noviembre 29, 2018

Galdós, Galdós, Galdós


         Alguna vez coincidimos en los horarios con Carlos. Él tenía su programa en Studio92; Guillermo Giacosa y yo, en radio San Borja. El de Galdós empezaba una hora antes, a las seis de la mañana. El de nosotros, a las 7. Así que mientras iba a la chamba lo escuchaba. Y me gustaba. Se lo dije y desde entonces hemos tenido una relación cordial. Distante, pero de mutuo respeto y simpatía.
Digo esto porque quiero ser honesto. Carlos no es mi amigo, pero es una persona que me cae bien. Pero eso tampoco me quita perspectiva para decir, por ejemplo, que no soportaba su programa de TV. En realidad no lo veía porque se transmitía muy tarde y yo me levanto temprano. Alguna vez, ya en vacaciones, lo vi y no lo aguanté dos minutos. El humor es subjetivo, claro. No digo que el programa fuera malo, simplemente no me gustaba. 
Cada vez que puedo lo escucho en Capital. A veces me hace reír, a veces no. No me gusta su tipo de humor, aunque hay cosas que sí me parecen buenas. Repito, el humor es subjetivo. Aunque en el programa de Capital siempre quedaba la sensación de ir al límite. En la cornisa, como él mismo dice. Hasta que se cayó. 
No voy a hacer leña del árbol caído, metáfora por demás absurda que empleo porque es de fácil entendimiento. Si no hacemos leña del árbol caído, ¿nos tenemos que tumbar uno? Insisto, no voy a hacer leña.  
Tampoco voy a ponderar sobre lo que hay y no hay que hacer en los medios. Lo hago algunas veces, pero hoy no lo siento oportuno. Esa maldita responsabilidad de ser profesor me obliga a señalar los límites del oficio. Hoy no lo voy a hacer. Simplemente quiero reflexionar sobre algunas cosas a raíz del llamado “Caso Galdós”.
Para empezar, lo de Carlos es indefendible. Él mismo se ha disculpado, entiendo que de manera sincera, porque siente que pasó un límite. Carlos, la cagaste y no hay forma de defensa. ¿Por qué lo hizo? Él mismo se lo pregunta. Tal vez tenga que ver con esa necesidad de decir algo original. Hace 25 años que me la paso tratando de decir cosas originales. En la radio “competía”, por decirlo de alguna manera, con Guillermo, nada menos, tratando de llevar una historia original. No era una competencia declarada, pero trabajaba para llevar historias distintas. Devoraba cientos de páginas de todo tipo de libros para encontrar esa historia diferente.
Nunca he trabajado en una radio comercial, pero es fácil imaginar que todos los días el rating, la audiencia, los clics, te obligan a proponer cosas “originales”, “únicas”, y en el caso de Carlos, además “graciosas”. Tal vez ahí haya estado el motivo de haber pasado el límite. Tal vez. No es una justificación, trato de entender qué pasó.
Estoy seguro de que en algún momento, en pleno monólogo, Carlos se habrá dejado llevar por esa inercia imposible de frenar que conocemos quienes contamos historias y zas, el daño ya estaba hecho. Así es el vivo. Así es la radio.
Lo de Carlos fue desagradable, pero es válido preguntarse ¿cuál es el límite del humor? Hay varios ejemplos. Aquí uno soberbio. La terrible España de Franco asistía al nacimiento de la primera nieta del Generalísimo. Franco decidió, en realidad ordenó, que la pequeña no llevara en primer lugar el apellido Martínez, que era el del padre, sino el apellido Franco, el de la madre. Y así fue. La niña se llamó Francis Franco Martínez. La Codorniz, la emblemática revista de humor, no dejó pasar la oportunidad para burlarse del hecho. Al día siguiente salió a las calles con el nombre cambiado: Codorniz La.
¿Cuáles son límites del humor? A raíz del atentado a la revista Charlie Hebdo que dejó 12 muertos, 5 de ellos caricaturistas, David Brooks escribió esto en The New York Times:   

“La mayoría de nosotros no practicamos de verdad esa clase de humor deliberadamente ofensivo en el que está especializado ese periódico (Charlie Hebdo)Cuando uno tiene 13 años, parece atrevido y provocador escandalizar a la burguesía, meterle el dedo en el ojo a la autoridad, ridiculizar las creencias religiosas de otros. Pero, al cabo de un tiempo, nos parece pueril. La mayoría de nosotros pasamos a adoptar puntos de vista más complejos sobre la realidad y más comprensivos con los demás. (La ridiculización se vuelve menos divertida a medida que uno empieza a ser más consciente de su propia y frecuente ridiculez). La mayoría tratamos de mostrar un mínimo de respeto hacia las personas con credos y fes diferentes. Intentamos entablar conversaciones escuchando en vez de insultando”. 

Listo. Nada más.

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