enero 17, 2005

Aportes para una historia de la estupidez humana

En América Central un dictador encarcela a todos aquellos que caminen descalzos por la ciudad. En Uruguay el gobierno veta el libro " Teoría del Cubismo” por considerar que es una apología al régimen de Fidel Castro y en España prohíben la publicidad de supositorios por sugerir una práctica sodomita. La pregunta es: ¿qué está pasando?, por qué ciertas personas actúan de esta manera. La respuesta es sencilla y sorprendente, los hombres, principalmente aquellos que detentan el poder, han sido atacados por el virus de la estupidez. Las siguientes crónicas tendrán como protagonistas a un ejército de badulaques, peleles, monigotes y pelafustanes que a golpe de negligencias, sandeces, tonterías y torpezas, están enriqueciendo lo que el investigador Paul Tabori llama la historia de la estupidez humana. No crea que estas crónicas se proponen ridiculizar a la máxima estrella de la creación. En absoluto. Sólo se pretende que, además de la risa o el llanto, sugieran una reflexión, pues el virus de la estupidez puede tocar nuestra puerta en cualquier momento. TRUJILLO, FRANCO Y SUS AMIGOS. El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo tal vez sea una de las personas que más aportó a la historia universal del absurdo. No sólo nombró a su hijo Ramfis, de tres años de edad, coronel del ejército; también emitió un dispositivo que obligaba vender su imagen junto a los santos más populares. Este dictador, al que no le avergonzaba fotografiarse con la espada del Cid Campeador y el sombrero de Napoleón, ordenó a escultores y dibujantes desaparecer de sus obras la abundante papada que ostentaba y en su lugar poner un mentón en punta. Artista que ponía papada, artista que terminaba en el calabozo. Ahí no concluye el absurdo. En 1936 dictó una ley que prohibía a la gente caminar descalza, quien carecía de zapatos terminaba caminando por el frío suelo del calabozo, y no salía hasta tener como fianza por lo menos un par de mocasines. La ley se proponía incentivar la venta de zapatos, negocio que Trujillo monopolizaba. Se puede pensar con justa razón que el background de tonterías de este personaje es insuperable, pero no es así, pocos años después en España un dictador que aseguraba gobernar por voluntad divina, dejó casi en el olvido las ridiculeces de su colega dominicano. " Para resguardar la moral y las buenas costumbres de los españoles " el generalisimo Francisco Franco emitió una serie de dispositivos que reglamentaban el uso de ropa interior femenina en los espectáculos. Antes de cualquier estreno un "experto" se encargaba de constatar si las actrices y bailarinas usaban bragas con las dimensiones aceptadas por el régimen. Ropa interior sin los centímetros sugeridos era decomisada, por supuesto, con la propietaria adentro. Ni las caricaturas escaparon al control de Franco. Por orden del dictador en todas las redacciones había un dibujante experto en alisar bustos y derrieres. “ Ninguna mujer debe mostrar pechos ni trasero, hacerlo sería terrible para la moral del español del futuro ", afirmaban los censores al tiempo que desaparecían cuanta redondez asomara por las viñetas. Pero Franco sólo llega al Olimpo del absurdo cuando en 1940 emite un dispositivo prohibiendo la palabra supositorio. El dictador creía que este término era una invitación a prácticas sodomitas. Los mas perjudicados con la norma fueron los propietarios de los laboratorios que tuvieron que vender su producto con nombres alternativos como " remedio posterior " , " cilindro antigripal " o simplemente 'supo'. A estas alturas alguien puede pensar que hay suficientes argumentos para considerar a Franco el non plus ultra de la estupidez, pero no es así. Muchos años después un grupo de entusiastas militares sudamericanos se encargó de convertir en simples anécdotas los excesos del dictador español. En 1976 la Junta Militar uruguaya emitió un comunicado prohibiendo las palabras soberanía, hambre, paloma, clandestino, verano, verde, contracanto y reforma agraria, por considerar que atentaban contra el orden establecido, quien se atreviera a mencionar tan sólo uno de estos términos era acusado de terrorismo. Como si los absurdos no fueran suficientes ese mismo año se emitió un dispositivo complementario que prohibía a los presos políticos silbar, cantar, reír, caminar rápido, dibujar o recibir dibujos de mujeres embarazadas, parejas, mariposas, estrellas o pájaros. Por aquellos años se hizo conocido el caso de Milay, hija del profesor Didasko Perez que, a pesar de sus siete años, fue detenida por sospecha de terrorismo. El delito de la menor fue llevar a su papi el dibujo de unos pajaritos. Paul Tabori, uno de los estudiosos del tema, dice que la estupidez ha costado más vidas y bienes que todas las guerras y plagas. Por eso, más que risa, llanto, dolor o pena, estas historias deberían inducir a la reflexión.

enero 03, 2005

LOPEZ, TITA Y YO ficción

Todos conocemos a un gay. Si no compartimos con él en el colegio, lo encontraremos en el barrio, el trabajo, la familia o tal vez en nuestra propia casa. El primero que conocí se llamaba Jorge. Abiertamente amanerado, Tita, como le decíamos, era la hembrita del primero K del José María Eguren de Barranco. Mis amigos me decían que no había que saludarlo. Ni siquiera lo mires pues te pegará lo que tiene, aconsejaban. La inseguridad y miedo de aquellos años no me hicieron dudar. Nunca tuve el menor contacto con ella, jamás un saludo, ni siquiera una mirada. Cuando faltaba un profesor, el salón se convertía en un burdel. Uno de los maleados del grupo que decía ser el marido de Tita, ordenaba cerrar la puerta y vigilar si venía alguien. Una vez tomadas las precauciones, empezaba el “espectáculo”. Ante el estímulo del resto, López, así se llamaba el “macho”, empezaba a reclamarle su falta de amor. La arrinconaba y decía que lo tenía abandonado. Luego la manoseaba y “punteaba”. La cosa no era tan en broma pues era evidente que el infeliz se excitaba. Esta rutina se hizo familiar en el salón. Algunos, la mayoría, festejaban, otros, entre los que me encontraba, permanecíamos indiferentes, por lo menos eso creíamos, pues finalmente con nuestra presencia avalábamos la actitud del matón. Luego del manoseo, que posiblemente terminaba con una total satisfacción, López invitaba a sus mejores amigos para “compartir” a su “mujer”. Nunca las palabras marido y mujer me parecieron tan obscenas. Algunos la tocaban. Curiosamente aquellos que evitaban el contacto eran considerados maricones. Lo dramático que habrá sido para algunos descubrir que lo que ocurría era exactamente lo contrario. Los cinco primeros años de primaria los estudié en una escuela fiscal, la secundaria en la Gran Unidad Escolar José María Eguren de Barranco. Mis mayores me habían dicho que el cambio podía ser traumático, y realmente fue así, pero no por los cursos o los profesores, sino por el pánico que me daba ser invitado a compartir a Tita. ¿Cuál sería mi reacción? He perdido la cuenta de las veces que me imaginé frente a ella. Su camisa a medio abrir como si realmente tuviera algo que mostrar, sus labios grandes, su pantalón apretado, ese perfume asqueroso y yo mirándole a los ojos, dudando entre tocarle el culo o escupirle en la cara. El miedo era lógico. Por un lado me horrorizaba ser ubicado entre los “maricones” que no se atrevían a tocarla. Yo no era maricón, a mí se me paraba cuando veía a las amigas de mi hermana, incluso se me paraba cuando espiaba a mi hermana. Por otro lado realmente no me provocaba tocarla. Sin embargo debía hacerlo para evitar que me fastidien. La verdad es que no sabía cuál sería mi reacción. Mi terror se calmaba cuando reparaba en que no era de la “mancha” de López. Incluso fuera del salón, el marido de la Tita tal vez ni se acordaría de mi cara. No había porque preocuparse, jamás me invitaría a compartir a la Tita. Pero mi cálculo falló. Había faltado un profesor y como siempre se cerró la puerta y empezó el show. Luego de las recriminaciones del caso, empezaron las invitaciones. Cuando ya se acababa la “función”, alguien grito mi nombre. Lo que tanto temí ocurrió. Aquella mañana de 1975 finalmente Tita y yo estábamos frente a frente. Fue horrible, peor que en mis pesadillas. No supe que hacer. Mis amigos, los mismos que me decían que no debía hablarle, nunca un saludo, ni siquiera una mirada, me dijeron que sólo fueron unos minutos, Para mí fue interminable. Ahí estaban sus labios, ahí su camisa a medio abrir, su pantalón apretado y su perfume, más horrible que nunca.Han pasado los años, 25, y aún se me escarapela el cuerpo al verme frente a ella. La distancia del tiempo me hace reconocer que aquella mañana pudo ocurrir cualquier cosa, sin embargo cuando el miedo y la gente me acercaron a Tita, entró un profesor y obviamente terminó todo. No quedé mal con la gente y tampoco le hice nada a Tita, el típico toque de campana que salva. Sin embargo desde aquel pienso que hubiera pasado si el profe no entraba