febrero 13, 2015

El amor

El amor es una enfermedad, ¿cabe alguna duda?(1) Cuando nos enamoramos cambia nuestra anatomía y nuestra psicología. Todos conocemos el caso, si no somos nosotros mismos, de aquel solitario amigo que por fin encontró pareja. ¡Qué bueno! ¡Felicidades! Todos contentos. Si la vieran, es hermosa, cuerpo perfecto, piernas torneadas, cabello sedoso, olor, hummm, su olor es el mejor del mundo. Carita bonita. Es una bella chica. El viernes la conocerán, iré con ella a la fiesta del Chato.

Y llega el día, y por supuesto todos quieren conocer a la enamorada de nuestro ex solitario amigo. A esa belleza que lo salvó de la soledad. A esa chica que lo alejó de la pichanga. Anuncian que ya llega. Viene abrazando a la chica, tomándola por la cintura, como lanzando al mundo el mensaje de que es suya, de que tiene dueño. Así somos de machistas, así somos de inseguros, así es el amor. Pero resulta que la fulana es gordita, la blusa le revienta, las piernas son chuequitas, el cabello no puede estar más horquillado y le falta un diente. No llegamos a olerla pero no es necesario. ¿Qué pasó? Que nuestro amigo padece uno de los males más extendidos entre los enamorados: la ceguera. Cuando nos enamoramos el sujeto de nuestro amor se beneficia de este mal pues simple y llanamente elevamos sus atributos físicos a la perfección. No hay nadie que se le pueda acercar en belleza. Es cierto que con el tiempo esa ceguera pasa, que recuperamos la visión y… Bueno ese es otro tema. Ahora se trata del amor. Sigamos.

¿Qué otros males padecen los enamorados? La inestabilidad horaria. El tiempo nunca vuelve a ser el mismo para la persona enamorada. Cuando estamos con ella, las horas parecen minutos y cuando empezamos el esperado reencuentro, ya debemos despedirnos. Cuando estamos separados es al contrario, los minutos se transforman en largas horas, las horas en días, la espera es interminable, el reloj parece confabulado. El tiempo vuelve a ser nuestro enemigo.

Los enamorados son unos enfermos terminales que son capaces de morir si no contemplan a su pareja.

El escritor argentino Eduardo Wilde define con más precisión al amor y al enamorado. Aquí un fragmento de sus Meditaciones inopinadas:

"Un individuo enamorado seriamente, tiene alteradas las bases fundamentales de su juicio y cree una porción de paradojas y necedades que toma como reguladores de su conducta.
Cree por ejemplo:
Que su vida es imposible sin la presencia del objeto amado.
Que el aire, el suelo, las flores, los fenómenos de la naturaleza y las evoluciones del mundo moral, en el seno de la sociedad, no tienen significación ni importancia, si no se ligan con el objeto amado.
Que todos cuantos están ocupados de otra cosa que de meditar sobre el objeto amado, pierden lamentablemente su tiempo.
Todo esto y mucho más se presentan en la cabeza de los enamorados, con el carácter de la mayor verdad.
La pasión desbordante por esencia y eminentemente individual, trastorna todas las nociones de lógica, de previsión, de juicio, de tacto, y el hombre sujeto a ella, ajusta su raciocinio a una medida estrecha, por más que su existencia en tales condiciones sea incompatible con los datos del más vulgar sentido común.
Pero consígase ocupar extraordinariamente a la persona que se halla en tales condiciones, no se deje lugar a que la morbosidad aumente por la insistencia en repetir el mismo pensamiento; y el tiempo, este aguador de todas las impresiones, gasta la vivacidad de la pasión, dando lugar a la producción de ideas más conformes con la realidad de las cosas, y por lo tanto, más fisiológicas y normales.
Ahora bien, si por un artificio, se consigue interponer un tiempo relativamente largo, entre dos pensamientos referentes al objeto amado, la atracción que él ejerce disminuye; y como toda situación tiende a continuarse, la calma se establece poco a poco, dando por resultado muchas veces que el individuo se admire de ¡cómo ha podido pensar y hacer tantas locuras!
Parece imposible que un hombre sentado en el borde de su cama y balanceando los pies, se entregue a semejantes meditaciones, pero contra los hechos no hay objeciones y el hecho es que yo pensaba en lo ya referido y en algo más que va en seguida.
La silueta de algún amigo mío pasó por mi mente y me dejó elaborando sobre la amistad.
La amistad verdadera, desinteresada, abnegada, en fin, con todas las calidades que le da el diccionario, es una demencia.
Nunca hay dos amigos; hay un amigo cuando más, y aun éste es sofisticado; pues toma los sentimientos más complejos y diversos por sentimientos amistosos.
Se suele ver hombres que manifiestan por otros la mayor adhesión; son sus amigos en la acepción general de la palabra: pero si escudriñamos bien lo que pasa, encontramos en el fondo de las causas que determinan esta adhesión un estado de subordinación de una parte y de imperio de la otra, dependiente de una superioridad permanente o transitoria del lado de uno de los dos que se llaman amigos.
Más bien dicho, un amigo verdadero es siempre un apéndice del que lo tiene y la adhesión dura lo que determinan generalmente circunstancias insignificantes.
Así, un amigo verdadero que sufre durezas, imposiciones y otros vejámenes, rompe de repente su amistad, porque no lo convidan a comer en un día de santo.
Nunca dos hombres igualmente distinguidos son amigos; razón: porque los sentimientos altruistas, base de la amistad, disminuyen con la instrucción que desarrolla poderosamente el individualismo.
La amistad filosófica es una cuenta corriente con intereses recíprocos; la amistad humana, la única que existe, es una cuenta con intereses compuestos, sobre un capital ficticio que el amigo verdadero cree haber recibido.
¡Muchas veces la amistad no es más que una vanagloria de una parte y un amor propio de la otra!
El cariño no interviene en la amistad, sino como accidente, pues no debe su existencia a la estimación de ninguna calidad; ¡el cariño es un movimiento instintivo, irreflexivo, casi estúpido!
Toda idea de antagonismo es incompatible con la amistad. Para que fuera posible la amistad verdadera, sería necesario que hubiera potencias desiguales e inaplicables al mismo objeto, y ¿dónde hay dos hombres que las tengan en tales condiciones?
Por esto, una amistad que dura, no debe su duración sino a la casualidad de no presentarse la ocasión de un antagonismo.
Luego la amistad no es un sentimiento fundamental. "


(1) Una enfermedad llamada amor

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