creo que era Nietzsche el que decía: si no puedes cambiar el mundo por lo menos barre tu vereda. Tratemos de tener bien limpia esa vereda siendo mejores personas. Creo que mucho más no se puede hacer.

5 comentarios:

Sergio Guillén García dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sergio Guillén García dijo...

Yo diría que muchos no solo desvaloran lo autóctono, sino lo desprecian. Pero, ¿como remar contra la corriente?, ¿como motivarnos a ser mejores cuando los diarios y noticieros nos muestran lo peor de esta sociedad?, si el morbo vende y el hacer leña del árbol caído es pan del día a día. El cambio está en nosotros y la motivación es personal, individual. Pocas cosas o casi ninguna demuestra una identificación tan genuina como el deporte y creo que hacia allí debemos apuntar.

Sergio Guillén García dijo...

Yo diría que muchos no solo desvaloran lo autóctono, sino lo desprecian. Pero, ¿como remar contra la corriente?, ¿como motivarnos a ser mejores cuando los diarios y noticieros nos muestran lo peor de esta sociedad?, si el morbo vende y el hacer leña del árbol caído es pan del día a día. El cambio está en nosotros y la motivación es personal, individual. Pocas cosas o casi ninguna demuestra una identificación tan genuina como el deporte y creo que hacia allí debemos apuntar.

Sergio Guillén García dijo...

Sergio Castro Cuba dijo...

La educación es un factor enorme y ni que decir de la que recibes en la escuela. Lamentablemente tenemos un problema de inferioridad que no hemos sabido manejar hace décadas y esto se ve reflejado en la sociedad y se termina de consolidar en nuestro alicaído fútbol.