mayo 08, 2006

Estupidez intelectual

Uno de los intelectuales más respetados del país, asesor del Presidente Alberto Fujimori, llegó a un cargo directivo en canal 7. Nunca había trabajado en nada parecido a la TV pero el partido lo envió a supervisar el contenido de los programas. Un día, mis compañeros de Informalísimo pueden dar fe, nos llamó para hacernos una propuesta tan absurda como increíble. Como éramos el programa de mayor rating del canal, nos sugirió hacer algunos cambios. Según los estudios de medición, su programa es visto mayormente por gente de la clase alta. Por lo tanto de ahora en adelante sólo quiero que inviten a gente blanca. Este personaje pensaba que la gente “blanca” que nos veía, se sentiría cómoda viendo a sus similares en nuestro programa. Creía que así se aseguraba el rating. Si ven cholos cambiarán de canal, de ahora en adelante sólo quiero blanquitos en la pantalla. Un dato anexo es que el personaje en mención era historiador y tenía por lo menos 4 libros publicados. Es decir que no se trataba de un patán cualquiera que por cosas de nuestra política, devino a funcionario público. Incluso sus amigos decían que era un tipo sensible, muy simpático e inteligente. Entonces ¿qué pasó? Desde entonces recurrentemente me hago la pregunta. ¿Fue un desliz, un error o simplemente este estudioso del Perú, especialmente del período preinca, que trabajaba en un canal que llega al último rincón del país, creyó haber realizado una propuesta inteligente? ¿Acaso los intelectuales, aquellos seres encargados de pensar la sociedad, de, se supone, excelente formación, profundas lecturas y gran sensibilidad, también son susceptibles de cometer sandeces? ¿O el caso de este señor era algo extraordinario, un accidente, acaso un error de la naturaleza?. Desgraciadamente hay varios ejemplos que muestran que los intelectuales no son inmunes al virus de la estupidez. En 1930 se realizó en Lima el Sexto Congreso Panamericano del Niño. En su discurso inaugural el dictador Augusto B. Leguía habló con lujo de detalles sobre “El mejoramiento étnico”. A pesar de la audacia, la exposición mereció el apoyo de la mayoría de los asistentes que aplaudieron sin remilgos tan absurda propuesta. Ocurre que la aparente imprudencia de Leguía no era tal pues iba en consonancia del pensamiento de la época. El dictador no tuvo problemas para exponer su absurda propuesta pues tenía como base las ideas de un clásico del pensamiento sudamericano: José Ingenieros. Ingenieros aseguraba que “los negros eran una oprobiosa escoria, que merecían la esclavitud por motivos de realidad puramente biológica. Los derechos del hombre no pueden regir para estos seres simiescos, que parecen más próximos a los monos antropoides que a los blancos civilizados”. Aunque Ingenieros no manifestó nunca su admiración por las dictaduras, es contundente que tenía un pensamiento fascista. Por eso no era extraño que sus propuestas fueran tomadas con mucho entusiasmo por regímenes totalitarios. Queriéndolo o no les dio parte del marco teórico que usaron durante todo el siglo pasado para perpetrar sus abusos. Ingenuo, confiado y finalmente ignorante, uno podrá preguntarse si los poetas, aquellos personajes que no van a ningún lugar sin no están aferrados a su musa, aquellos a quienes robamos sus versos para enamorar, seres sensibles si los hay, también pueden ser víctimas del mal de la estupidez. La respuesta ya la saben: si. Ezra Pound no sólo es uno de los más reconocidos poetas de habla inglesa, también fue un gran difusor e investigador de la literatura clásica y moderna. Ayudó a publicar a D. H. Lawrence, James Joyce, T. S. Elliot, Ernest Hemingway, entre otros. Además descubrió para occidente a Tagore, Li Tai Po y Confucio. Su inquietud intelectual lo llevó a discurrir por el sinuoso terreno de la economía. Con muy buenas intenciones Pound desarrolló la teoría del crédito social y se acercó al fascismo convencido de que era la única forma de gobierno que podía llevar adelante su proyecto. Su entusiasmo fue tal que desde Rapallo, Italia, realizó incendiarios programas de radio exaltando el fascismo y atacando el "sistema económico norteamericano basado en la usura". En 1945 Arthur Miller declaró haberlo escuchado en onda corta criticar al gobierno y eso fue suficiente para que la justicia lo acuse de traición a la patria. Finalmente se le declaró insano y mentalmente incapacitado para un juicio, motivo por el cual fue confinado en un manicomio. Se dice que entre Pound y Mussolini hubo una estrecha relación, cosa que no debe sorprender pues Benito Juarez Amilcare Andrea Mussolini, era un lector insaciable de Byron, Nietzche y Goethe. Tal vez este feelling intelectual fue lo que unió a poeta y tirano. Acostumbrados a trabajar con la ideas y transitar por el territorio de la ficción, los intelectuales parecen encontrar en los sistemas totalitarios la mejor manera de abandonar el mundo de las teorías y penetrar en la realidad. Sin embargo, algunos parecen olvidar que hay pleonasmos y metáforas que la realidad no soporta. "Los sistemas democráticos son demasiados débiles. Las dictaduras en cambio tienen la fuerza suficiente para organizar la sociedad". Este pensamiento pasaría inadvertido si surgiera de un militar latinoamericano o africano, pero adquiere una dimensión distinta cuando la dice un destacado intelectual como José Santos Chocano. Chocano no creía en la democracia y de las palabras pasaría fácilmente a los hechos, primero como secretario de Pancho Villa y luego como hombre de confianza del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera. Al comienzo sólo redactaba los discursos del presidente, pero luego se convirtió en pieza importante del gobierno organizando complots y diseñando planes para acallar a la oposición. Incluso cuando el pueblo se rebeló para expulsar al tirano, Chocano no dudó de que la única salida era una masacre, descomunal pero efectiva. Sin embargo la propuesta era tan sangrienta que el propio Estrada no se animó a realizarla. Luis Alberto Sánchez decía que durante este tiempo Chocano no sólo callaba barbaridades sino que se había convertido en ejecutor de ellas. Inteligente, cultivado y hasta seductor, Chocano se convirtió en el brazo derecho del dictador. Y por supuesto que cuando cayó el régimen también estuvo al frente. Sin dudar la justicia lo condenó a muerte, pero gracias a la intervención del Papa, tres reyes, entre los que estaba Alfonso XIII, a quien Chocano dedicó los versos de Alma América, y más de 200 hombres notables del mundo que pidieron clemencia, Chocano salvó del pelotón de fusilamiento. ¿Y los pintores? ¿Acaso entre el lienzo y el caballete hay espacio para algún trazo de estupidez? Desgraciadamente si y con suficiente pintura para hacer un mural. Salvador Dalí nunca tuvo problemas para exteriorizar sus simpatías por Francisco Franco. Y lo hacía en tonos fosforescentes, como para que nadie tuviera dudas de sus simpatías. Dalí no sólo aplaudió las ejecuciones realizadas por el “generalísimo”. En una entrevista a la agencia AFP señaló que en realidad habría que fusilar tres veces más. "No estoy comprometido políticamente pero profeso admiración por Franco que ha resucitado España" decía el pintor. La lista de intelectuales contaminados por el virus de la estupidez parece interminable. Durante muchos años Gabriel René Moreno fue el científico más reputado de Bolivia. Gran parte de su vida la dedicó a investigar cerebros. No era raro verlo en La Paz comprando masas encefálicas de gente blanca, mestiza o india. Todas servían al científico más reconocido del país para realizar sus estudios. Cual Frankenstein altiplánico, Moreno tenía su laboratorio lleno de frascos con cerebros navegando en formol y una esperanza: encontrar en ellos respuesta a sus dudas. Luego de años de observación La gran figura intelectual boliviana del siglo XIX anunció la conclusión de sus estudios: "El cerebro del hombre blanco pesa entre cinco y ocho onzas más que el de indios y mestizos. Conclusión: los blancos son superiores”. La palabra de Moreno es la voz de la ciencia. Tanto políticos como indígenas asumen sin protestas sus roles de gobernantes y gobernados. Aunque los "estudios" se realizaron en 1909, durante todo el siglo XX los militares bolivianos lo citarían para justificar sus tropelías. La vida se encargaría se vengar a Moreno. Cuando murió sus colegas sintieron esa sana curiosidad científica de saber cuánto pesaba el cerebro de su fallecido colega. Dicen que cuando la pusieron encima de la balanza, ésta se movió menos que cuando le ponían el cerebro de un aborigen. De la filosofía a la poesía, de ahí a la pintura y a la ciencia.¿Y la música?. No se preocupe al fondo hay sitio. Cuando en 1942 Arturo Toscanini fue expulsado de Alemania por negarse a dirigir el Parsifal de Wagner y declararse antifascista, el régimen nazi pidió a Strauss que lo sustituyera y no tuvo problemas para reemplazarlo. Cuando Bruno Walter fue excluido de un concierto en Berlín por sus orígenes judíos, Strauss tampoco tuvo problemas para sustituirlo. Con dos colaboraciones no tuvo ningún problema tampoco para componer los Himnos Olímpicos con que los nazis inauguraron los juegos de 1936. Sin embargo se asegura que poco importaba la política a Strauss, su interés era sólo componer. Lo malo es que lo hacía para Hitler. La verdad es que Strauss nunca manifestó admiración al Fhurer ni mucho menos. En todo caso es bueno recordar que gran parte de su obra como los poemas sinfónicos Don Juan (1889) o Así habló Zaratustra (1896), la realizó antes de la llegada del nazismo. Los queremos, aplaudimos, veneramos y esperamos con ansias su ilustrado concepto. Sin embargo toda esta expectativa parece no ser suficiente para algunos intelectuales que terminan por recostar su sabiduría en las rodillas de un tirano.

mayo 05, 2006

Diego, tantas veces Diego

Parece que nuestra vida, hablo de la suya y de la mía que finalmente son las únicas que importan, siempre estará ligada a Diego. ¿Qué Diego? El único. Aquel que como Aníbal, César, Plutarco o Diógenes se irrogó el derecho a que su nombre quede inscrito en la memoria de todos, por siempre, para siempre, ligada a él. Como si antes no hubieran existido Diegos. Como si fuera el primero. 1979, mi hijo tenía un año y yo era un adolescente que se volvió responsable a la fuerza. A mucha fuerza. Creo que era verano y era tarde. Atrás quedaban los biberones y los pañales enjuagados siete veces para que “salga todo el jaboncillo” como aconsejaba mi vieja. Muy bajito para que no se despertara, prendía el viejo Zenith de 14” y veía el Mundial Juvenil de Tokio. Y ahí estaba Diego. Esa fue la primera vez. En aquellas madrugadas del 79 se presentó como un mago, un curioso mago que no sacaba conejos del sombrero ni serruchaba a una señorita, sino un prestidigitador que tenía su centro de gravedad en los pies. Y empezaron sus goles. Y el mundo empezó a conocerlo. Y quienes más lo conocieron fueron los arqueros. Primero Argentina, la verdadera tierra de arqueros. Nadie, ningún número uno fue capaz de contener al Diego. Ubaldo Matildo Fillol, aquel del padre que parecía haber perdido una apuesta que pagó en la pila bautismal, para muchos el mejor arquero del mundo en ese momento, y para otros el mejor que haya nacido en la Argentina, gateaba delante del Diez para robarle aunque sea un paño de pelota. Gatti, aquel adelantado del fútbol; Cloun, payaso por naturaleza, simpático pelucón, el mismo que le tapó un penal a Cueto y de pechito, no pudo con su genio y llamó gordito a Diego cuando aún estaba en Argentinos Juniors. Al enfrentarse, Diego le metió 4. Boca tenía su ídolo pero estaba en el equipo contrario. Diego el cebollita, el del gol a los ingleses, el de la mano de Dios, el que putea a los italianos, el que campeona con Nápoles, el amigo de Fidel Castro, el que crítica al Papa, al rey Juan Carlos, a Alfonsín, a Joao Havelange, a Berlusconi, a Pelé y a Bush. El que una tarde rebautizó a Solano como Maestrito, el que no se puede despegar de Reina, el que celebra su último gol en los mundiales desafiando a la cámara, el que sale de la cancha al lado de enfermeras para hacerse el doping, terrible doping que le haría un foul del que nunca se recuperaría. Diego el que sube de peso, el que a golpe de excesos se acerca a la muerte a quien finalmente driblea y encima le hace una guachita. Diego el adicto, el gordo que regresa del infierno. Como no va a ser Dios si derrotó al Demonio. La pelota no se mancha, dice y acepta que se equivocó. Diego el de la Tota, el que mata por sus hijas pero desconoce una cola de madres que le piden que firme a sus dieguitos, Diego el de la absurda religión, el grandilocuente, el polémico. Así es Diego y no podría ser de otra manera. Porque parece que el ídolo debe tener tufo a alcohol y a noche. A lápiz labial barato y a preservativo más barato. Porque así somos y no podríamos quererlo si fuera de otra manera. Y llegó Diego y le puso color a nuestro tedio. de porcentajes y segundas vueltas. No importa quien venga después, no importa quien gané, Diego estuvo entre nosotros. Lo que venga después a quien le importa. Ya vimos a Diego. Eso basta