diciembre 06, 2006

PARIS...ESA FIESTA

Quienes tenemos o tuvimos en algún momento alguna pretensión literaria, no sé, escribir algo, lo que sea, sabemos que el destino ideal era Francia. Para ser más específicos, París. Si quieres ser escritor tienes que ir a París. Por lo menos esa era la convención, “la moda”, “lo que se debía hacer o por lo menos pensar”. Claro, una vez que defines que serás escritor, o por lo menos que morirás en el intento, descubres que lo de París es una locura. Hay que tener mucha plata para ir a Francia. El pasaje, la estadía, dicen que es carísimo. Alquilar un departamento en París cuesta una fortuna. Definitivamente lo de París no está al alcance de todos. A menos que viajemos a bordo de un buen libro. Y es que cuando la realidad te golpea en la cara, queda la literatura. Si Vargas Llosa dice que las ficciones nacieron para compensar esa inconformidad con la vida que tenemos los seres humanos, yo me la creo y enfrentó al infortunio de mi bolsillo con hartos libros. Cualquiera con dos dedos de frente, sabe que la primera parada en este viaje literario es París era una fiesta, de Ernest Hemingway. Sin embargo las noticias no son buenas. De arranque el escritor describe a París como una ciudad a la que hay que conocer cuando uno es joven. Cuando los sentimientos dominan la razón y creemos que los excesos son el camino más seguro para lograr la sabiduría. Porque París es una fiesta a la que todos están invitados pero no todos llegan, un lugar donde confluyen todo tipo de tentaciones, un carnaval que parece interminable. Si uno tiene la suerte de haber vivido en París cuando joven, dice Hemingway, luego París te acompañará vayas donde vayas todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue. Bello y terrible. Es decir que si uno no es joven su relación con París será otra. Así lo dice Hemingway y así deberá ser. Leyendo el libro de Patricia Heraud descubro que su talentoso hermano Javier, tuvo esa maravillosa posibilidad de estar en París y ser joven. El poeta vivió en el hotel Rue Gay Laussac, muy cerca al Barrio Latino. Era el año 1961 y para enfrentarse a la ciudad solo contaba con los consejos de su tío Luis Felipe. “Matricúlate en La Sorbonne. Sigue clases de literatura e historia… en París oirás lo que aquí no has podido escuchar... toma esta oportunidad única en la vida de millones de millones y coge a la cultura. No la sueltes, tú no tienes idea del inmenso privilegio de estar joven en París. Yo hubiera dado mi vida por tener esa chance… No bebas. No frecuentes prostitutas. A lo más una queridita modesta y cariñosa que te haga conocer el campo y sus delicias bucólicas. Vive con urgencia. Tu tío que te envidia rabiosamente, desesperadamente. Luis”. Javier tomó la cultura pero no le interesaron las queriditas modestas. "En París hay muchas cosas que aprender y se puede estudiar de todo. Aquí no se puede desperdiciar una hora. Estar con mujeres sería una estupidez". Sigo el recorrido literario y descubro que Rabelais tomó la cultura pero también una que otra queridita. El poeta vivió enamorado de las mujeres de París. Específicamente de sus piernas. Una lo dejó tan impresionado que aseguraba que no existían muslos más blancos que los de las parisinas. "El color de su piel es tan intenso, que desde lejos se percibe un fuerte resplandor. Por eso a París se le conoce como la Ciudad Luz”. Durante años se tomó como cierta la afirmación de Rabelais, pero en realidad no fueron los muslos de las mujeres sino las canteras de yeso las que le dieron el nombre de Ciudad Luz a París. Debido al polvillo blanco que recubría la ciudad, se la empezó a llamar Lutecia, del griego leucos que significa blanco. En realidad algo se puede aprender sobre París. Por lo menos para decir que uno estuvo allí, literariamente hablando por supuesto. Algunos afirman que París fue diseñado por un decorador. Una visita al mercado de Les Halles es una clara muestra de ello. Por un lado rascacielos de zanahorias; por el otro, corredores de tomates. Interminable exhibición de verduras que tan bien describió Zola. Es imposible hablar de París y no referirse a uno de los cuadros más famosos del mundo, la Mona Lisa. Y por supuesto hablar de su sonrisa. Cuentan que por el 1500 el comerciante florentino Francesco de Giocondo contrató a Leonardo da Vinci para que le hiciera un retrato a su. Da Vinci demoró tanto en entregar el trabajo, que suspendió el pedido y no le pagó nada al pintor. Ante ello Leonardo terminó el cuadro y como castigo le agregó la famosa sonrisita. Sin embargo el escritor de origen irlandés Malachi Mc Court tiene una teoría algo disparatada pero más divertida. Asegura que después de un vistazo a la Mona Lisa, cualquiera se da cuenta de que en realidad la enigmática sonrisa es una mueca de dolor, causada por las flatulencias. Y por supuesto París es el amor. Una historia de amor entre dos palomas. Cuentan que una pareja de palomas había hecho su nido en la rendija de la única ventana de una casa, un día el río creció y derrumbó la vivienda y la hembra quedó atrapada bajo los escombros. Durante días el desesperado macho la alimentó llevándole granos y haciéndole beber agua a través de una pajita que hacía las veces de canaleta. Luego con ayuda de los vecinos la hembra pudo liberarse y junto a su pareja buscaron un lugar más seguro para vivir. Hoy bajo la forma de una estatua llamada El Hombre de la Paloma, se perpetúa la memoria de estos dos pájaros, como símbolo del ingenio y la solidaridad producto del amor. Para muchos la Rue de la Colombe es la prueba más clara de que en París es un lugar especialmente fértil para el amor.