agosto 22, 2016

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL TRAGO

Una cosa es ser borracho, otra cosa es que te guste el trago.
Una persona que gusta de beber alcohol, disfruta de un buen vino, una buena cerveza, o, maravilla de maravillas, un exquisito coñac. Un borracho toma cualquier cosa y lo que es peor, mezcla tragos. No sabe tomar. El que gusta del alcohol quiere pasar un buen momento. El borracho busca perder la conciencia, borrar casete. Vaya a saber uno que lío tiene en la cabeza. Finalmente el borracho es un enfermo; aquel que goza bebiendo algún trago, no.
Por eso es absurda e hipócrita aquella advertencia: “Tomar en exceso es dañino”, porque el bebedor por placer lo sabe y no se excederá. También lo sabe el borracho, lo que pasa es que como es un enfermo no hace caso a la advertencia. No puede. Es como decirle a un diabético que no consuma azúcares, o a una persona con problemas de próstata que no consuma ají. Si no tiene fuerza de voluntad, pero principalmente si no se quiere, la advertencia pasará de largo. Porque ese tema se desarrolla en el nivel inconsciente. Lejos de la razón. Hay diabéticos a los que les va muy bien. Es solo cuestión de disciplina.
El centro de gravedad del alcohólico está en su cerebro. Del que goza con el alcohol, en su paladar.

Brillat Savarin, la persona más autorizada en cocina a finales del siglo XVIII, una especie de Gastón Acurio europeo, sentía placer cuando tomaba un buen vino. Tenía una frase maravillosa y contundente: “El descubrimiento de un vino es más importante que el de una constelación, el universo tiene demasiadas estrellas”. El hombre sabía valorar un buen vino.
Harry Truman, aquel presidente norteamericano que tenía la enigmática S como segundo nombre, que no significaba nada, pues la sola letra era su nombre, decía: “Un bar es un puesto de primeros auxilios donde se asiste al hombre de las heridas que le salen por la batalla por la vida”. Genial. Frases perfectas para justificar el alcoholismo de algunos, pero ya saben, esto se trata de aquellos que disfrutan con un trago y saben parar a tiempo.
Otra frase muy gráfica es: “Siempre hay que llevar una petaca de whisky para las picaduras de víbora y por supuesto lleve siempre una pequeña víbora”. Este sí que se pasó al otro lado. Parece que buscaba motivos para tomar, y si no existía alguno, pues se lo inventaba. Chico con problemas.
El drama son los excesos. Tomarse un trago no está mal, el problema es no saber el límite. Un alcohólico, que insisto, es una persona enferma, no sabe cuándo parar. Claro que en el medio están los que no son enfermos y gustan del trago y varias veces se excedieron. Por esa instancia pasamos varios. Especialmente en la juventud. Algunos paramos, a otros les dura hasta ahora. Al final es problema de cada uno.
Sabemos por películas, el cine se ha hecho un festín con este tema, que los romanos hacían tremendas fiestas. Sus famosos fastos, así se llamaban, no eran otra cosa que lo que conocemos como feriados en donde se producían sus famosas bacanales, las que finalmente se prohibieron por el nivel de excesos. Recuerdo haber leído hace tiempo que en estas fiestas los hombres, era una sociedad muy machista, tomaban vino en cascadas que corrían por el tórax de las esclavas orientales. Estos romanos sí sabían vivir.
La Biblia también ha tocado el tema. En el capítulo XXI del Eclesiastés dice que poco vino es suficiente para el hombre bien educado. Es simbólico que el primer milagro de Jesús fuera convertir el agua en vino en las bodas de Caná. No hay datos exactos sobre el tamaño de las tinajas, ni el número de los invitados, pero se me ocurre que fue una buena cantidad.
El escritor irlandés Joseph Sheridan tenía varias frases sobre el alcohol. Para terminar esta lista de ideas, escojo una que me parece soberbia para quienes escribimos: " Si las ideas no acuden con presteza a tu imaginación, estimúlalas con un vasito de vino, y si las ideas se te brindan y acuden espontáneamente,  justo será que las recompenses con un vasito de vino”.

Sigamos el consejo. Pero ojo que dijo solo un vasito. No más.

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