marzo 25, 2015

Los límites de la risa

El lápiz y el papel como arma de guerra. El caricaturista como soldado.

Napoleón sabía que un dibujo podía ser un arma contundente, letal. Por eso entre sus colaboradores más cercanos se encontraba Antoine-Jean Gros, o simplemente Gros. Su labor para la conquista de Italia fue fundamental.

Llegan los soldados a Milán cansados y con hambre. Gros fue a Servi, la taberna más importante, y escucha sobre los abusos del archiduque, amo y señor en la zona, contra los productores de trigo. El artista pidió la lista de helados y en el dorso “dibujó al obeso archiduque: un soldado francés le clavaba un bayonetazo en la tripa y, en lugar de sangre, brotaba una increíble cantidad de trigo. En aquel país de despotismo receloso, se desconocía eso que se llama chiste o caricatura… aquella misma noche grabaron el dibujo y, al día siguiente, se vendieron 20 mil ejemplares”.

“Ese mismo día apareció en las paredes el anuncio de la contribución de seis millones para las necesidades del ejército francés”. (1)

Antes de la caricatura, el archiduque había realizado campañas para desprestigiar a los franceses; luego de la caricatura, todos odiaban al archiduque. El trazo de Gros fue contundente.

En Francia nació la caricatura política pero en España también lo hacían bien. La revista La Codorniz es un ejemplo de eso.

marzo 06, 2015

Los chilenos nos roban el poto

Se solicitan entusiastas peruanos que se 
atrevan a defender festivo peruanismo. 
Nacionalistas de nuevo cuño que empuñen con
fuerza el portaestandarte de nuestro querido
y tradicional poto.


Cuando ocurrió lo del pisco la respuesta fue contundente. Organismos públicos y privados lanzaron una feroz campaña para combatir la osadía chilena. Personajes de todas las esferas, blandieron el licor de uva como si se tratara del más preciado símbolo patrio. Se crearon canciones, poemas y dibujos sobre el tema y lanzamos hurras a todo pulmón para que escucharan “allá” que el pisco era tan peruano como la Sarita, el tocosh y la papa.

La cosa no quedó ahí. Nuestro nacionalismo herido nos hizo crear una efemérides etílica y no solo se instauró el Día del Pisco, también expedimos la partida de nacimiento del pisco sour y el chilcano. En Plazas y calles de todo el país, literalmente, brotaron manantiales de la bebida de bandera.

El gobierno no le dio la espalda al tema y le otorgó carácter oficial. En corto tiempo, la Cancillería creó un batallón de diplomáticos expertos en quebranta, acholado, torrontel e Italia. Y como antes lo hicieron con otros temas de interés nacional, una vez más la gente de Torre Tagle lidió con éxito contra el invasor que trataba de quitarnos lo nuestro.

Con la chirimoya no hubo tanto revuelo pero igual el tema llegó al parlamento. La Comisión Nacional de Productos Bandera la incluyó y así pudo combatir esa otra osadía llamada “chilemoya”. Por favor.

Con el suspiro a la limeña el atrevimiento llegó a límites absurdos. Como es lógico también hubo primeras planas y encendidas protestas. Los programas dominicales prepararon especiales para que no queden dudas de la nacionalidad del sabroso, pero en algunos casos, por lo menos para mí, empalagoso postre tradicional.

Y del poto nada. No hay día del poto, no hay funcionarios que salgan a defenderlo en foros internacionales, ni medios que lo promuevan. No hay editoriales ni fotos en primeras planas. En el Congreso, nadie habla de incluirlo entre los productos bandera. Ni hablar de su muestra en parques y lugares públicos.