noviembre 15, 2017

PERÚ AL MUNDIAL, ESA EXTRAÑA FIESTA


        Pienso, pienso, pienso. Pensar es una virtud, aunque en realidad también es un defecto. “El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, decía Hölderlin. Es cierto.
Estoy emocionado con la Selección. No lo digo mucho, siento miedo. La selección peruana es esa chica a la que siempre amaste y con la que estás pero te engaña cada vez que puede. Y siempre vuelves. Y cuesta darle otra oportunidad. No quiero que me rompa el corazón nuevamente.
Ese soy yo, pero el país lo vive de otra manera. La gente se encuentra en un estado de emoción extrema. Mis contactos jóvenes de Facebook están viviendo la mayor experiencia de sus vidas. No solo deportiva, la mejor experiencia de todas sus vidas. Están rendidos ante la selección.
En la calle, todos tienen la camiseta del Perú. La de fondo blanco, la de fondo rojo, con el Te amo Perú, pero también con nuevas frases. Camisetas flamantes pero también viejas.      


         Camisetas percudidas y relucientes, todo vale. Alguien dice por la radio que la gente está feliz. Sin embargo siento incongruencia con toda esta “felicidad”.
  No hay nada que nos una más que el fútbol. Lo absurdo es que no somos un país futbolero. Más allá de los clásicos y de alguna buena campaña de algún equipo grande que puede llenar las tribunas en cualquier fecha, por lo general no va mucha gente a los estadios. Pero el futbol nos une.
¿Es real esta felicidad?
  Nos une el fútbol pero siento que es una unión superficial, de moda. Veo pasar con su camiseta a un padre con su hijo (73.8% de niños peruanos fue víctima de violencia psicológica o física alguna vez, dice la encuesta de ENARES). Una pareja se ha pintado la cara con los colores patrios (luego de Bangladesh y Etiopía, Perú ocupa el tercer lugar de violencia contra la mujer EN EL MUNDO, según fuentes del gobierno), y una familia se alista para alentar a la bicolor (siete de cada diez familias sufre de algún tipo de violencia, según el Instituto Nacional de Salud Mental). Difícil entender estas felicidades.
Alienta el que bota basura a la calle, el que mea en cualquier lado, el que se pasa la luz roja, el que coimea al policía, el policía que es coimeado, el político corrupto, el que vende droga en la esquina. Alienta el homófobo, el discriminador, el cura pedófilo, el machista, el juez que libera narcos y también los narcos. Todos celebran. Qué jodido pensar.      
Partido Argentina/Perú. Estoy en la cafetería del instituto donde enseño. No tiene nada de diferente a una tribuna de fútbol. Todos viven una emoción que me cuesta entender. Que en realidad no quiero entender. Tengo 30 minutos para ver el partido y luego a tomar examen. Así es. Así somos. No importa. Fin del primer tiempo, Perú empata. Vuelo al aula. Los chicos quieren terminar rápido su parcial. Empieza el segundo tiempo. A estas alturas Gallese ya es figura. Quiero que gane Perú pero hay algo que no me cierra. Me cuesta subirme a este carro. Me cuesta meterme a esta fiesta. Los chicos siguen con el examen, están inquietos, es lógico.
Fin del parcial. Regreso, regresamos a la cafetería. La gente está muy emocionada, eufórica.  Es como si todos estuvieran en una fiesta y el único que no baila soy yo. Y me muero por bailar. Por primera vez creo que podemos ir al mundial. Todos cantan en la cafetería. Yo estoy contento pero no tanto. Qué jodido pensar.
Fin del partido, empate, estamos más cerca que nunca. 
Dos días después un alumno me hace una entrevista y me cuenta que hasta hace una fecha su padre era un escéptico, que se acaba de subir al carro. Me siento identificado. Siento que no soy el único. Creo que hay una generación que en realidad no solo está resentida con el fútbol sino con el país. Eso es, no es la selección la que da miedo, es el país. Cuesta ser feliz con todo lo que pasó desde que volvimos a la democracia en los 80. Los impresentables políticos, la pésima educación, las tremendas desigualdades, el racismo y en general todas las intolerancias, hoy más boyantes que nunca, no se borran a pesar de los pases de Cueva, la entrega de Flores y los goles de Guerrero. Siento que ser feliz con el fútbol es traicionar algo. Maldita sensibilidad.
Empatamos con Colombia, vamos al repechaje. El país es una locura. Todos se alistan para los partidos con Nueva Zelanda: el que estaciona mal, el que justifica el genocidio, el que le pega a su mujer, el que no paga sus papeletas hace un año, el profesor que llama a la secretaria para que le marque su entrada en la computadora, el que hizo el puente que no se cae sino se desploma, el bodeguero que especulaba con el agua cuando lo del Niño costero, el que encierra a sus empleados en un container, el congresista incompetente, los que tienen doble contabilidad, el juez que es más amigo de los narcos que de la ley, todos gritan arriba Perú.

Qué difícil ser feliz en el Perú.

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