Alguna vez, un ex querido amigo - cuando era amigo - me preguntó por los primeros trabajos que había tenido. Le dije la verdad: a los dieciséis años tuve un hijo y, con una madre empleada pública, un padre ausente y cómo único patrimonio intelectual una educación pública deficiente, los únicos empleos que pude conseguir fueron de guachimán, vendedor ambulante y barredor.
Sorprendido e incómodo, me dijo que él también la había pasado mal. "Hace unos años, fui mesero".
La verdad es que me llamó la atención, pues mi amigo - ex amigo - pertenecía a una de las familias más tradicionales y poderosas del país. Su padre había sido embajador y, justo en el momento en que hablábamos, nos disponíamos a pasar la mañana a la piscina de su casa, de unos mil metros cuadrados, en una zona exclusiva en La Molina. Además, había estudiado en uno de los colegios más caros de la ciudad y manejaba un carro del año.
Cuando vio mi cara de asombro - esa que dice "¿de qué estás hablando?" - complementó su historia con un detalle fundamental: "Fui mesero en un MacDonald´s de Madrid, mientras estudiaba un doctorado".
No es extraño que ocurran este tipo de narrativas; se repiten todo el tiempo. Existe una especie de vergüenza por haber tenido privilegios y, por lo tanto, se "inventa" un pasado de sacrificio que, de alguna manera, busca legitimar el éxito actual. Es algo así como un síndrome de Moisés, en referencia al héroe bíblico.
No hay que ser un experto en teología para saber que Moisés es uno de los personajes más importantes de la Biblia. Fue el mediador entre Dios y el pueblo de Israel para liberarlos de la esclavitud y llevarlos a Tierra Prometida. Fue el más importante líder de la antigüedad; peeeero, su origen fue complicado, humilde y lleno de riesgos. Para controlar la creciente población de israelitas en Egipto, el faraón ordenó matar a todos los bebés varones hebreos. Para salvarlo, la madre de Moisés lo puso en un cesto y lo lanzó al río Nilo.
Entonces, bajo la mirada de los creyentes, Moisés fue elegido por Dios para salvar a su pueblo y se convirtió en uno de los hombres más influyentes de la historia, pero su origen fue sacrificado. La narrativa del "origen humilde" que algunos construyen hoy tiene mucho que ver con esta historia de Moisés.
En Estados Unidos, a este tipo de narrativas las han bautizado como Log cabin myth (El mito de la cabaña de madera), usado inicialmente en el discurso político. La idea principal es que quien postula a un cargo público proyecte la imagen de un líder poderoso que surgió desde muy abajo.
La historia nace en las elecciones norteamericanas de 1840.
William Henry Harrison, el candidato que finalmente se alzaría con la presidencia, era un hombre con mucho dinero y parte de una de las familias más aristocráticas de Virginia. Sin embargo, la gente pobre lo eligió porque se sintió identificada con él. ¿Qué ocurrió?. Para restarle votos, sus rivales políticos lo acusaron de ser un viejo que no conocía los verdaderos problemas del pueblo, afirmando que prefería quedarse en su cabaña tomando sidra fuerte en lugar de trabajar. El equipo de Harrison tomó la idea y, en lo que posiblemente fue la primera estrategia de marketing político de la historia, convirtió el ataque en un eslogan:"Harrison, el candidato de la cabaña de madera y la sidra fuerte". La gente se identificó con él y ganó. Desde entonces, existe en la política norteamericana - y luego en la mundial - la tendencia de exhibir orígenes humildes, así se tengan que inventar.
Abraham Lincoln le daría solidez a este imaginario, pero en su caso - como en el de Moisés - sí se trataba de una persona que sufrió de privaciones reales. A finales del siglo XIX, la cabaña de madera se convirtió en un símbolo sagrado del mérito y, desde entonces, los políticos tratan de vincular su vida a alguna "cabaña".
Edward Pessen en "El mito de la cabaña de troncos: antecedentes sociales de los presidentes", señala que la inmensa mayoría de los jefes de Estado norteamericanos han pertenecido a la élite económica desde su nacimiento. Explica que los políticos usan este mito para tratar de ocultar su pertenencia a la aristocracia y lograr que la clase trabajadora se sienta representada. Asimismo, Jill Lepore, experta en historia americana de la Universidad de Harvard y cronista del New Yorker, afirma que la pobreza en la infancia se ha vuelto un "requisito de autenticidad" en la política estadounidense.
Fuera de la política, hay varios personajes que han utilizado este argumento para "vender" una conmovedora historia. Aunque hoy la cabaña se ha convertido en garaje.
El pasado "humilde" de Jeff Bezos.
Es una de las historias más difundidas. Existe un meme que muestra a Bezos en un garaje con un escritorio hecho a partir de una puerta vieja. "En 1998 vendía libros desde el garaje de mi casa, hoy vendo lo que quiero y soy el segundo hombre más rico del mundo". Sin embargo, hay datos fundamentales que se omiten: En 1995, su familia invirtió 245,573 dólares en Amazon. Como mi amigo, Bezos no provenía de una familia pobre. Tuvo un apoyo familiar que la mayoría de emprendedores no tiene. Trabajaba en su garaje, pero ya tenía la vida asegurada. Nada de pasado humilde.
El "rebelde" Mark Zuckerberg.
La historia dice que fue un rebelde que renunció a Harvard para perseguir su sueño, enfrentándose al sistema desde su dormitorio. Lo que no se suele decir es que su familia tenía el dinero suficiente para cubrir cualquier riesgo. Desde pequeño recibió clases de desarrollo de software y estudio en la Philips Exeter Academy, cuya matrícula ronda los 60 mil dólares. Nadie duda de su talento, pero sus orígenes, como los de mi amigo y los de Bezos, no fueron humildes.
Elon Musk y la mina de esmeraldas
Musk debe ser el mayor exponente de este síndrome. Se cuenta que dormía en el suelo de su oficina y que llegó a USA con casi nada. No obstante, su propio padre afirmó que la familia poseía parte de una mina de esmeraldas en Zambia, lo que le habría dado una vida llena de lujos en su juventud. Musk lo niega, pero eso de dormir en el suelo parece que no fue tan cierto.
A no equivocarse, en ninguno de los casos, incluido el de mi amigo, no se deja de reconocer que se trata de personas con talento, pero eso de la niñez pobre con sacrificios, en estos casos, es un cuento. El gran problema en este tipo de relatos es que se vende la idea de que cualquiera puede ser un empresario de éxito si se esfuerza lo suficiente. Conceptos como: El sueño americano, el Pulling yourself up by your bootstraps (progresar por sus propios medios) o la Hustle culture (cultura del esfuerzo extremo) son dañinos porque hacen creer que las excepciones son la norma. Peor aún: a algunos les encanta creer en estas historias, aún sabiendo que son falsas, porque las usan como consuelo, como un aliciente para seguir persiguiendo un sueño. Un consuelo para sus tristes vidas. Estas teorías invisibilizan los problemas estructurales de la pobreza y los reducen a un simple asunto de mentalidad.
Alguna vez escuche a un "experto" decir, en la radio más importante del país, que los limpiadores de carros deberían formalizarse: "Hagan su empresa, pidan un crédito y emprendan". Ja. Sorprende que alguien con formación universitaria no considere que la pobreza estructural hace casi imposible que una persona en esa situación acceda a un crédito o tenga un espíritu emprendedor sostenible.
El filósofo y profesor de la universidad de Harvard, Michael Sandel, explica en La tiranía del mérito que este relato de superación personal tiene un lado oscuro: al resaltar solo el esfuerzo individual, se ignora la red de apoyo y los privilegios. Esto lleva, dice el pensador, a concluir que triunfar en la vida está en las manos de las personas y quien es pobre lo es porque no hizo se esforzó lo suficiente.
En tiempo de elecciones, seguramente surgirán muchos políticos con su cabañita a cuestas. Mientras sigamos creyendo ese cuento, la brecha seguirá creciendo.
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