diciembre 21, 2015

El nacimiento en la Edad Media (Y el que hacía mi Mami Rosa)


El Nacimiento más lindo que vi en mi vida lo hacía mi tía Rosa. Le decía “mami” porque ayudó a mi vieja a criarme. Ese nacimiento era enorme. Gigante. Ya sé que soy exagerado y que además la distancia agranda las cosas, pero no creo estar muy lejos de la verdad si digo que el primer día de diciembre, media sala de esa casa/tienda de la Plaza Raimondi de Barranco, era ocupada por un hermoso nacimiento que todo el barrio venía a ver.
Era un enorme cerro, en realidad creo que varios, en los que se veían escenas de la vida rural en Belén. Vacas, carneros, becerros, lagunas con patos… Sí, mi tía los hacía poniéndolos sobre un espejito que daba la sensación de agua. Pastores, niños, y por supuesto, Reyes Magos. Y al final, en la punta de todo este paisaje, la Familia Sagrada. 

diciembre 10, 2015

MASCHERANO Y JEAN VALJEAN


No tengo dudas: Víctor Hugo se inspiró en Mascherano para crear a su personaje del padre Myriel.
Leo Los Miserables por primera vez, ¿cuántas veces lo haré, tantas como Madame Bovary?, y de arranque me sorprendo con el padre Myriel. De inmediato me viene a la cabeza la imagen del jefecito Mascherano y “Chiquito” Romero.
La historia es conocida y por lo menos a mí me conmovió. Argentina jugaba ante Holanda su pase a la final del mundial Brasil 2014. Empatan, definirán por penales. Nervios lógicos, rezos y en ese momento más que nunca, una fe ciega en las cábalas. La ruleta de los penales, instancia sometida al estado emocional de los protagonistas, decidirá al rival de Alemania. Argentina puede llegar a una final después de 24 años y su contrincante puede ser, ironía de la vida, el mismo. El fútbol y su muchas veces inexplicable pero repetido simbolismo.
De pronto la señal internacional se enfoca en Mascherano y Romero. El Jefecito habla y el arquero cabeza gacha, escucha como un niño lo haría ante su padre:

“Hoy te convertís en héroe”.

La palabra del Jefecito no se oye solo se presiente pero igual retumba en todo el planeta.

Todo esto me vino a la cabeza leyendo Los Miserables.
Me explico.

Pienso en la contundente frase de Mascherano y lo importante que alguien crea en uno. No es común que en un momento difícil, así se encontraba Romero, alguien se acerque y te apoye. Cada uno está en lo suyo y piensa poco en el otro. Y como es lógico Romero está muerto de miedo. En el mejor de los casos alguien se acerca y le dirá la recurrente como inservible frase hecha. De pronto viene Mascherano y con autoridad, casi como una orden, lo mira a los ojos y le lanza la sentencia.

“Hoy te convertís en héroe”.

Igual de desamparado se encontraba Jean Valjean. Claro que hay diferencias. Para empezar no era arquero. Aunque el título lo sugiera, Los Miserables no es una historia de fútbol. Valjean era un delincuente que había estado en la cárcel casi dos décadas y literalmente era un apestado. Salió libre y nadie lo quería recibir debido a su pasado.
Con ustedes Jean Valjean:

“Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en la cárcel diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días…hoy anduve doce leguas a pie. Al llegar a esta ciudad entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero no me abrió. Me metí en una perrera, y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una piedra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llamado: ¿Qué casa es ésta? ... “todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posada?”

Nadie lo quería. Hasta los perros lo rechazaban. Pero decir nadie es muy contundente cuando hay personas como el cura Bienvenido Myriel. Sin saber nada de él, y a pesar de esta presentación, lo recibe, confía. Esa confianza ciega y absurda me hizo recordar la escena de Mascherano y Romero. Cuando Myriel le da casa y comida, Valjean lógicamente se sorprende.

 “¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: "¡sal de aquí, perro!" como acostumbran decirme?. Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama.

Hacía 19 años que no dormía en una cama. Nadie lo quería hasta que un buen cura le abrió su casa. Claro que hay curas buenos.

Mascherano y Romero, el cura Myriel y Jean Valjean. Sería bueno creer más en la gente así no existan motivos. Creer, simplemente por creer. Creer en alguien, que crean en ti, en el fútbol y en la vida, qué difícil y qué hermoso.

noviembre 19, 2015

El libro, ese invento del demonio





Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil.
Mario Vargas Llosa


“Contra la exageración de los impulsos inconscientes basada en un análisis destructivo de la psique, y a favor de la nobleza del alma humana, entrego a las llamas las obras de Sigmund Freud”.
Las palabras fueron pronunciadas nada menos que por Joseph Goebbels antes de quemar las obras del padre del psicoanálisis. Igual suerte corrieron los libros de Marx, Zola, Hemingway, Einstein, Proust, Brecht y un largo etcétera. El motivo, se consideraban nocivos por el régimen nazi.
Desde las obras de Protágoras, quemadas en Atenas en el 411a.C, hasta las de Vargas Llosa chamuscadas durante el primer gobierno de nuestro paladín de la democracia Fernando Belaunde, la historia de quema de libros es, desgraciadamente, bastante larga.
En nuestro país la censura librera ha tenido sus absurdos representantes. Se sabe que durante el gobierno del general Odría el ministro Alejandro Esparza Zañartu, había tendido una eficiente red de soplones en sindicatos y universidades. El propósito, saber qué literatura consumían y capturar esos libros. La leyenda dice que años después, en 1965, en el patio del colegio Militar Leoncio Prado se quemaron mil libros de “La Ciudad y los perros”, por considerarla un insulto al ejército. Con buen talante, Mario Vargas Llosa calificó el acto como bueno pues mostraba que los militares leían novelas.
Más atrás, durante la Colonia, el Tribunal de la Santa Inquisición tuvo entre sus principales trabajos el de capturar libros prohibidos.
La pelea era dura entre católicos y protestantes, por eso en 1560 Felipe II crea la Inquisición en el Perú y pone en marcha un sistema para evitar que entren a sus colonias libros que contengan ideas contrarias al catolicismo. Los encargados de captar los libros eran unos oficiales que inspeccionaban los barcos que llegaban al Callao. La revisión llegó hasta bibliotecas y colecciones privadas. (1)
Pero esos libros no fueron quemados, se los llevaban a un cuarto al que bautizaron como El Secreto, ubicado muy cerquita del actual Congreso de la República.
Más cerca en el tiempo, en el año 1967, posiblemente empujado por ese inquisidor que todos llevamos dentro, el entonces ministro de gobierno y policía Javier Alva Orlandini, organizó una quema de libros que contenían ideas de izquierda. El hecho lo detalla Juan Mejía Baca en su libro, “Quema de libros, Perú 67”. Finalmente debido a la protesta de Mejía y otros intelectuales se emitió la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejó sin efecto la absurda medida. (2)
A todo esto la pregunta parece absurda pero hay que hacerla: ¿Es peligroso un libro? La respuesta parece más insensata que la pregunta: sí. Cuento un pasaje de “Madame Bovary” de Gustave Flaubert para explicarlo.
Emma se había casado con un pobre tipo. Un cenutrio, alcaraván y Figa-molla, hablando en español antiguo. En resumen el Charles ese era un tonto. Y Emma se preguntó si debía resignarse a vivir esa existencia miserable, como la califica Flaubert. Gracias a las lecturas de Balzac y George Sand nuestra heroína recuperó las ganas de vivir y se atrevió a amar y a mejorar su existencia.
Cuando su familia buscó el motivo de su cambio, encontró una ruma de libros acumulada en su mesa de noche. “Por eso fueron donde el librero para acusarlo de envenenador”. (3)
El libro envenena. Fabuloso. Imposible mejor metáfora.
¿En dónde radica el peligro de un libro? Nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa lo explica de manera brillante en “La verdad de las mentiras”:
“Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos, ricos y pobres, geniales y mediocres, célebres u oscuros, quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar tramposamente ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla añadiéndole algo”.
Los libros nos enseñan que la vida puede ser mejor. Que podemos experimentar la maravillosa libertad. Que en una de esas hasta cambiamos nuestro destino, como lo hicieron Fabricio del Dongo o Julien Sorel, los fantásticos héroes de Stendhal. Leer nos hace conocer y conociendo somos menos ignorantes y más tolerantes. Ya lo sabe, si quiere ser mejor, o por lo menos intentarlo, lea una buena novela.

1.La Inquisición y la censura de libros, Pedro Guibovich. Fondo Editorial del Congreso del Perú. 2000

3. Madame Bovary, Gustave Flaubert. Editorial Oveja Negra, 1983.

noviembre 11, 2015

EL AMOR MÁS ANTIGUO


Alianza Lima es el amor más antiguo que tengo. Saquemos cuenta. Mi vieja y mi hermana que eran toda mi familia, ya no están. A mi esposa, a quien adoro, la conozco hace 15 años, mi hijo mayor tiene 34, el menor, 3  y, como es obvio, todos llegaron después de Alianza.
Y como yo varios.
Y es que el amor por un club muchas veces reemplaza a ese amor familiar ausente, escaso o negado.
La relación con tu equipo es hermosa pero, como es lógico, también tiene sus problemas, pues ninguna relación humana es fácil. Discutimos con nuestros padres a pesar de habernos dado la vida, muchas veces nuestros hijos no entienden nuestras decisiones y se molestan por eso y nuestras parejas, a pesar del “amor eterno” que decimos profesarles, pasan como si nada hasta que te encuentras con la definitiva. Tu club en cambio, es un amor para siempre y el único que no admite traiciones. No conozco algún club que haya traicionado a sus hinchas, y menos que un fanático haya sacado la vuelta a su equipo yéndose al rival de siempre. Eso es imposible. Tan degenerados no somos los seres humanos.
Abandonar a un hijo es la aberración más grande que pueda cometer un ser humano. Tal vez el parricidio sea un delito que se iguale en bestialidad. Incomprensible. Con esto el hombre demuestra que es capaz de la mayor locura. Pero nunca tanto.  Que se sepa, nunca en la historia hubo algún desalmado que negó a su club y lo abandonó por otro. O sea, soy del equipo H pero porque hace tres fechas que no gana me voy con el equipo X. Imposible. Te puedes molestar y hasta alzar la voz a jugadores, dirigentes o entrenador, pero pasada la calentura, volverás a alentar a tu equipo. ¿Cuánto tiempo puedes pasar molesto con tu club? De joven a mí me duraba horas. Hoy ni siquiera minutos. A otros les durará tal vez una fecha, porque la próxima vez que salte a la cancha el equipo de tus amores irremediablemente dejarás la garganta alentándolo.
El amor al equipo se renueva fecha a fecha.
Obviamente hablo de los buenos hinchas, no de los que dicen serlo, de los que se ponen la camiseta del campeón o de los que lo hacen por moda, que por supuesto que existen, y varios.
Las parejas se rompen, los amigos se van o podrían hacerlo. Y hasta te traicionan. Pero tu club nunca te deja, siempre está dispuesto a darte una alegría. Aunque nuestro arco se llene de goles, igual su intención siempre será alegrarnos la vida. Vernos felices. Creo que después de nuestros padres, el club es quien más desea hacerte feliz. Ya sé que este objetivo no lo logran siempre, pero toda la vida, irremediablemente, el equipo de tus amores salta al campo con la ilusión de que todo el estadio festeje una goleada, o un triunfo holgado, o cuando menos uno agónico, o aunque sea un empate en el último minuto. Ya, por lo menos una derrota digna, y aunque esto no suceda, y nos llenen la canasta, la ilusión siempre fue la misma, que las tribunas se caigan de contentas festejando un triunfo.
Y ¿qué te pide a cambio ese equipo? Aplausos, gritos y confianza. Nada más.
Qué generoso es el fútbol.
No conozco a nadie que en su sano juicio haya abandonado a su club. Un niño tal vez pero un adulto no. Si conocen a alguien que lo hizo pasen la voz, tendrá un lugar de privilegio en el museo de lo imposible junto al unicornio azul que se le perdió a Silvio Rodríguez. Como decía alguien por ahí, puedes cambiar de religión, de estado civil, hasta de sexo; pero jamás cambiarás de equipo. El amor por un club es el único que es para siempre.
En su sano juicio dije, pero ni siquiera ese es un extremo. Tuve un amigo que se metió a las drogas y finalmente murió por la vida de excesos. Pero antes la droga lo enloqueció. Hablaba incoherencias, le robaba a sus amigos y hasta le alzaba la mano a su padre. Pero siempre se dijo hincha de Alianza. La locura le hizo olvidar el respeto por padres y amigos, pero el transtorno jamás le cambió el amor por su equipo.
En los años 60 Vargas Llosa se declaró de izquierda y hasta alabó los primeros años de la Revolución Cubana, luego se volvió su más duro crítico y representante del liberalismo más radical. En las últimas décadas la iglesia católica perdió cientos de fieles que encontraron en otras iglesias su camino a la salvación. Pero más allá de ideologías y “fes”, los clubes de fútbol gozan de una credibilidad y confianza que ya quisieran partidos políticos o iglesias. No hay club en el mundo, y que levante la voz quien pueda demostrar lo contrario, repito, no hay club en el mundo que baje sus adeptos. Al contrario, cada día un desquiciado hincha se compra la camiseta, distintivo suficiente para ser aceptado en la tribu. Y desde entonces su vida transcurrirá entre tribunas, tablas de posiciones y próximas fechas, tal vez, sus lecturas más profundas en adelante.

El amor por tu club, el único para toda la vida.

octubre 23, 2015

¿POR QUÉ CREO EN MANCO?

Creer es un ejercicio difícil, complicado. Solemos desconfiar simplemente porque el resto desconfía. O sea, que no confío porque no confiarían en mí. Ese es el signo de nuestros tiempos. Otra de las cargas que la ideología liberal, la del todo vale, nos obliga a llevar. Y vaya que pesa.
Desconfiar es fácil. Confiar en cambio, es muy difícil. La evolución alentó en nosotros la desconfianza. El hombre de las cavernas era desconfiado. Y era egoísta. Cómo no serlo si cualquiera le podía quitar la comida recién conseguida. Y la comida era la vida, por eso desconfiar era vivir.
Afortunadamente evolucionamos y descubrimos que la confianza redituaba. Si te ponías de acuerdo con tu vecino de caverna, se podían asociar para cazar un animal más grande y llevar a la caverna alguito más de alimento.
Un día, ese rudimento de hombre descubrió el altruismo y evolucionó. De ahí a la empatía había un paso.
Sin embargo algunos siguen en las cavernas.
Toda esta perorata es para decir que soy de esos raros mortales que confía profundamente en que Reimond Manco triunfará en Alianza. No tengo motivos racionales pero creo en Reimond. Me guía mi intuición y el, hoy pasado de moda, concepto del altruismo.
Lo hago porque considero que confiar es mejor que desconfiar. Pero además por lo dicho líneas arriba. Cuando desconfío me siento más animal, confiando me siento más evolucionado. Siento que crezco.
Sé que Manco tiene un pasado que lo condena pero opté por olvidarme de eso y creer que ahora sí hará las cosas bien.
Es que prefiero ver el vaso medio lleno al vaso medio vacío. Y siempre elijo creer a dudar. Prefiero ser iluso, tonto, ingenuo, inocente, a escéptico o incrédulo. Prefiero mil veces la esperanza a la desconfianza, la ilusión a la desesperanza. Pero no siempre fui así. Aprendí a ser confiado. Me costó pero aprendí.
Prefiero ser optimista a pesimista, reír a molestarme, mirar a los ojos a bajar la mirada; algo difícil en el país donde se sospecha de todo y de todos, y la amargura y la baja autoestima casi nos definen como nación.
Soy un iluso en todo aspecto. Por ejemplo no uso ascensor porque la energía eléctrica es altamente contaminante y no quiero contribuir más con la destrucción del planeta, que bien destruido está. Por eso ninguno de mis alumnos me vio ni me verá jamás usar el ascensor. ¿Qué tonto no? Por eso subo hasta diez pisos y lo hago con mucho gusto, y de paso hago ejercicios, pero ascensor nunca uso.
Creo en Manco porque soy un iluso, un rapsoda, un soñador, creyente acérrimo de la frase de Nietzsche: “Si no puedes cambiar el mundo, por lo menos barre tu vereda”. Bajo esta premisa todos los ciclos me voy con mis alumnos a hacer trabajo social . No creo en la política pero sí en la solidaridad y el compromiso, lejos de partidos u otras organizaciones. Y ojo, mis alumnos tienen prohibido tuitear cuando hacen labor social. Nada de selfies para que vean lo “buenitos” que son.
Soy tan ingenuo, tan estúpido, que cuando el Grupo El Comercio compró EPENSA, puse en Twitter que guardaba la esperanza de que con tantos periódicos por lo menos uno se hiciera bajo los valores del periodismo y no de los de la ley de mercado.
Así soy de ingenuo.
Tampoco soy tan estúpido como para creer que vamos a ir al mundial. Nunca tanto. Pero con eso no hago daño a nadie. No insulto a nadie, ni me burlo de nadie.
Por eso y muchas cosas más, como dice la canción, festejo de todo corazón el regreso de Manco. Y espero que le vaya bien. ¿Y saben? si tuviera 30 años y por enésima vez le dan una nueva oportunidad en Alianza, igual seguiría creyendo.  

Así de ingenuo soy.