marzo 29, 2006

La desgracia Latinoamericana

Todos en algún momento hemos jugado con hormigas. Allá en el parque Raymondi de mi infancia, les hacíamos caminitos, “ríos”, les poníamos migas de pan y nos sorprendíamos cuando se las ponían al “hombro” y las llevaban a sus “casas”. Jugábamos con las hormigas pero nadie, por lo menos nunca lo supe, iba a tener hormigas de mascotas. Nos divertíamos con ellas pero no llegábamos a amarlas, nadie quería una hormiga y no teníamos sentimiento de culpa por ello. Cuando se perdían nuestros perros o algún gato enamorado desaparecía por algunas semanas, nos preocupábamos, pero nunca se supo de alguien que sufriera por la muerte de alguna hormiga. El dictador salvadoreño Maximiliano Hernández si amaba las hormigas. Maximiliano Hernández quería a las hormigas más que a los hombres. Matar a un hombre no le ocasionaba cargo de conciencia pues de todas formas reencarnará, pero quien mate a una hormiga es condenado a muerte. Los pobres insectos no reencarnan, mueren definitivamente, asegura el dictador de El Salvador, de profesión brujo y teósofo. Alucinado, excéntrico, loco, Hernández no fue al manicomio sólo porque era Presidente de la República. En algunos casos sus locuras podían alcanzar el mismo nivel de los absurdos cometidos por el mismísimo Rafael Leónidas Trujillo. En el patio presidencial, junto a las estatuas de los héroes nacionales, Hernández escondía su secreto mejor guardado: botellones con agüitas de colores que curan todos los males. La azulita sanaba la gripe; la morada, la tos y la colorada, la bronquitis. Sólo sus ministros pueden usar las aguas milagrosas, el pueblo no, a ellos los cura de otra manera. Para combatir una epidemia de viruela, Hernández ordena forrar con celofán rojo todos los faroles de la calle. ¡Esta es la mejor forma de espantar a la peste!, dice con la satisfacción del deber cumplido. Y si de crápulas hablamos no podemos dejar de lado a François Duvalier. En su república ideal no encajaban los profesionales. Para gobernar, decía, no hacen falta, médicos, economistas ni planificadores. Un buen gobierno sólo necesita un brujo. Un sabio en magia negra que te ayude a solucionar los problemas de la nación, señala. Por eso el Presidente vitalicio de Haití siempre despachaba al lado de su hechicero de confianza. Un día, en mensaje al país, pide que la población lo ayude a exterminar a los perros negros. ¡Todos los perros negros irremediablemente irán a la cárcel. Matar a un perro negro, es ayudar al país!, dice Papa Doc que emite una ley para que el exterminio de los perros sea legal. Cuando se entera que ya no queda uno sólo en Port-au-Prince duerme tranquilo. Su brujo le había dicho que su peor enemigo se había convertido en uno de ellos. La lista de fantoches continúa y sus dislates también. En Guatemala Jorge Ubico emite un decreto que señala que su gobierno no construirá más hospitales pues sólo se enferman los maricones. Como es lógico los médicos huyen y la gente muere. En Nicaragua la dinastía Somoza no sólo tiene el monopolio de los fósforos, cigarros, colchones, rones, ataúdes y un largo etc., además ha creado Plasmaféresis S.A. empresa que saca sangre a los más necesitados para venderla a los Estados Unidos. Transilvania en medio del Caribe. Militares argentinos, uruguayos y brasileños hicieron lo suyo para recordar que en materia de sandeces el sur también existe. Unos tocan la marcha nupcial antes de violar a sospechosos de terrorismo, otros señalan que los partidos políticos no son esenciales para una democracia y que El Vaticano es el ejemplo pues sin partidos vive una real democracia. También hubo quien prohibió los grabados eróticos de Pablo Picasso por eróticos y el libro Historia del Surrealismo, porque hablaba de revolución, revolución en la poesía. Sabrosas anécdotas, singulares historias, curiosos relatos que muchas veces provocan risa y asombro. Pero no hay que equivocarse pues tras cada “ocurrencia” de estos dementes disfrazados de presidentes, podemos encontrar la raíz de la desgracia Latinoamericana. Gran parte de esta monumental pobreza que sufrimos, que a veces parece endémica, es el resultado de esos gobiernos de opereta. Administraciones que, no pocas veces, estuvieron auspiciadas por las “grandes potencias democráticas”. Aunque hoy la dictadura parece un sistema de gobierno solo concebible en un manicomio o en un museo, la democracia ha demostrado que también puede albergar y auspiciar a estos fantoches.