Alguna vez, un ex querido amigo - cuando era amigo - me preguntó por los primeros trabajos que había tenido. Le dije la verdad: a los dieciséis años tuve un hijo y, con una madre empleada pública, un padre ausente y cómo único patrimonio intelectual una educación pública deficiente, los únicos empleos que pude conseguir fueron de guachimán, vendedor ambulante y barredor.
Sorprendido e incómodo, me dijo que él también la había pasado mal. "Hace unos años, fui mesero".
La verdad es que me llamó la atención, pues mi amigo - ex amigo - pertenecía a una de las familias más tradicionales y poderosas del país. Su padre había sido embajador y, justo en el momento en que hablábamos, nos disponíamos a pasar la mañana a la piscina de su casa, de unos mil metros cuadrados, en una zona exclusiva en La Molina. Además, había estudiado en uno de los colegios más caros de la ciudad y manejaba un carro del año.
Cuando vio mi cara de asombro - esa que dice "¿de qué estás hablando?" - complementó su historia con un detalle fundamental: "Fui mesero en un MacDonald´s de Madrid, mientras estudiaba un doctorado".