octubre 06, 2012

Si hay amor todo se supera

La casa cambia. La vida cambia. Todo cambia. Adriano, antes de ser Adriano, ya hace sentir su presencia y nos "reclama" su lugar en la casa. Hacemos cuentas, vendemos, regalamos y botamos cosas para tener más espacio. Van 7 meses de embarazo y recién me pongo a pintar su cuarto. Me demoré. Es como si una vocecita interior me dijera que es muy pronto. No es pronto. Pintar es, además, cambiar el cuarto del Cholo, mi primer hijo. Mi único hijo por largos 33 años. Siento como que lo traiciono. Tener a Adriano es como traicionarlo. Lo superaré. Todo se supera. Si hay amor todo se supera. No, no lo traiciono.

Todo cambia. Cambia la casa. Cambia el cuerpo de Carmen. La gente se le acerca y le advierte. Le anuncia la "catástrofe" que se viene. Es como si todas se arrepintieran de haber estado embarazadas. Es como si la incomodidad de una primeriza expiara en algo sus sufrimientos. Es como si en el fondo lamentaran ser madres. No todas, por supuesto. Sí muchas. Demasiadas. Es como si el embarazo fuera una maldición. Como si fuera una enfermedad que hay que sufrir. Y todos desean ver ese sufrimiento en primera fila. ¡No me tapes que quiero ver el espectáculo! Embarazarse es como tener resaca. Mientras tú sufres, todos se burlan de ti. Gozan con tus vómitos. ¿No vomitaste? Ya vendrá. ¡Ya verás! No será así, le digo a Carmen. Contigo será distinto. Ella me cree, siempre me cree. Serás la primera madre sin mareos. Resultado: no hay mareos, no hay náuseas. No hay vómitos. ¡Hemos triunfado! Por lo menos en esta primera etapa nuestra mentalización fue más fuerte que los anuncios y deseos. ¡Ya vas a ver, el embarazo es terrible! No pasa nada, amor. Tener un hijo es lo mejor del mundo.

Todo cambia. Cambio yo. Saco el Play del cuarto de Cholo. ¡Cuántos partidos! ¡El que pierde lava los platos! Y lavé muchos platos. Algunas pocas veces lavó él. ¡Cómo gocé! No nos molestábamos cuando perdíamos, pero casi. ¡Bah! Sí nos molestábamos. Yo más que él. No, él no se molestaba. Recuerdo que una vez me volteó un partido. Me ganó una buena apuesta. El Cholo festejaba y gritaba: "¡Eso es raza!". Yo, serio, le corregía haciendo alusión al respeto y a que el término raza sonaba mal. ¡No debes hablar así. Finalmente es solo un partidito! Al poco tiempo le gané y me puse a gritar: "¡Eso es raza!".
Sacar el Play es simbólico. Es como la declaración oficial del cambio de situación. Finalmente lo saco. Lo pongo en mi cuarto. Jugué un par de veces. No es lo mismo. Me divertí mucho pero nunca como cuando jugaba con el Cholo. Ni siquiera como cuando jugaba solo en su cuarto evocando nuestros clásicos. En algunas cosas tiendo a ser dramático, no lo puedo evitar.
Lo pintaremos verde claro. Ya vimos Feng Shui. El motivo será "El Principito".
El cuarto del Cholo empieza a mutar. Estoy feliz por la llegada de Adriano, pero hay un dolor como una piedrecita en el zapato que no me deja caminar bien. Y a cada paso la siento. Y aunque río, ahí está la piedrecita que no quiere salir.

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