abril 22, 2008

YA ESTABA ENCAMINADO

Ya está encaminado. Así decían las abuelas cuando los nietos alcanzaban la madurez. El padre, casi siempre asustado, equivocándose a cada paso y atormentado por la formación del hijo, muchas veces no podía ver que el chiquito ese que lloraba por todo, que tenía una facilidad increíble para meterse en problemas, ya era mayor. Las abuelas, desprovistas de la responsabilidad directa de la crianza, eran sabias y podían ver que el “bebito” ya era todo un hombrecito. Y tal vez sin diminutivos. Ya estaba encaminado. Hago toda esta reflexión a partir del año y medio que mi hijo vive en West Palm Beach. La vida, la crisis limeña, la falta de oportunidades, el no tener una familia influyente; en fin, el ser parte de la mayoría de peruanos, lo llevaron a Estados Unidos. Fue dura la decisión pero acertada. Y fue terrible el dolor de la separación. Fue como si me sacaran una extremidad sin anestesia. Lloraba como loco. Llegué a creer que me moriría de la pena. Veintisiete años juntos, pasando por todo; con plata, sin plata; con miedos, con sueños lejanos; solo, casi siempre solo con mi hijo, luchando pero sobre todo riendo. Y un día se fue. Ese chico al que enseñé a volar cometa y se ponía tenso agarrando la pita como si de eso dependiera el futuro del mundo; ese pequeño, algo más grande, un día agarró a sus dos labradores y se fue a los Estados Unidos.