abril 13, 2007

Buenos Aires, quince años después

Luego de quince años volví a Buenos aires. Junto a mi esposa vivimos 14 días inolvidables. Aquí algunas cosas que escribimos en un hostal ubicado en el límite de La Boca y San Telmo.  cb  Buenos Aires. Antes de partir  Uno trata de planificar algo su vida, pero definitivamente lo imprevisto es quien domina nuestra existencia. Por lo menos la mía. Por lo menos la nuestra. Hacía rato que queríamos viajar con Carmen pero por uno u otro motivo no salía nada. Todo al interior. De pronto se juntó algo de plata y listo ya estamos en Buenos Aires.  La situación se planteó así de fácil pero las cosas se empezaron a complicar. Por lo menos en mi cabeza. Llegamos al aeropuerto con tiempo. De pronto en la cola de migraciones me entró una terrible ansiedad. Tantas películas norteamericanas hacían su efecto. Por alguna razón que después entendí, empecé a imaginarme que me detendrían, esa noche terminaría preso y todo se iría al demonio. No había motivos. Incluso enfrenté con éxito a mis fantasmas de Inforcorp y logré vencerlos. Después de quince años, los mismos que no iba a Buenos Aires, quedé limpio. Dejé de ser aquel cliente VIP que fui casi desde la creación de la central de riesgos. Ya no tenía deudas. Pero tenía miedo. Se acerca un empleado de migraciones y me saluda. Me recuerda el programa de TV. Eso me da confianza. Solo por un rato. Recuerdo que en la embajada norteamericana me pasó lo mismo, un funcionario me saludó y creí que todo estaba listo. ¡lindo el programa, siempre lo veía! No me dieron la visa. Ahora podía ser igual. Pero ¿por qué me detendrían? No había motivos. Después descubrí que en el fondo mi temor era a que algo saliera mal. Quería que todo fuera perfecto. Era nuestra luna de miel, con tres años de mora.  Aunque el de la experiencia viajando era yo, los nervios me dominaban. Mi esposa, que por primera vez salía del país, estaba fresca.  Pasamos migraciones sin problemas. Ya estábamos al otro lado. Una maravilla. Ya pasó todo. Mis nervios se quedaron en el detector de metales. Los miedos se quedaron en Perú. ¿Vamos a tomar una Coca Cola? Ya. Cinco dólares. No puede ser. Con razón en esta zona del aeropuerto no hay expendedoras.  Esperamos cerca de una hora. Los nervios y ansias nos llevaron mucho antes de lo aconsejable al aeropuerto. Empezamos a tomarnos fotos. La Cannon, especialmente comprada para la ocasión, se porta de maravillas. En las butacas de espera, clic. Junto a unos negros altísimos, clic. Con los aviones de fondo, clic. Nos pasamos largo rato tomando fotos.  La pantalla que informa sobre los vuelos, se ha convertido en un altar para nosotros. Cada tanto le rendimos culto y le pedimos que confirme nuestro vuelo. Aún no llega el avión de Sao Paulo. Hasta que no llegue no estamos seguros. ¡Por favor que venga pronto! Pasamos el tiempo. Carmen va al baño, me escondo. Se asusta. Pasa un rato y me hace lo mismo. Jugamos. Somos dos niños en un parque de diversiones. Dos pequeños sin nadie que los vigile. Que maravilla las vacaciones.  Llaman para subir al avión. Primero gente con problemas físicos o que tenga niños. Luego los que van en los asientos delanteros. Ahí vamos nosotros. La adrenalina fluye como nunca. Ya estamos ubicados. Desde Estados Unidos mi hijo hizo las reservas. Todo perfecto. Carmen va a ventanilla. Viene una señora que quiere el asiento de mi esposa. Lo aclaramos. No hay problema. En unos minutos estaremos en el aire. ¿Sentiré miedo? Hace tanto que no viajo que dudo de mi reacción. No pasa nada. No puede pasar nada. Hemos decidido pasarla bien y así será. La felicidad es una decisión. La vamos a pasar bien, no hay duda.