octubre 14, 2006

Vamos a cobrar. (Para el ángel de vestido celeste, blusa y toca blanca)

Era un ritual. A partir del 25 de cada mes, siempre esperaba que mi madre me dijera lo mismo: Mañana vamos al hospital, es día de pago. Tendría unos ocho años y mis conceptos sobre dinero, pago, gasto y ahorro no eran muy elaborados. Simplemente sabía que era un día especial, distinto, el mejor del mes. Me ponía la ropa del domingo, y como en los paseos, la ansiedad no me dejaba dormir tranquilo, me levantaba antes que todos y era el más entusiasta del grupo. Mi ropa de domingo era un pantalón de corduroy verde, una camisa amarilla y una chompa beige. Era el atuendo de lujo, el de las fiestas, el de la misa dominical, el que me ponía para ver a Margarita, la chica de la avenida Lima. Salíamos de casa temprano sin tomar desayuno. En el paradero del parque Raimondi tomábamos la 2. Cuando llegábamos al hospital, mi madre entraba a un cuarto donde había cientos de cartones y un enorme reloj. Marcaba su entrada siempre antes de las ocho y de inmediato íbamos a la cafetería del hospital. Siempre era lo mismo. No tenía que decirlo. Mi madre lo sabía y Alberto también. Jugo de papaya, leche con Milo y tostadas con mantequilla. Mientras Alberto tostaba los panes y licuaba la papaya, siempre pensaba lo mismo: ¿cuáles serán mejores, las del Hospital del Niño o las del Hospital del Empleado? Me encantaban las tostadas. Terminábamos antes de las nueve. Luego nos íbamos al pabellón donde trabajaba mi vieja. El olor aún lo puedo sentir. Creso, alcohol y violeta de genciana. Esos eran los olores del hospital. Ella entraba al tópico. Yo la esperaba afuera. Los chicos ya estaban despiertos. Eran como de tres años. Serían unos veinte. Recuerdo haberme hecho amigo de un labio leporino. Boquichi le decíamos. Era muy simpático. A pesar de su malformación, su risa era un sol. A los diez minutos salía mi vieja. Tenía el uniforme puesto. Se veía increíble. Falda celeste, blusa y toca blanca. Aún hoy a pesar del tiempo, no recuerdo una mujer más linda. Era un ángel. Siempre era lo mismo, me quedaba mirándola de tal forma, que se acercaba y me daba un beso. Yo sentía que me moría. Vivía enamorado de ella. El llanto de los chicos me volvía a la realidad. Y empezaba a bañarlos. Que facilidad. Era una máquina perfectamente aceitada que jamás se equivocaba. Boca abajo, jabón de la cabeza a los pies, boca arriba, jabón de la cara los pies, le bajaba su pipilí, así le decía, y luego a enjuagarlo. Primero boca abajo, luego boca arriba. Años después cuando hacía lo mismo con mi hijo, aún me seguía sorprendiendo. Ese día de cobro, yo me la pasaba jugando con los chicos, ella atendiéndolos. Aquellos días eran los más felices de mi vida, y como suele ocurrir, no me daba cuenta. A eso de las cuatro se acababa todo. A partir de las tres, la emoción crecía. Se acercaba el momento. Cuando faltaban diez minutos mi madre entraba al tópico y se sacaba su disfraz de ángel. La cafetería seguía llena. Algunas veces comíamos ahí, en otras ocasiones, era la comida del hospital. ¿La comida de hospital fea? No. Esos fueron los mejores potajes. Reflejo condicional lo llamaba Pavlov. El ambiente, la compañía y el inminente cobro convirtieron a esa comida en la mejor de la vida. Entrábamos a la parte administrativa. No sé porque siempre me dio miedo ese lugar. Era como si temiera que le negaran su sueldo. De hecho que recuerde, solo una vez ocurrió que fuimos y nos dijeran que volviéramos al otro día. Para mí no hubo otro día. Hacíamos cola al lado de una puerta que se abría solo en la mitad de arriba. Nunca llegamos a ser primeros en la cola. Tampoco recuerdo que estuvieran atendiendo al llegar. Siempre esperábamos. Y siempre se escuchaban las quejas contra el pagador. Espichán se llamaba. Todos tenían algo que decir en su contra, pero mami por favor en voz baja, no vaya a ser que te escuche y no nos pague. Mi madre recibía su cheque y lo escondía en su sontén. Salíamos volando a cobrarlo. Antes que cierren el banco. Otra cola y la habilidad de mi madre para robar espacio era envidiable. Espérame aquí, guárdame la cola. Ya vengo. Al rato se aparecía y me llamaba. Ya había cobrado. Parte del sueldo lo escondía en su calzón. En un bolsillo que se había hecho especialmente. No sé si alguna vez alguien vendió calzones con bolsillo, a mí siempre me pareció un buen negocio. Era un ritual. Aún no eran la seis y nos íbamos a tomar lonche a Uechi, una cafetería de “lujo” en Barranco. En realidad no importaba lo que comiéramos, yo esperaba el momento de ir a la compra del auto. Todos los meses, pasado el 25 y como si fuera un ritual, íbamos a una tienda de la calle Grau y me compraba un autito de colección. Era de fierro y cuando lo tenía,era el niño más feliz del mundo. Recuerdo mucho que me gustaba el Fiat. Un Fiat verde increíble al que solo le faltaba caminar. En 1969 que un auto caminara solo era simplemente increíble. Y el nuevo carro iba a juntarse con los otros. Llegaron a ser diez. Un día en una de las quince mudanzas que hicimos con mi vieja, se perdieron. Esa es otra historia. Mañana cobramos decía la vieja. Ni idea que eso pasaría a la historia. Ahora te depositan y listo. No hay cheque, ritual, ni ceremonia. Ni las tostadas que le encantaban al niño de corduroy verde, camisa amarilla y chompa beige. Aquel que esperaba que el ángel de vestido celeste, blusa y toca blanca, le diera un beso.