marzo 11, 2019

El Eguren y La Salle. Vargas Llosa y yo.


        Un día entré al salón y dos de mis compañeros se estaban besando. Era un beso muy apasionado. Quispe me miró y me dijo si quería besar a su pareja. Le dije que no. Mi colegio era de varones.
Fue complicado estudiar la secundaria en la G.U.E José María Eguren de Barranco. La primaria no fue mala. Escuela fiscal Federico Villarreal, 6004 antes 442. Los dos primeros años con la profesora Cota Vargas son inolvidables. Aun la recuerdo dándome toda la ternura y paciencia que, como todo niño, necesitaba. Tercero y cuarto de primaria fueron una tortura. Soto se apellidaba el profesor. Nos agarraba a correazos si respondíamos mal o si no hacíamos la tarea. Su clase era presidida por esa vieja correa que tanto dolía. Estaba encima de su escritorio como advirtiéndonos lo que se venía. Qué mal le debe haber ido en la vida para tratar así a los chicos. No recuerdo con quién hice el quinto de primaria. Mi memoria solo llega hasta Soto.
Lo del Eguren fue complicado. Cuando me imagino en una prisión, imagen que por algún motivo es recurrente en mi vida, pienso que debe ser algo solo un poquito más feo que el Eguren. Lo único bueno de esos años de estudios secundarios fue jugar en el equipo del salón. No era titular pero fue lindo compartir con los chicos. Lo otro importante fue ser integrante de la banda. Fue extraordinario. Un capítulo aparte. Ah, y cómo olvidar al padre Castañeda, el profesor de religión. Solía “convocar” a su casa a los peores alumnos para tomarles examen oral. Nunca mejor puesto un nombre a un examen. Muchos chicos fueron abusados por ese cura. El otro día me encontré con un compañero que me dijo que el miserable había muerto. El curita Castañeda, ja. 
Mis mejores recuerdos del colegio: los vendedores de la puerta. Papitas rellenas a sol, sanguito, cachangas, empanaditas, el pan con atún y la chicha. Y algunos amigos, claro.
No sé si en estos tiempos la escuela pública es una institución que motive y fomente la creatividad, el juego, el aprendizaje sin coerción; en fin, la vida linda que todo niño debe tener. Dudo mucho que así sea. 
En El Pez en el agua, Mario Vargas Llosa reflexiona brillantemente sobre lo mejor de la escuela, que curiosamente, ocurre más allá de las clases.