mayo 27, 2007

No hay sifón (3)

  "La Vieja Roticería". Así se llamaba el escenario de nuestro primer encuentro con la comida bonaerense. El sitio era simpático, humilde y con una comida estupenda. Ese clásico lugar, muy popular, donde comes codo a codo con la gente. La sensación es extraña pues nunca comemos así en Lima. Una vez más comprobé que aquí la comida es barata. Tome nota: Una enorme milanesa a la napolitana, 4 pesos, un bife de chorizo, 7 pesos, una porción de fritas (papas fritas) y dos botellitas de vino banco de Mendoza. Todo a 35 pesos. Diez dólares. Increíble. Y todo muy bueno. Excelente.  Transcurre el tiempo y reparo en algo, el mozo no nos trajo el sifón. Durante todo el viaje le hablé a mi esposa de esta singularidad argentina. La expectativa del encuentro con el sifón era especial pues en casa tenemos uno muy antiguo. Me lo regaló en 1990 mi amigo Daniel Almirón. Viene el mozo y le reclamo cordialmente el sifón. No, me dice, el sifón ya no existe en Buenos Aires.

mayo 01, 2007

Escala en Santiago y por fin Buenos Aires

Segunda parte

El vuelo hace escala en Santiago. Hace mucho tiempo Guillermo me dijo que los momentos más complicados de un viaje son el despegue y el aterrizaje. Maldita sea mi memoria. La frase no deja de torturarme. Ambas circunstancias me dan miedo. Trato de controlarme. No hay problemas. El aterrizaje en Santiago fue sencillo. Es madrugada y bajamos al aeropuerto. Es la segunda vez que estoy en un lugar de paso. Antes fue en Arequipa. En ambos lugares estuve unos minutos. Recuerdo que en la Ciudad Blanca vi en persona por primera vez a Gisela Valcárcel. Siempre me encantó Gisela. En esta ocasión no me encuentro con nadie conocido. Nos tomamos fotos. Pasamos el control sin problemas. Subimos a otro avión. Nadie ocupe el tercer asiento. En viaje será cómodo. Ya falta poco, Buenos Aires está más cerca.

El vuelo de Santiago a Buenos Aires fue terrible. No tengo tantas horas en aviones para hacer una comparación acertada. En realidad he volado poco. Creo que el dato que confirma lo que digo es que la mayor parte del trayecto la hicimos con el cinturón puesto. No es que me diera miedo, pero después de quince años sin hacer viajes largos, el cruce de la Cordillera me hizo preguntar a mi esposa si los salvavidas estaban abajo o enfrente del asiento.

Entre turbulencia y turbulencia un espectáculo de lujo: el amanecer. Pareciera que el Sol saliera solo para nosotros, un espectáculo de lujo y estamos en primera fila. El cuadro más hermoso que hayamos visto. Apretamos nuestras manos y nos miramos emocionados.

Cuando empezamos el ansiado descenso a Buenos Aires, éste nunca se producía, durante largo tiempo estuvimos dentro de las nubes, se veía gris por todos lados. Sentíamos que bajábamos pero no hacíamos contacto con la pista. Finamente aterrizamos y nos recibió un diluvio (truenos y rayos incluidos). No lo supimos hasta que el chofer que nos esperaba nos lo dijo, "espérenme aquí, se van a enfriar". Ni hablar, nos moríamos de calor, y fuimos testigos de esa tremenda lluvia. Andrés, un chofer tucumano que nos contó que añoraba su tierra y que cada tanto volvía, nos dijo que la lluvia era verdaderamente terrible. Digo esto porque para un par de limeños que nunca vieron una lluvia de verdad, cualquier cosa que caía del cielo, les llamaba la atención. Más allá de nuestro asombro estábamos frente, en realidad bajo, una señora lluvia. Los titulares del día siguiente lo confirmaron.

Un Renault nos lleva al Hostal de La Boca. La lluvia es tan intensa que nos impide ver la ciudad claramente. No importa. Ya llegamos. Ya estamos acá. Por el momento solo se veo lluvia y apenas puedo reconocer aquella ciudad que hace quince años visité con tanta emoción. La ciudad que me deslumbró. Mi Buenos Aires. Porque era “mí” Buenos Aires. Cuando contaba sobre mis viajes, todos me escuchaban con atención. Nadie conocía Buenos Aires y eso me gustaba porque era como si ante ellos, la ciudad fuera mía. Y en realidad lo era. Ya no será así. De ahora en adelante Buenos Aires será mía y de mi esposa. Así como tenemos nuestra canción, Song by four, Buenos Aires será nuestra ciudad. No me importa compartirla.

La lluvia ahuyenta a la gente. Las calles van quedando vacías. Ya estamos. Buenos Aires, la ciudad de la noche interminable, la de las carnes exageradas, la del vino barato y constante, la de mis recuerdos. La ciudad que quise y quiero con nostalgia.

Llegamos al hostal, buena bienvenida y bien el cuarto. Julia, la administradora, era como en los mails, amable y solícita. Qué importante llegar y que te reciba una cara amable. En el lugar había abundante agua caliente y fría, sin embargo el baño tenía que esperar, no podíamos controlar nuestras ganas. Era la una de la tarde y no solo queríamos comer nuestro primer almuerzo argentino, además queríamos salir a caminar. Le pedí un paraguas a Julia y cosa increíble para mi, me dijo que no tenía. No importó, salimos sin paraguas.

Recordamos todo esto como si fuera de noche, era un poco más de la una y la ciudad estaba oscura.

Problema 1. Solo tengo 20 dólares y no sé dónde cambiarlos. Julia me soluciona el inconveniente. Me da cien pesos. Le debo algo. Después arreglamos.

Caminamos poco pero suficiente para mojarnos. Era una fiesta, una rara fiesta donde la diversión era mojarse. La gente nos mira, ¿qué pensará? No importa, nadie nos conoce. A una cuadra del hostal, en la calle del increíble nombre Pi y Margall, nos compramos nuestro primer, y seguro único, paraguas. Era amarillo. "Déjeme probárselo". Y la doña lo abría y cerraba. "Listo, sirve, son trece pesos". Algo así como trece lucas, el sol y el peso están casi igual.

Ahora a caminar. Teníamos que ir al centro. Mis borrosos recuerdos me pedían ir por Florida, Corrientes, Plaza de Mayo. Julia nos dijo que tomáramos la 29, bus que se convirtió, y así fue hasta el final, en nuestra movilidad referente.

Problema 2. Subimos al colectivo, así le dicen, y le damos un billete de 2 pesos para que se cobre. ¡No pibe, aquí se paga con monedas. Las metés por esta máquina y listo! En los colectivos argentinos, o en todo caso en los de BBAA, pagas en una máquina que sólo acepta monedas. El tipo muy buena onda, nos jaló hasta el siguiente paradero, porque acá no te dejan en cualquier lado. Es increíble la cultura, esa es la palabra exacta, cultura para manejar. No es mentira pero a la hora de estar en Buenos Aires, reparamos algo con Carmen: nadie toca claxon. Es rara una bocina, a pesar de la increíble masa de autos que circula por la ciudad, no hay angustias, todos tranquilos, serenos, aceptando el destino que les toca jugar en la pista.

Nos deja en Defensa y caminamos de frente a ver hasta dónde llegamos. Mis incursiones en el mapa me indicaban que si seguía hasta el fondo llegaríamos a Plaza de Mayo. Quería que nuestro primer almuerzo fuera en el Centro. En el trayecto dejábamos varios restaurantes con muy buenos precios. Los obviamos porque ese primer almuerzo sería en el Centro…..