abril 11, 2013

Pedro Infante y el fútbol peruano

“El fútbol no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más que eso”
Billy Shankly (Exjugador y manager del Liverpool)



El fútbol peruano es una película. Dramática como esas donde a Pedro Infante se le muere hasta el perrito. Angustiante como Psicosis, Los pájaros o cualquier otra del maestro Hitchcock. Y absurda, como la más lograda alucinación de Woody Allen. Pero el drama no queda ahí: faltan los periodistas deportivos.

La jugada la sufrimos todos. Benavente ejecuta un tiro libre, Flores que ”pivotea” y Reyna que la mete. ¡Gol peruano! grita el narrador y casi al instante se desdice. ¡No, el árbitro lo anula. El juez de línea levantó el banderín, cobra posición adelantada, ah pues, si es ecuatoriano...! Sentencia.

Minutos antes el comentarista reclama por los recogebolas. ¿Han desaparecido? Se pegunta. Sugiere que hasta los chicos que llevan y traen la pelota están contra el Perú. A estas alturas el espectador no tiene dudas: es un complot.

Fin del partido y, aunque los periodistas se rectifican y reconocen que el árbitro no se equivocó, no sirve de mucho. La Red no sabe de disculpas y explota: "Nos robaron el partido", "el juez estuvo en contra nuestro". Una vez más hemos practicado el deporte peruano por excelencia: la victimización.

Que el exceso lo haya cometido Daniel Peredo me llama la atención, pues lo ubico dentro de lo bueno, inteligente y rescatable del, muchas veces, impresentable periodismo deportivo. Si hubiera sido otro no hubiera perdido mi tiempo. La idea no es recomendar, no podría, se trata simplemente de reflexionar sobre el mensaje que se transmite en el acontecimiento masivo por excelencia: el fútbol.

Un partido de nuestra Selección visto por todo el país, es una buena oportunidad para proponer un mensaje menos trágico, menos derrotista. Si bien es cierto la gente simplifica y rápidamente hace una división entre los buenos y los malos, los periodistas no podemos alimentar ese pensamiento maniqueo. Hay que intentar un poco más de profundidad y menos dramatismo. ¿Se podrá?

Que te escuche un país es una enorme responsabilidad. Si decimos algo debemos hacernos responsables pues acabamos de crear un concepto que será repetido por millones de personas. El lingüista polaco Zvetan Todorov dice que las palabras crean realidades y que nada existe hasta que no sea nombrado. Cuando decimos que un ecuatoriano es culpable de nuestra desgracia futbolera, la gente lo creerá y lo repetirá.

La derrota es un mal endémico que padece nuestro país, desde siempre, en casi todos sus órdenes. Muchas veces el periodismo deportivo da mensajes que contribuyen a perpetuar esa sensación. Alguna vez, luego de un triunfo peruano, un destacado comentarista deportivo, hoy autoridad legislativa, dijo: “Jugamos muy bien. Lo hicimos a la brasileña”. Conclusión: solo somos buenos cuando no somos nosotros. No era la intención pero al final se da un mensaje terrible.

La sensación que queda es que tras una derrota siempre hay una justificación. Son raras las ocasiones en las que perdemos con justicia. Siempre son un árbitro, un dirigente, un futbolista no comprometido, un recogebolas, el clima, la pelota, etc., los responsables de nuestra derrota. Y lo malo es que la gente cree a pie juntillas lo que dice el periodista. Bienvenidos a la “República de los Lamentos”.

Sería bueno dejar de lado el mensaje derrotista que muchas veces alienta el periodista deportivo. Postergar la emoción, lógica y casi inevitable que genera el fútbol, y dar más espacio a la razón. Tampoco se trata de convertirse en una Edith Piaf y ver todo color de rosa. Crítica, análisis pero basados en la razón; no en la emoción. ¿Será posible?

Tampoco se vaya a creer que el exceso es patrimonio solo de nuestros periodistas deportivos. Luego de la derrota de la selección inglesa ante Argentina en Francia 98, juego donde expulsaron a Beckham, un diario británico tituló: “Jugamos con diez héroes y un imbécil"

Más grave es el caso del periodista argentino Atilio Costa Febre. Luego del descenso de River Plate dijo: “...Los dirigentes son unas ratas, hijos de p...cómo me gustaría tenerlos enfrente para cag... a trompadas. Se tienen que ir de Argentina”. Y listo. Un comentario de este tipo legitima cualquier exceso.

A este nivel felizmente todavía no hemos llegado.

“Al público le tenemos que enseñar lo que le debe gustar” dice el Hearst de Welles en El ciudadano Kane. Sí pues, entre pase, quiebre, chanfle y chalaca, estamos transmitiendo valores. Tal vez tendríamos que ser un poquito más concientes de eso.

No es fácil pero hay que tratar.

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