diciembre 20, 2006

Tres lecciones sobre las mujeres. Absolutas, contundentes y definitivas. (Por lo menos para mí)

1973. Primera lección: a las mujeres les gustan los chicos malos. Tenía doce años y vivía enamorado de Fanny. Cabello largo, risa fácil y coqueta, muy coqueta. Que el hombre llegara a la Luna era noticia antigua. Hacía tiempo que la chica con nombre de lata de atún me había lanzado a la estratosfera y yo disfrutaba de la falta de gravedad. Pero había un problema. Fanny apenas sabía de mi existencia. Tímido y acomplejado “hasta la pared de enfrente”, expresión usada por mi tío que no entendía pero me encantaba, las posibilidades solo de hablarle, eran muy complicadas. Sin embargo un día ocurrió lo increíble, Fanny me habló. Irresponsable y distraído, paseaba con mi bicicleta sin la menor sospecha de que estaba transcurriendo el mejor día de mi vida. Alguien me llamó, era Fanny. Me pidió que la jalase al mercado. Sí, dije con suficiencia, miedo y vergüenza. No sé por qué pero tenía mucha vergüenza. Ese día de la Luna pasé a Marte. La noticia se expandió por todo el barrio y yo era feliz. No había pasado nada importante, solo se agarró de mi cintura en una curva. Pero era suficiente. La gente lo sabía. Fanny y yo en mi bicicleta. - Me contó Fanny que la jalaste en tu bici - dijo Margarita que parecía hervir en su salsa de envidia. - Sí, fuimos en bici. - Me dijo que deberías echarte desodorante. Terrible. La oportunidad de mi vida lanzada al tacho debido a mi sudoración. Antes de empezar ya había terminado. Fue mi primera depresión. Ni los granos que adornaron mi frente toda la adolescencia, me hicieron tanto daño. No quería salir. Renegué de mis axilas como nunca lo hice con ninguna otra parte de mi cuerpo. Cuando estaba más deprimido, y como me ha ocurrido muchas veces, la vida me dio una segunda oportunidad. Ocurrió lo increíble por segunda vez en una semana. Fanny me habló como si nada hubiera pasado. Como si su memoria olfativa hubiera olvidado a mis axilas. Me sorprendí tanto y me sentía tan bien, que decidí romper con mi historia de introversión y miedo. La invité al cine Raimondi. Y lo increíble, tercera vez en una semana, es que Fanny aceptó. Quedaba apenas un día para la matiné del sábado y debía convencer a mi vieja para que me compre un desodorante. Aunque sea Old Spice. Vamos vieja ayúdame. Hubiera sido perfecto. Pero la perfección no existía para un chico como yo. No había plata y punto. Y como siempre la vieja sacó un as bajo la manga. - Limón. Échate limón. Y con la frágil confianza que te da un limón reemplazando a un desodorante, enrumbé a mi cita. Como suele ocurrir en las buenas historias, en la mía también había un rival. Daniel se llamaba. El Chato Daniel. El Chato definía muy bien aquello que llaman lacra. Era el bacán del barrio, el que se las sabía todas, el que se hacía la pera, el que tocaba timbres y se iba corriendo, el que nos dejaba la boca abierta con sus historias de sexo, el que le ganaba a todos mechando. El que mejor jugaba fútbol. A las chicas parecía no interesarles que fuera una lacra. Todas morían por estar con él. Pero Fanny no. Ella era distinta. Ella se fijaba en patas como yo, que hacía su tarea e iba a misa los domingos. Que se lavaba los dientes tres veces al día y se bañaba por lo menos tres veces a la semana. No, definitivamente Fanny era distinta. A pesar de haber ido temprano, la chica con nombre de lata de atún ya me esperaba en la puerta del Raimondi. Buena señal, me dije, debe estar ansiosa. A estas alturas, es bueno decirlo, los granos habían desaparecido de mi cara. O por lo menos esa era la sensación que tenía. Me sentía feliz, pleno. Estaba con la mejor chica del mundo y yo a su lado. Pagué las entradas. Y entramos al cine. Espérame me dijo. No me dio detalles, seguro que se fue al baño. Eso pasa. La esperé dentro. Pasó Sucesos Peruanos, la publicidad de la tienda de la entrada, el anuncio de los próximos estrenos, Yul Briner y Los Siete Magníficos Valientes y nada. Fanny no apareció nunca. Como es lógico inventé mil excusas para justificar su desaparición. Algo inesperado, alguna urgencia, esas cosas que les pasa a las mujeres y loas hombres no entienden. Sí, la veré más tarde y me explicará. Y yo si entenderé. Al salir la realidad me golpeó mi cara con acné. Mi triste realidad de niño de doce años con limón en las axilas. Fanny saliendo del cine con Daniel. Que dolor. Que vergüenza. Quise que la tierra se abriera y me desapareciera de un bocado. No, eso no pasa. Al contrario. Sentí que todos me miraban. Que todos lo sabían. De inmediato sentí que nuevamente mi frente se poblada de granos. Tal vez no era así, pero así lo sentía. Me dio pena. Al regresar a mi casa me metí al baño y lloré. Lloré mucho. A los doce años aprendí con sangre mi primera lección con las mujeres. Pórtate bien, lávate los dientes tres veces al día y báñate seguido, con cambio de calzoncillo incluido, pero nunca te elegirán a ti. Al final las mujeres, casi todas, siempre eligen a los chicos malos. Continuará en 1991…..